el espejo del vampiro

Glitter Words

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esta es mi voz la voz de un muerto desaparecido.o que tratas de dasaparecer en un leve alarido...

YO SOY TU MIEDO.
lo q en un momento no te atreves a decir,soy tu deseo incapas de repetir,el miedo interno;q con cerrar los ojos crees desaparecer.soy tu voz interna q no te atreves a escuchar.el susurro del viento.q te hace temblar.pero sobre todo soy aquel,que quisieras q difinitivamente no existiera ya...

¡Gracias por tu visita!

Bienvenidos: a la clohaca de nena krespuskula .no sean gachos ,dejen su firmita de ante mano gracias un beso kuidence  bye.....

       

jueves, 18 de septiembre de 2008

Sirenas


Hacía muchos años que Carlos no salía a pasear por la huerta. Y eso que la tenía al fondo del barrio, a sólo unos cientos de metros de la puerta de su casa. Pero, desde que era bien jovencito, no había encontrado motivo ninguno para caminar en esa dirección. Ambicioso y fascinado por el éxito, siempre había caminado hacia el centro. Primero, hacia el centro de su ciudad. Allí había conocido a la hija de un alto cargo del partido en el Gobierno, y poco después caminaba hacia el centro del país. Bien casado y amparado por su familia política, saltó hacia otros centros de aún más importancia: París, Berlín, Nueva York. Así había sido durante toda su vida adulta, y eso era lo que conocía y apreciaba. Para Carlos, los retornos a sus orígenes habían sido siempre forzados o dolorosos: visitar a la madre enferma, al hermano problemático, al vecino que insistía en algún oscuro asunto de escalera. Y por tanto, cada vez más escasos y breves. Desde que la madre había muerto y el hermano entró a prisión, prácticamente nunca.
Por eso, ahora se sentía como un náufrago en medio del mar. Habían sido dos golpes, solamente dos, pero fueron suficientes para destruir la vida que conocía y amaba. Comenzó por la crisis bursátil de principios de siglo, que había arruinado a la inmobiliaria gracias a la cual, durante los años anteriores, había saboreado las mieles del dinero y el éxito. Con todo el mundo a su alrededor intentando salvar los muebles, y siendo el eslabón más debil de su complejo entramado familiar, por los pelos no acabó residiendo junto al hermano odiado, apartado 31, Ocaña. De manera inevitable, por tanto, había llegado el segundo mazazo: la petición de divorcio de su mujer, tan civilizada y gélida como un bisturí. La custodia de los niños para ella, claro -sabes, cariño, que si llegamos a juicio va a ser peor, con los contactos que tiene papá-, y en cuanto a los bienes... bueno, los bienes ya eran mucho más del banco que de él. Aislado, apestado y deprimido, no tuvo más remedio que volver a la vacía casa familiar, donde su madre había muerto dos años atrás mientras él celebraba un gran éxito en tierras remotas e importantes. La encontró la señora de la limpieza, a la mañana siguiente. No había podido acudir al entierro, pues el vuelo era largo y complicado.
Estaba en paro, su cuenta corriente menguaba cada día más y apenas conseguía reunir ánimos para salir del piso cargado de recuerdos que ni apreciaba ni quería. Durante los primeros días intentó recurrir a antiguos conocidos -que en otro tiempo él había creído amigos- con la intención de conseguir algún trabajo digno y, de un modo u otro, volver a su ambiente. Había creído honestamente que vivía en una sociedad llena de oportunidades, donde sólo los vagos y los incapaces quedaban relegados a la prestación de desempleo o los trabajos miserables. En unas pocas semanas, aprendió de la manera dura que en eso también le habían engañado.
El sol se ponía bajo un cielo pleno de violetas y bermellones, y a su alrededor se extendían los campos de hortalizas y naranjos cargados de dulces frutas. No estaba él para tanta poesía. En su cabeza se entremezclaban las frustraciones de la separación, los estadillos de cuentas en rojo y la vaga desesperanza de quien sabe que lo mejor de su vida ha pasado ya. A su espalda, sólo veía las fincas aluminóticas de la miseria y la humillación; a su frente, una huerta empobrecida y asfixiada por la expansión urbanística que, en otro tiempo, él había promovido sin pensar. Escuchó la sirena de una serrería, allá a lo lejos, y por un instante envidió a aquellos humildes trabajadores de mono azul que vivirían y morirían sin más sueño que ganar a la lotería primitiva.
Caminando, caminando, cada vez más lejos del barrio, cada vez más lejos del centro, llegó a la altura de una alquería de aspecto abandonado, con las puertas y contraventanas cerradas a cal y canto. No obstante, algunos pequeños detalles le hicieron comprender que allí se vivía: minúsculas flores de color lila cultivadas con cuidado en alféizares y maceteros, una manguera recién usada en el suelo, una silla plegable, limpia, recogida en un rincón. Y la música.
Al principio no le había parecido música, sino más bien notas aisladas y discordantes producidas por algún instrumento agudo de percusión. Tan tenues eran, que la débil brisa vespertina había bastado para llevárselas a donde quiera que vaya la música cuando deja de sonar. Pero allí, junto a la casa encalada, eran perfectamente audibles, e incluso formaban una melodía. Una melodía extraña, lenta aunque vivaracha, música de un xilófono o, quizá, un triángulo. Piano, pianíssimo, pero las notas parecían culebrear, límpidas, por las paredes, por los árboles, por el alma. No llegó a pensar que lo que estaba escuchando fuese una grabación: nadie publica música así. De hecho, Carlos ignoraba que pudiera hacerse música así.
No era que valiera gran cosa, incluso estaba convencido de que no valía gran cosa, pero le costaba seguir caminando. Los sonidos caían, repetitivos, sobre algo mucho más profundo que su oido. Y le transmitían su serenidad, su calidez, su vivacidad y un algo de misterio amable. Finalmente se detuvo junto a la acequia, cerca de una higuera moribunda, y encendió un cigarrillo. Fuera como fuese, el desconocido músico le había proporcionado el primer momento genuinamente agradable desde hacía muchas semanas, y deseaba disfrutar de él al menos durante unos instantes más.
Aún quedaba mucha luz en el cielo, pero se hallaba en la parte umbría de la casa, y fue por eso que pensó que sus ojos le habían engañado. Aunque no había escuchado abrir ni cerrar nada, uno de los ventanales de la planta baja estaba ahora de par en par, y tras la reja distinguió a una niña que tocaba algo parecido a un piano pequeño. Bueno, misterio resuelto, decidió. Probablemente la chiquilla estaba aprendiendo música, y practicaba en su piano tocando combinaciones de notas sin un sentido particular alguno. Y sin embargo, ¡qué profundas le habían parecido! ¡Cómo le habían llegado al alma! La chavalilla tenía futuro, vaya que si.
-¡Hola! -dijo ella de repente, mirándole. No dejó de tocar. -¡Hola! -saludó él y, aunque hace unos minutos se habría sentido incapaz de entablar conversación, añadió- ¡Tocas muy bien! -¡Gracias! -contestó la niña, volviendo los ojos a su instrumento- ¿Cómo te llamas? -Yo Carlos, ¿y tu? -Yo me llamo Guillermina.
Transcurrieron unos segundos en silencio, roto sólo por la brisa y la música, que no había variado un ápice pese a la distracción de conversar. Carlos arrojó la colilla consumida a tierra y se disponía a marcharse, cuando Guillermina habló de nuevo.
-¿Vives por aquí?
Iba a contestar que no, que él vivía muy lejos, en otra ciudad, en una bonita urbanización de abetos y glicinias, lo cual habría sido verdad unos meses atrás, pero ahora se trataba de una vulgar mentira. No tenía por qué mentir a una niña. A fin de cuentas, los niños no se fijan tanto en esas cosas. Casi avergonzado por su intención anterior, le dijo la verdad:
-Si, cerca. Ahí, en el barrio ese.
Ella asintió, con el gesto de quien comprende algo muy profundo. Ahora Carlos estaba dos pasos más cerca de la reja y sus ojos se iban acostumbrando progresivamente a la penumbra. Entonces se dio cuenta de que la chica no era tan pequeña; debía tener al menos doce o trece años, quizás incluso catorce. Pero estaba tan delgada, tan pálida y escuchimizada, que antes le había parecido mucho menor, de diez o, a lo sumo, once años. Sin ser consciente de ello, cambió de registro mental: no se habla igual a una niña de diez años que a una jovencita de trece.
-No te había visto nunca por aquí. ¿Dónde vas?
Quiso decirle que eso no era nada raro, pues él en realidad no era de por allí, no pertenecía a aquél lugar, sino a otros más hermosos, más elitistas, llenos de glamour. Que sólo estaba de paso, porque iba a... a...
-A ninguna parte. Sólo estaba dando una vuelta.
Ella asintió de nuevo, con su expresión de saberlo todo, de comprenderlo todo, tan extraña en alguien de esa edad.
-Entonces, quédate conmigo. Así me haces compañía.
Sabía que quizá no debiera. Que aquello debía ser una propiedad privada y él no tenía por qué estar allí. Que alguien podía tomarse a mal que estuviera con la niña, o muchacha, o lo que fuera, por mucho que hubiese una reja entre ellos. Que era una cosa rara y sospechosa. Simplemente caminó hasta la ventana y se sentó en el borde de un macetero. Las minúsculas flores despedían un olor ligeramente desagradable, como a ajo.
Y allí permaneció, en silencio, escuchándole interpretar la peculiar melodía una y otra vez. La estuvo mirando, fijándose en todos los detalles, sus dedos largos, finos y huesudos moviéndose hábilmente sobre el teclado, su cabello negro, lacio y muy largo, su ceño fruncido en concentración, sus labios finos y sus ojos grandes, la acusada curva de sus clavículas, su sencillo vestido vaquero, su piel tan incomprensiblemente blanca, escuchando aquellas notas mágicas, escuchando, escuchando, escuchando...
Era ya noche cerrada cuando creció en su interior una súbita sensación de inconveniencia y ridículo. Ella no había encendido ninguna luz, pero las estrellas bastaban para ver, tanto se habían acostumbrado sus ojos a la oscuridad. Era sólo vagamente consciente de que las notas seguían sonando, pues sus oidos se habían acostumbrado también a la melodía. Como si levantara de un hoyo muy profundo, se puso en pie y, algo mareado, comenzó a irse.
-¿Vendrás mañana? -preguntó ella. -Si. -Promételo. -Lo prometo.
Cuando se fue, la música seguía allí. El retorno se le hizo muy largo, como si estuviera tremendamente agotado y un poco obcecado. Durmió sin sueños y a la mañana siguiente se levantó muy tarde.
·
Había hecho la promesa a la ligera, como se le suelen prometer las cosas a los niños. Por eso no entendió muy bien lo que hacía cuando el día siguiente, al empezar a ponerse el sol, se vio andando por las huertas camino de la alquería. Tampoco es que pensara mucho en ello. Había sido otro día de llamadas infructuosas y colas humillantes, y de alguna forma se justificaba pensando en que aquella música le relajaba y le hacía bien. Claro, que tampoco sabía si hoy la muchacha estaría practicando.
Cuando se acercó a la casa y comenzó a escuchar las notas ya tan familiares, una peculiar alegría le llenó el pecho y aceleró su paso. Guillermina estaba en la misma posición que el día anterior. Si no fuera porque llevaba una ropa distinta y el pelo recogido en una coleta que le llegaba hasta más abajo de la cintura, podría uno pensar que no se había movido desde la noche anterior.
-Hola -dijo él, sentándose en el mismo macetero de flores minúsculas y olor característico. -Hola. Has venido.
Aunque era una mera constatación, Carlos creyó entrever alegría.
-Si.
No hablaron más. Ella interpretaba y él escuchaba y fumaba en silencio. Siempre repetía la misma canción, sin variaciones ni errores. Cuando se levantó para irse, era mucho más tarde que la noche anterior. Al llegar al barrio, coincidió con algunos de los vecinos que más madrugaban para ir a trabajar.
·
Al tercer día, le estaban esperando. Lo supo incluso antes de que el hombre apareciese en el camino, avanzando directamente hacia él con un paso rápido y corto. De mediana edad, bajo, casi calvo, vestía un pantalón de tergal, un jersey de colores discretos y unos zapatos sucios de polvo. No parecía muy amenazador. Pero cuando llegó a su altura, le espetó con firmeza:
-No se puede pasar. -Pensaba que los caminos eran de todos -contestó Carlos, fastidiado, mientras en su interior crecía un enorme enfado que no podía explicarse muy bien. -Lo son. Pero éste no. Si no se va ahora mismo, llamaré a la Guardia Civil -insistió el hombrecillo, blandiendo su teléfono móvil como si de un arma se tratara.
Carlos no quiso discutir y dio la vuelta. A fin de cuentas, ¿qué se le había perdido a él allí? Pero mientras desandaba el camino, de vuelta al barrio, sintió cómo el enfado se convertía en una furia insoportable, inadmisible. Por primera vez en muchos años, se mordió las uñas. Y cuando por fin alcanzó las primeras fincas, no volvió a su piso, sino que se quedó en uno de los bares bebiendo güisqui y fumando compulsivamente. No había bebido tanto desde que estudiaba en la Universidad. Estaba muy, muy cabreado.
Tanto que, cuando se hizo de noche, volvió al camino. En vez de ir directamente, dio la vuelta por detrás de un campo de naranjos, junto a la tapia del cementerio de uno de los pueblos próximos. Caminando por el borde de la acequia a la luz de la Luna, guiado por la música, llegó a la casa sin que le vieran. En un par de ocasiones, trastabilló por culpa del alcohol, y a punto estuvo de romperse alguna pierna. Como si nada hubiera ocurrido, fue a su macetero y se sentó allí, con una intensa sensación de triunfo en su interior. Las flores desprendían su característico olor a ajo, más fuerte que nunca.
-Hoy has venido tarde -dijo ella al fin. -Si -confirmó él, a modo de disculpa-. Tuve un problemilla. -Lo se. No te dejaron pasar, ¿verdad?
Él asintió con la cabeza.
-Imagino que a tu padre no le hace mucha gracia que un desconocido se quede aquí con su hija -sugirió él, por decir algo. Su voz estaba gangosa, por el alcohol. -No es mi padre. -¿Y quién es? -El cura.
La conversación quedó interrumpida en ese momento, como si eso lo explicara todo. Durante un buen rato, Carlos se dedicó a escuchar la música y observar a la muchacha, lleno de serenidad y un raro regusto a felicidad. No comprendía lo que estaba ocurriendo; sólo entendía que deseaba quedarse allí para siempre. Quizá el güisqui tuviera algo que ver.
-Libérame -dijo ella al fin. -¿Cómo? -Sácame de aquí.
La música se había interrumpido por primera vez. Confundido, Carlos miró a la chica directamente a los ojos. Ella le estaba mirando también. Incluso a la luz de la Luna, su mirada parecía tener luz propia, como si despidiera llamaradas. Y estaba seria, muy seria, completamente seria.
Él, esta vez, eligió muy bien sus palabras antes de hablar. Le costó, porque se notaba más borracho que nunca.
-¿Te tienen aquí... contra tu voluntad? -Si -confirmó ella, ahora con una voz muy suave y dulce, mientras la música volvía a sonar de nuevo. -¡Por amor de Dios! Mañana mismo llamaré a Protección del Menor. Vendrán y... -No -dijo ella, más dulcemente todavía. Carlos creyó ver una lágrima. -¿No? -repitió él, completamente sorprendido- Pero Guille, bonita, ellos son los que... -Ellos no pueden hacer nada por mi.
Permanecieron de nuevo en silencio, mucho rato, escuchando la melodía, hasta que por fin él preguntó:
-¿Por qué no? -Nadie debe saberlo. Si alguien se entera, me matarán.
Por primera vez, Carlos pensó que quizá a la muchacha le faltase algún que otro tornillo. En caso contrario, ¿por qué estaría siempre recluida en aquella casa, siempre tocando la misma música? ¿Por qué su aspecto enfermizo, por qué su aparente falta de vitalidad juvenil? Era posible que, enfrentados a la tesitura de ingresarla en un psiquiátrico, su familia hubiese decidido confinarla allí, lejos de los peligros más habituales, con la ayuda de algún sacerdote dispuesto a ayudar.
Por otra parte, ¿y si fuera un caso de abuso sexual? Quizás alguien había metido a Guillermina en aquella casa, para abusar de ella, y le había convencido de que si alguien se enteraba, tendría tiempo para matarla de un modo u otro antes de que la rescataran. Puede que incluso sus propios padres, o el cura, ¡el mundo es un sitio de locos! Puede que...
-¿Quién te matará? -Todos. -¿Quiénes son todos? -Todos. Todo el mundo. Incluso tu.
Ahora había, claramente, lágrimas en sus ojos. Carlos comenzó a temer que, efectivamente, la pobre Guillermina estuviera trastornada. Sólo por confirmar, únicamente por asegurarse, le siguió la corriente un poco más, sacudiéndose infructuosamente los efluvios del alcohol y la adicción a la música:
-¿Y qué tendría que hacer para liberarte?
Ella le observó, dudosa, pero con una inconfundible expresión de alegría y esperanza en su mirada. Por un instante, pareció que incluso había variado ligerísimamente el tempo de su canción.
-Es muy sencillo. Sólo quita los crucifijos.
Carlos había observado que, en el interior de la estancia, había crucifijos sobre las ventanas. Eran crucifijos grandes, antiguos, pesados, cada uno distinto al otro, desacompasados. En aquél momento, simplemente pensó que aquella gente sencilla de huerta debía ser muy religiosa. Pero ahora... ¿qué debía pensar?
-¿Son... los crucifijos los que te impiden salir? -Claro -confirmó Guillermina, como si todo fuera evidente por si mismo. -¿Y por qué no los quitas tu? -No puedo -esta vez, sólo le faltó decir “no puedo, idiota”. -¿Por qué no puedes? ¿Porque están muy altos? -Si. Algo así.
Él se quedó pensativo por unos minutos. Ella debió interpretarlo como una duda, o como una negativa, porque en contra de su costumbre insistió con una voz no exenta de ansiedad:
-Libérame y te llevaré conmigo.
Esa si que estaba buena. En todo caso, dadas las circunstancias lo lógico habría sido al revés, ¿no? “Llévame contigo”. Pero no. Ella había dicho, clarísimamente, “te llevaré conmigo”. Por alguna razón que no llegaba a comprender, le pareció una idea extremadamente atractiva y fascinante. De manera inevitable, su mente empezó a encontrar maneras de racionalizar lo que estaba sintiendo.
-Pero para quitar los crucifijos tendría que entrar. Y no tengo llave. -No te preocupes por eso. La puerta está abierta. -¿Está abierta? -Si. Ellos se creen que la cierran, pero está abierta -añadió, con una risita infantil.
Empujado por el alcohol, se acercó a la puerta y probó el pomo. Con un chasquido, se abrió. El interior estaba completamente a oscuras, a excepción del haz de luz de Luna, cuadriculado por la reja, que entraba por el ventanal donde se encontraba Guillermina. Ella le miró, como si pudiera verle en la oscuridad, y dijo, divertida:
-¿Ves qué sencillo?
Esta vez fue Carlos quien no contestó. Alzándose de puntillas, alcanzó el crucifijo que había sobre la puerta y lo descolgó de la alcayata que lo sujetaba.
-¿Qué hago con él? -Tíralo allí, a aquél rincón -dijo ella. Le pareció algo un poco sacrílego, pero... Lo arrojó al rincón opuesto de la habitación, a las sombras, lejos de la vista. Entonces se dio cuenta de que la muchacha se había levantado -no la había visto nunca en pie- y estaba a su lado. Era alta, más alta de lo que pensaba, con las piernas muy largas. Parecía más delgada que nunca. También parecía... como ansiosa, incluso excitada. Sus ojos brillaban, pese a que ahora no se reflejaba la luz de Luna en ellos. Le tomó de la mano. Estaba helada, no simplemente fría, o trémula: estaba helada como sólo pueden estarlo los muertos.
Sin decir palabra, le arrastró fuera de la casa y huyeron a los campos de naranjos, sin que Carlos pudiera deducir la dirección que tomaban. Finalmente se detuvo, estirándole de la mano.
-¡Espera! ¿Dónde...?
Guillermina se limitó a colgarse de su cuello y besarle en la boca con sus labios finos y fríos. Por un instante pensó que aquello no estaba bien, Guillermina era una niña, él no... al instante siguiente se sintió brutalmente excitado, como no lo había estado desde que era un adolescente, y cuando todo ocurrió él ya sabía que no había escapatoria. Simplemente, tenía que suceder. Estaba muy borracho, incomprensiblemente ebrio. No le importó.
Su cuerpo era hábil y sensual. Su sexo era cálido, con el calor de él. Sus ojos iluminaban la noche en bermellón. La tierra estaba dura, Luna sobre sus cabezas y los naranjos alrededor. Los dientes estaban muy afilados, y no dolió.
·
Faltaban unos minutos para que empezara a amanecer. Las luces azules iluminaban los campos y las huertas. Hacía tres noches que Carlos liberó a Guillermina, pero eso no podía saberlo el capitán Cortés, de la Guardia Civil.
-Qué hijos de puta. -Esto lo han tenido que hacer yonquis pasados de crack. Yo nunca había visto cosa así.
Cortés asintió. Los yonquis, perseguidos en la ciudad, hacía tiempo que se dedicaban a tomar amplias zonas de huerta ante la pasividad de las autoridades. A fin de cuentas, en los campos eran casi invisibles, y los votantes no se enteraban. Lo que pasa es que nunca había habido yonquis en aquella zona, y menos tan violentos. De hecho, Cortés tampoco había visto nunca algo así. Ni parecido.
-Son tres, las víctimas, aunque a primera vista... parezcan más... -informó uno de sus hombres, con expresión ceniza. Casi todos ellos habían vomitado aquella noche, en la acequia, y permanecían en el interior de la casa el mínimo tiempo posible. El hedor de la sangre y las vísceras era insoportable. -¿Quiénes eran? -Matías Pérez y Guillermina Vicent. Una pareja desgraciada, su única hija murió el año pasado, de leucemia por lo que se ve. Eso dicen los vecinos, antes vivían en el pueblo, pero se vinieron aquí porque su hija está enterrada en el cementerio de ahí detrás. Y el señor párroco, don Tomás, que los visitaba muchas veces y se quedaba con ellos. Gente muy religiosa, por lo que se ve, la casa está llena de crucifijos. -Entraron por el techo, arrancando las tejas -notificó otro de sus hombres- y salieron también por allí. Hay marcas de sangre, de manos y zapatos, en el techo y las paredes. Al menos un adulto y un menor, por el tamaño. Lo que no hemos encontrado todavía, es la escalera. -Debieron hacer un ruido de muerte. ¿Cómo no se dieron cuenta? -comentó el primero.
Cortés ya no escuchaba. Había muchas cosas que no entendía de aquél caso, pero ¿cuándo hay un caso en que se entienda todo? Quizá las huellas dactilares dieran alguna pista, o aparecería algún testigo, o... algún pobre desgraciado acabaría comiendose el marrón. La vida era así, ¿no? Por cierto, qué mal olían aquellas flores, como a ajo, con lo bonitas que eran. Lo que faltaba para revolverle el estómago.
No tan lejos de allí una pareja desigual agotaba los últimos instantes antes del amanecer, al amparo de un desván solitario, trenzada en un beso pagano de marfiles acerados.
FIN

miércoles, 17 de septiembre de 2008

....-..NOVELAS....-..VAMPIRICAS...-..

Históricamente, el resorte del miedo en la novela de terror se dispara a partir de la irrupción de un elemento maligno sobrenatural en la rutina diaria de uno o varios personajes ordinarios, si bien en la actualidad las últimas tendencias del género han ido imponiendo poco a poco esquemas eclécticos mucho menos conservadores



Históricamente, el resorte del miedo en la novela de terror se dispara a partir de la irrupción de un elemento maligno sobrenatural en la rutina diaria de uno o varios personajes ordinarios, si bien en la actualidad las últimas tendencias del género han ido imponiendo poco a poco esquemas eclécticos mucho menos conservadores¿Una novel
a catalana de vampiros?. Éso puede resultar insólito y además chocante, pero es cierto que la leyenda del terrible conde Estruch jamás ha salido de las leyendas populares transmitidas oralmente de padres a hijos hasta nuestros días y jamás ha tenido el soporte literario que se merecía. Por éso, a la hora de reivindicar nuestro patrimonio cultural he decidido sacar del olvido a nuestro más seductor “vampiro nacional”.
Bram Stoker (1847/1912) cuando buscó argumento para su espléndida novela Drácula utilizó como personaje central a un príncipe de Valaquia del siglo XIV llamado Vlad IV Tepes, es decir “El Empalador” (1431/1476), conocido también como Drácula (hijo del diablo, en su idioma), pero tan feroz “héroe nacional” (está claro que los “héroes nacionales” han de ser sanguinarios, recordemos nuestros Hernán Cortés o el maléfico Duque de Alba) nada tenía que ver con el vampirismo pero sí con la barbarie.
El célebre vampiro nació en una novela publicada en 1897 por el ya legendario escritor irlandés, nacido en Dublín y perteneciente a la sociedad secreta neo pagana y mágica Golden Dawn in the Outer. De hecho el personaje al que hacemos referencia ya había aparecido anteriormente en un libro “La novela de Drácula” (1480) de un oscuro escritor ruso llamado Ivan Kouritsine que ha permanecido ignorado hasta la actualidad.
Igual podríamos decir del personaje de Don Juan Tenorio atribuido a Juan de Zorrilla cuando el autor real fue Tirso de Molina por no hablar del caso de D’Artagnan y los tres mosqueteros aparecidos primero en una novela olvidada, “Las memorias del Sr. D’Artagnan” (1700) de Gatien de Courtilz de Sandras, y después en una célebre trilogía literaria redactada por un tal Auguste Maquet en 1844 y firmada posteriormente por el negrero Alejandro Dumas quién se ha llevado injustamente la gloria de haber creado un personaje que para más inri había existido realmente en el siglo XVII.
En la época de Nicolai Ceaucescu en Rumanía se intentó reivindicar al terrible empalador considerado héroe nacional porque gracias a su valentía contuvo (ineficazmente por supuesto) el avance de los turcos que deseaban invadir la Europa del Este. Vlad IV era famoso por su crueldad ya que decapitaba a sus enemigos o les introducía largos palos por el ano teniéndoles en tal estado días enteros haciéndoles morir en medio de una espantosa agonía. Naturalmente, el “gran patriota”, disfrutaba con tanta crueldad y se hacía servir sus comidas enmedio de un campo de empalados, disfrutando del “gratificante espectáculo”. El tirano Ceaucescu adoraba a Vlad IV y declaraba que era una ofensa comparar a tan maravilloso héroe (?) con el vampiro que llevaba su nombre. Yo creo que hecha la comparación quién debía sentirse ofendido es el Drácula literario dada la crueldad del “heroico” voivoda. Si aquel mata para sobrevivir y encima siente remordimientos por sus acciones, Vlad IV asesina de forma gratuita para solazarse con la muerte ajena. Claro está que el derrocado tirano de Rumanía no estaba lejos de tan sanguinario personaje pasando a ocupar un triste lugar en la historia.
Si el Drácula histórico vivía en Valaquia (región situada al sur de los Alpes de Transilvania en la actual frontera con Hungría), el literario vivía en el norte, en la parte izquierda de los Cárpatos Orientales, cerca de Bistriz o Bistrita (según leemos en los mapas en castellano), en un misterioso lugar llamado Paso del Borgo. Al otro extremo de los Cárpatos Occidentales, en Checoslovaquia, tuvo lugar otra leyenda asimismo terrible de vampirismo femenino.
La condesa Erzsebet Bathory de Nadasdy (1560/1614) fue autora de la muerte de 600 doncellas, a las cuales desangraba para bañarse luego con su sangre e intentar vanamente de rejuvenecerse. Finalmente fue detenida y emparedada en su castillo de Csejthe hasta el día de su muerte.
Otra vampira famosa ha sido la condesa austriaca Dolingen De Gratz hallada muerta en Estiria (1801), “heroína” de El invitado de Drácula (1914) de Bram Stoker, en realidad un prólogo de su inmortal novela Drácula, primero eliminado y después reciclado como narración independiente.
Naturalmente el personaje de Stoker ha tenido una copiosa filmografía con algunos títulos memorables de Tod Browning, Friedrich W. Murnau, Terence Fisher, John Badham y recientemente Francis Ford Coppola, mientras nuestro conde Estruch ha caído en el olvido.
Nuestro vampiro nacional, de hecho, me ha llegado a través de sendas narraciones orales. Dos versiones algo distintas entre sí. Una transcurría en 1212, en la época del rey Pere “el Catòlic”, haciendo referencia a un noble extranjero llamado Estruch que se distinguió en la batalla de las Navas de Tolosa y por eso el monarca le premió con el castillo de Llers (una ciudad catalana destruida en la nefasta Guerra Civil española), dónde sufrió una maldición tras quemar a unas brujas del Ampurdán. Otra versión tenía lugar en el año 1173, época del rey Alfonso II “el Casto’ que yo he preferido por su mayor grado de romanticismo.
El nombre de Estruch fue “castellanizado” como Estruga y fue utilizado para definir malos designios o mala suerte del desafortunado que padecía mala estrella. También se usaba para atemorizar a los niños catalanes que no obedecían a sus padres. La leyenda que nos ocupa es apasionante y yo he sucumbido a la tentación de escribirla para evitar su olvido. Espero que algún día nuestro conde Estruch ocupe el lugar que se merece en el panteón de los vampiros ilustres de nuestra cultura de las tinieblas.




Estruch Una novela catalana de vampiros
Esta es tal vez la historia más extraña que he vivido en toda mi existencia. Nací hace cincuenta años en una pequeña población del condado de Empúries llamada Llers. Desde que vi la primera luz mi boca no pudo articular palabra y mis oídos jamás escucharon sonido alguno. Sin embargo aprendí a leer y escribir gracias a la caridad de mi protector Monseñor Bernat de Berga, obispo de Barcelona, a cuya proverbial paciencia le debo todo lo que soy ahora. Fue mi sordomudez lo que permitió en cierta ocasión salvar mi vida y marcar con ello mi futuro. Por cierto, me llamo Isabel y actualmente vivo plácidamente en un convento de monjas abadesas de Reus, en la Tarraconense, donde, en mis escasos momentos libres, escribo la presente narración tal vez intentando exorcizar mi pasado del cual quiero apartarme pero que, a mi pesar, no consigo olvidar.
Estos hechos ocurrieron cuando era una hermosa joven que sólo soñaba con buscar un guapo galán para iniciar con él una nueva familia. Ignoraba que mi destino me deparaba algo muy distinto.
En Llers vivía tranquilamente con mis padres y mis hermanos, cuando Cataluña tuvo por vez primera una monarquía. Alfonso II apodado “el Casto” fue coronado rey rigiendo los destinos de nuestra pequeña nación. Hacia 1173 nuestra vida era muy tranquila a excepción de algunas escaramuzas con los árabes que siempre intentaban invadirnos.
En aquella época el conde Guifred Estruch se hizo muy popular entre nuestras gentes porque consiguió importantes victorias contra el infiel. Gracias a su valentía los seguidores del Islam no podían apoderarse de nuestras tierras como habían hecho anteriormente con otras de la Península Ibérica. En época de Ramón Berenguer IV, el conde Estruch había triunfado varias veces en sus batallas contra el rey moro de Valencia, conquistando Tortosa en 1148, Lleida y Fraga en 1149. Su prestigio como militar estaba fuera de toda duda cuando años después, ya en su senectud, volvió a ser requerido por la Corte de Barcelona.
Aunque decrépito por su avanzada edad aún conservaba parte de su energía y el rey Alfonso II tenía toda su confianza depositada en él. El veterano militar era la persona más adecuada para la importante misión que se le iba a encomendar.
Capítulo 1
En aquellos turbulentos años las comarcas del norte de Cataluña se vieron azuzadas por un conflicto interno. Desde la llegada de los romanos y posteriormente del cristianismo algunos sectores de la población habían permanecido fieles a sus cultos paganos. A pesar del transcurrir de los siglos y de la evolución de la historia aún permanecía vivo en el corazón de las gentes sencillas el recuerdo de antiguos dioses, viejas creencias que parecían haber sido desplazadas por el advenimiento de la fe en el Redentor. Tal vez la ignorancia o puede que cierto resentimiento causado por su situación servil motivaba esta tardía pervivencia de ancestrales ritos.
El rey Alfonso II estaba preocupado y en una reunión con su tutor Guillem Torroja, por aquel entonces Obispo de Barcelona, se planteaba dicha cuestión.
- Majestad -exponía vehemente Monseñor Guillem- ésta puede parecer una cuestión trivial pero los cultos paganos deben desaparecer de inmediato. Ya sé que vos sois un rey pragmático y tolerante con vuestros súbditos pero esas gentes podrían desestabilizar nuestro país.... - El paganismo es fruto de la ignorancia, Monseñor Guillem, no podemos castigar al pueblo por carecer del conocimiento de la verdadera religión, esa es vuestra cuestión y vos debéis ponerle remedio...-replicaba el compungido monarca. - Con todos mis respetos, la situación que estoy planteando a su Majestad es una cuestión de Estado... llevamos cinco siglos de dominación mulsumana y Cataluña es una tierra situada en un lugar privilegiado. Es la puerta de Europa y una vez sometida, los seguidores del profeta tendrían paso franco para su posterior conquista... Majestad, pocos vasallos serán más fieles a la Corona que mi humilde persona, pero también debo obediencia a mi fe en Jesucristo y a la Santa Madre Iglesia. Es por ello que os ruego que penséis seriamente en este problema antes de que se os vaya de las manos... El monarca queda pensativo, indeciso ante el compromiso que le está planteando el Obispo. - Yo sólo os puedo prometer una cosa, Monseñor, y es que enviaré a un caballero de mi confianza a la comarca más conflictiva de Cataluña para que inicie las oportunas investigaciones. Obraré según sus resultados -sentenció finalmente. Para Monseñor Guillem aquello suponía una oportunidad para atender sus reivindicaciones. - Majestad ¿en quién habéis pensado para tal investigación? - Al conde Guifred Estruch.. Es un hombre temeroso de Dios y un espléndido caballero. Confío en él cómo si fuera mi padre... En tiempos de mi predecesor no hubo mejor servidor de la Cristiandad. Recuerdo sus gestas en tierras moras a los que venció en más de cien batallas. - Fue ademas vuestro preceptor ... - Exactamente, Monseñor. El conde Estruch me enseñó todo lo de menester en cuestiones militares y además me formó como caballero. Es grande la deuda que tengo con él y por eso creo que es el hombre adecuado para atender vuestra solicitud. - Vuestra elección me satisface, Majestad.
Así fue cómo el conde Guifred Estruch dejó de convertirse en historia para pasar a la leyenda. En aquel momento ningún caballero era más idóneo para desempeñar tan alta misión. El vacilante monarca pudo contentar así al Obispo sin comprometerse seriamente en una campaña que no veía de gran utilidad. Trasladó su responsabilidad al veterano caballero y al mismo tiempo le daba una nueva oportunidad de demostrar su valor en una etapa de su vida poco halagüeña para él.
Los años no habían pasado en balde para el conde Estruch y su brazo ya no tenía la fuerza suficiente para desenvainar la espada contra el invasor. Una nueva misión era lo que necesitaba cuando se encontraba en las puertas de la senectud. Estruch no tardó en acudir a la llamada del rey, ansioso de vivir una nueva aventura que le sacara del ostracismo al que le había llevado la edad. Por aquella época vivía apartado de la Corte barcelonesa en el castillo de Escornalbou, en la Tarraconense. Su último año había sido muy doloroso por la pérdida, en una incursión de los árabes, de su esposa Doña Enriqueta con la que tuvo una hija que ya estaba en edad de merecer. Sin embargo aún no había encontrado esposo para Doña Núria, así era su nombre, y ésta fue la circunstancia por la que decidió llevársela a Barcelona cuando su rey le llamó para cumplir la nueva misión. Aquel viaje podría depararle un esposo que se hiciese cargo de la esbelta doncella cuando el aguerrido caballero ya no estuviera en el reino de los vivos.
Durante aquel viaje la encantadora hija no paraba de quejarse.
- Padre, habéis servido fielmente a los condes de Barcelona durante toda vuestra vida y sin embargo nunca se os ha recompensado por vuestra bravura y lealtad -reprendía Núria a su adorado padre por el cual sentía gran veneración. - No he servido a Cataluña por deseo de poder ni para acumular riquezas si no para engrandecer nuestra amada tierra -replicaba vehemente el fatigado caballero. - Bien está que améis a nuestro país, pero ya ha llegado la época en que no debéis entregaros a grandes excesos, padre. La Corona podía haber sido más generosa con vos.... - Pero hija.... Ya sabéis que a mi no me gusta ir a la Corte para medrar cómo hacen todos esos caballeros que de tales no tienen más que el nombre. Esos aduladores que sólo piensan en conseguir prebendas y en subir por encima de los demás sin deparar si los medios utilizados son legítimos.... Todo esto me entristece y prefiero vivir una vida tranquila fuera de ese nido de víboras en que se ha convertido actualmente la Corte de Barcelona. Sólo le pido a Dios poder encontrar a un buen esposo para vos que os haga feliz y dichosa... A mis años sólo aspiro a ver corretear a mi alrededor algunos jovenzuelos que me llamen abuelo y poderles educar en el manejo de la espada y el amor a la patria.
Doña Núria no hablo mucho durante el resto del viaje. No quería contrariar a su padre aunque sus reproches fueran cariñosos puesto que siempre deseaba lo mejor para el autor de sus días.
No más llegar a la Corte, el conde Estruch fue recibido de inmediato por el jovencísimo rey en una reunión privada ante el Obispo de Barcelona.
- Hace un año que no os veo, conde Estruch... Debéis saber que me apenó mucho la muerte de vuestra esposa y espero que esta nueva misión os sirva para rehacer vuestra vida y vuestra carrera.
Alfonso II “el Casto” trataba de infundir ánimos a su fiel preceptor. En aquellos dramáticos momentos aún acusaba la desmoralización propia de quién acaba de pasar por semejante trance. Monseñor Guillem se sumaba también al dolor del veterano caballero.
- Vuestra esposa está en el seno del Señor, espero que ésto os sirva de consuelo. - Agradezco mucho vuestra gentileza, Monseñor Guillem. Mi brazo siempre ha estado al lado de su Majestad el rey Alfonso II y de la Santa Madre Iglesia. Sabed que siempre podéis disponer de mi para defender tan altas causas -respondía Estruch a las condolencias del prelado. - Me agrada oíros decir ésto porque tengo una importante misión que confiaros -sentenciaba el joven monarca. - Estoy presto para atender vuestras órdenes, Majestad -responde humildemente Estruch. - Cómo sabéis perfectamente hace siete años murió mi primo Ramón Berenguer III de Provenza. El conde Gerard del Rosellón también nos ha dejado el año pasado. Por esa razón los territorios del norte de Cataluña han pasado a mi Corona según las leyes de sucesión.... Mi reino ha crecido considerablemente y tengo grandes proyectos por el bien de nuestro país... Por otra parte tengo el proyecto de unir a toda la Cristiandad contra el Infiel, pero tenemos un problema en el condado de Empúries..... -narraba el juvenil monarca. - ¿Qué problema, Majestad? -preguntó intrigado Estruch. Monseñor Guillem Torroja comienza a exponer sus preocupaciones. - El problema consiste en la pervivencia del paganismo en algunas zonas pirenaicas. Esto podría presentar un grave problema para la Cristiandad y para la Corona catalanoaragonesa. He pedido a Su Majestad que intervenga eficazmente en este asunto y que trate de eliminarlo de inmediato.
Estruch no veía demasiado clara aquella misteriosa misión. Por eso preguntó con evidente extrañeza.
- ¿Por qué son peligrosos los paganos? Que yo sepa no hacen daño a nadie... Los encuentro completamente inofensivos. - Ahí os equivocáis, conde Estruch.... Los paganos están aliados con los árabes en su lucha para destruir la Cristiandad y a nuestra Santa Madre Iglesia. Tenemos pruebas de que varios musulmanes han actuado en Empúries, ayudados por estas gentes, asesinando a varios caballeros leales a la Corona... En sus reuniones practican ritos impíos, fornican y bailan lascivamente... Rinden culto a seres demoníacos y terribles... Los relatos que han llegado a mis oídos me han helado la sangre y por eso he puesto en conocimiento de Su Majestad todos estos desagradables hechos... Es necesario proceder raudo antes de que el mal sea aún mayor... Monseñor Guillem exponía sus razones apasionadamente cómo si estuviera predicando en su púlpito. El conde Estruch escuchaba en silencio. A pesar de la pasión del Obispo de Barcelona aquel asunto le producía enojo. Finalmente respondió con sequedad. - Yo haré todo lo que Su Majestad me ordene. Soy un soldado catalán y le debo obediencia a Dios y al Rey. - Eso es lo que quería oír conde Estruch... Por eso os he llamado para esta misión. Vuestra incursión en tierras valencianas del año pasado me llenaron de satisfacción.... El Infiel mordió el polvo ante vuestra valentía y arrojo... Todos mis conocimientos en el Servicio de las Armas proceden de vos... Nadie está más capacitado para triunfar en ésta campaña que mi fiel preceptor y leal caballero...-Alfonso II “el Casto” hablaba con gran admiración de aquel veterano guerrero que en aquellos momentos estaba ante su presencia- es por esto que he decidido enviaros al castillo del río Muga, cerca de Llers, para que desde allí iniciéis las oportunas investigaciones y obréis consecuentemente con vuestra fe en Cristo. - Majestad, los años no pasan en balde y yo pronto seré un anciano... Tengo una hija llamada Núria, está en edad de merecer y desearía resolver su futuro antes de que yo abandone definitivamente la vida en esta tierra -expuso con gran cautela Estruch. “El Casto” esbozó una leve sonrisa y en tono magnánimo comentó: - Por eso no os preocupéis, mi querido conde... La Corona, en honor a vuestros inapreciables servicios, se honraría en hacerse cargo de su protección... Podríamos buscarle un buen partido... tal vez el hijo del conde Rius... Su padre siempre está preocupado porque no se casa aún y le haría muy feliz la idea de emparentaros con vos.... El muchacho es muy agradable pero de carácter introvertido, tiene dificultades para seducir a las damas de la Corte a pesar de su buena presencia.... - Gracias, Majestad. No sabéis lo feliz que me hacéis -con una solemne reverencia, el conde Estruch abandonó la estancia real.
En los pasillos esperaba ansiosa su hija Doña Núria. No más ver a su padre corrió hacia él para preguntarle inquisitivamente:
- Bien padre ¿qué os ha pedido el rey?. - Me ha otorgado una nueva misión y por esto debo trasladarme de inmediato al castillo del río Muga, hija. Al parecer existe allí algún asunto que causa gran preocupación a su Majestad. Hemos hablado también de vos y de vuestro futuro. Hemos acordado vuestro matrimonio con el hijo del conde Rius para que asuma a partir de ahora vuestra protección y yo me pueda marchar con la plena satisfacción de que estáis en buenas manos.
Doña Núria se sulfuró a oír estas palabras de boca de su padre.
- ¡Pero cómo podéis decirme una cosa así!.. Yo soy vuestra hija y mi obligación es seguiros allá donde vayáis... - Querida hija nunca se sabe qué clase de peligros nos pueden aguardar en estos parajes. Es por esto que considero más adecuado vuestro matrimonio para no exponeros inútilmente a una muerte traicionera cómo ocurrió con vuestra madre. - No me asustan esos peligros, padre... Yo soy una Estruch y soy de sangre brava.... Mi obligación como hija es la de seguiros a vos fuere adonde fuere... Aunque viajéis a los mismísimos Infiernos yo iría detrás vuestro sin temor a nada ni a nadie. Cómo si yo fuera vuestra propia sombra en ningún momento pienso abandonaros, padre. Para algo pertenecemos a la misma estirpe. - ¿Y el hijo del conde Rius? Dicen que es un joven muy apuesto y sería muy buen partido para vos. - ¡Qué espere a nuestro regreso!... Ese mocito aún es demasiado joven para el matrimonio.
Estruch se dio por vencido.
- Está bién, querida hija... Pero cuando regresemos de nuestra misión os casareis, ¿de acuerdo? - De acuerdo, padre.
Estruch finalmente consiguió que su hija consintiera en casarse, aunque sea a largo plazo... Para sus adentros comentaba en silencio...
- El pobre heredero no sabe lo que le espera...
Aquella noche la comitiva la pasó en la Ciudad Condal. Estaban fatigados por el viaje desde las comarcas meridionales y quedaba un largo trecho hacia el castillo del río Muga.
Estruch tuvo tiempo de visitar al deán de la Catedral de Barcelona, con el que le unía una gran amistad, y con fray Bernat de Berga llamado a suceder a Monseñor Guillem Torroja como obispo de Barcelona dada la avanzada edad del tutor del rey.
- Esta es la primera vez que tenemos monarquía en este pequeño país... y nuestro joven rey tiene que vivir bajo la tutela del rey de Inglaterra. Pero hará cosas grandes para Cataluña. Ya lo veréis.
Así se expresaba muy ufano el conde Estruch ante sus contertulios, siempre orgulloso de su monarca.
Doña Núria aprovechó aquella tarde en adquirir nuevos vestidos para poder soportar los fríos de la zona pirenaica. El invierno prometía ser muy duro en aquel solitario castillo, sobretodo para quién como ella tenía el cuerpo acostumbrado a los climas mediterráneos.
Una vez pasada la noche Estruch y su hija se dirigieron hacia su destino. Les esperaba una extraña misión que en realidad no comprendían demasiado. Pero el conde Estruch jamás discutía una orden real. Ante todo era un caballero y aunque luciera sienes plateadas continuaba siendo un guerrero.
Capítulo 2
Cuando el conde Estruch llegó al solitario castillo del río Muga, en la falda de la Sierra de Mas Carreras, yo era entonces una joven doncella que sólo pensaba en contraer matrimonio. Ya he explicado antes que desde mi nacimiento me vi impedida del don de la palabra y que mis oídos jamás escucharon sonido alguno. Pero esto no era impedimento para compartir los mismos sentimientos de las demás mozas del pueblo.
Mis padres eran humildes leñadores que vivían de talar los bosques al servicio del propietario de aquellas tierras. Las gentes de aquellas comarcas eran sencillas y carecían de malicia. Comunicarme con ellas dada mi situación era tarea imposible pero con el tiempo conseguí ser consciente del mundo que me rodeaba. Gracias a su caridad pude soportar con paciencia las limitaciones que me había otorgado la naturaleza.
En las afueras de Llers, en Puig den Clos, había una comunidad de frailes amanuenses que se dedicaba a preservar las obras literarias que nos habían legado nuestros antepasados. Pude hacerme amiga de aquellos frailes quienes me iniciaron en la lectura y en la escritura. Mi primer maestro, hombre de proverbial paciencia y caridad cristiana, se llamaba fray Bernat de Berga quién posteriormente se marchó a vivir a Barcelona ya que dada su gran sabiduría e inteligencia estaba llamado a empresas de mayor ambición e importancia.
Yo era una de las pocos mujeres en toda la Cristiandad que supiera leer y escribir lo cual, en mi situación de sordomuda, podía considerarse como prodigioso. Aquellos libros me hablaban de mundos pasados, de pensadores de otros tiempos y otros lugares cuya obra había sobrevivido al paso de los siglos. Ahí encontré muchas veces aquella compañía que añoraba en mi vida real y una forma de enriquecer mi existencia, apartada de mi cruel destino.
Un día, cuando me dirigía a visitar a mis amigos los frailes, me crucé con el conde Estruch cuando se dirigía por vez primera hacia su castillo. No más verme me dirigió una mirada de extrañeza que causó en mi honda impresión. A pesar de sus años conservaba aún un cierto atractivo viril. Su serena madurez le daba distinción y sus cabellos blancos le convertían en un caballero respetable. A juzgar por su presencia se adivinaba que en su juventud debía haber sido un galán muy apuesto y atrayente. Doña Núria tenía unas facciones muy similares a las de su progenitor. Su cabello largo y ondulado caía como una catarata sobre su erguida espalda. Alta y distinguida, no obstante, atraía por su dulce mirada y su bondad. Pero sobretodo era una hija que se entregaba completamente en su amor hacia su venerable padre.
Aquel maduro caballero me recordaba a un legendario héroe salido de las milenarias epopeyas que nos contaba Homero en su eterna prosa. Por eso su presencia despertó en mi una enorme pasión a pesar de la gran diferencia de edad que había entre el conde Estruch y mi humilde persona. Desde luego, a pesar de esta contrariedad, no me hubiera importado desposarme con él porque hubiera sido un compañero más enriquecedor que los jovenzuelos del pueblo no más obsesionados en halagar su insignificante vanidad.
Este fue mi primer encuentro con el nuevo Señor del castillo y la impresión que me causó fue para mi dificil de olvidar con el largo paso de los años.
Una vez instalado en su castillo, el conde Estruch decidió informarse plenamente de la situación en que se encontraba el territorio que el monarca le había encomendado vigilar.
El capitán de la guardia era un ser siniestro y traicionero llamado Jordi Benach. Largo y estrecho de talle, rostro repleto de espesas barbas, mirada pérfida, cejijunto e inquietante hablaba siempre de forma reposada y arrogante. Parecía que se deleitara escuchando el grave timbre de su voz en cada una de sus frases, razón por la cual era un hombre que inspiraba antipatía y desconfianza en cada uno de los habitantes de la comarca.
Benach expuso a su modo la situación interna en el condado de Empúries:
- Señor, estas tierras son inhóspitas y extrañas. Los lugareños viven apegados a creencias ancestrales y paganas.... Rinden culto a un extraño dios pero yo creo que se trata del propio Lucifer. Al inicio de la primavera pasada, cuando el sol entraba en el signo de Aries, yo asistí de incógnito a uno de sus aquelarres y se me heló la sangre. - ¿Se os heló la sangre? -preguntó muy extrañado el conde Estruch. - Ciertamente mi señor conde..., aquello me impresionó extraordinariamente a pesar de que yo soy un hombre de guerra... mi pulso jamás tembló ante los sarracenos ni en las campañas contra los francos.. pero aquello era sobrenatural e inhumano... - ¿Y por qué no me relatais lo que visteis en el aquelarre, capitán? -insistió el intrigado conde. Entonces el pérfido Benach comenzó a relatar una extraña historia de la que aseguraba haber sido testigo: - Hará más de medio año tuve conocimiento de que algunos lugareños iban a celebrar un aquelarre en honor de un extravagante dios apodado Shub-Niggurath....también conocido como el Gran Macho Cabrío Negro de los Bosques..... “Habían pasado ya los fríos invernales cuando el Gran Maestro convocó a la comunidad pagana para celebrar el aquelarre primaveral... Es costumbre en estas comarcas hacerle ofrenda al Gran Macho Cabrío Negro del Bosque cuando se cambia el solsticio de invierno por el de primavera... En medio de unos altos y alargados dólmenes esas gentes instalaron un altar de piedra.. Al llegar la noche, un grupo de sacerdotisas vestidas con largas túnicas transparentes invocaron a su extraño dios.... El ritual lo oficiaba un sacerdote pagano, al que los fieles apodaban el Gran Maestro, y una joven doncella aún virgen se acostó sobre aquel frío altar... Comenzó la ceremonia cuando el Gran Maestro, con los brazos en alto, gritaba majestuosamente con su potente voz: “Gran Macho Cabrío del Bosque, ¡aparece!”.. Todos los fieles gritaban al unísono con la mirada puesta en el Norte: “¡Aparece!”.... El griterío se repitió hasta que de repente un gigantesco rayo surcó por los cielos, lo que me produjo extrañeza puesto que el cielo estaba muy despejado y no había indicios de tormenta en aquella demoníaca noche... Tras la fugaz luz sonó un potente estruendo en medio del cual se apareció aquel monstruoso espectro mitad hombre mitad carnero...Era el Gran Macho Cabrío del Bosque. Su aspecto no podía ser más satánico. Su mirada parecía de fuego, era altísimo y su cuerpo estaba repleto de vello. Los fieles se arrodillaron cuando se produjo su espeluznante aparición y la doncella tendida sobre el altar alzó deseosa sus brazos reclamando ser poseída en aquel mismo lugar... ¡Oh, cielos!, contar lo que vi me trastorna el cerebro... Aquel monstruo se despojó de sus vestiduras y mostró sus gigantescos atributos viriles a aquella inocente criatura. La doncella alzó sus brazos invitándole a su posesión y se puso a copular con el execrable espectro delante de la mirada de todos los asistentes al aquelarre, quienes se pusieron a danzar y a cantar frenéticamente alabándole sin cesar. Todos habían estado bebiendo y perdido el juicio con su embriaguez. Yo sentí pánico ante aquel desenfreno y huí de aquel lugar lo más rápido que pudieron mis tambaleantes piernas .....
Benach terminó su extraño relato con el rostro desencajado por el horror ante el conde Estruch quién, escéptico, pensaba que estaba ante un lunático o un villano que le estuviera haciendo burla. Encolerizado reprendió a su capitán:
- ¡Basta!... ¡Teneos si no queréis que ahora mismo os atraviese con mi espada! ¿Cómo os atrevéis venir a contarme historias de borrachos en mis propias barbas? ¿Acaso me tomáis por imbécil? - Pero señor conde, os juro por mi honor que es verdad todo lo que os acabo de relatar.... - ¡Ni una palabra más, capitán!... Si volvéis a contarme esas patrañas os expulsaré de mi condado u os haré encerrar en las más profundas mazmorras de este castillo... Sabed, capitán Jordi Benach, que nadie se burla del conde Guifred Estruch con esas chanzas que ofenden mi inteligencia... ¿Pero cómo podéis hablarme de estos seres de fábula en los que sólo creen seres ignorantes y de escasas luces?...- vociferaba Estruch con cajas destempladas.
Benach estaba asustado ante la explosión de ira de su superior.
- ¡Largo de mi presencia tunante! ¡Sois un bellaco y un mamarracho!....-El conde expulsaba de la sala con muy malos modos al capitán que huyó despavorido como alma lleva el diablo.
Estruch quedó sólo y pensativo... Estaba completamente desconcertado por la simplicidad de aquel relato y no quiso tomarlo en cuenta. Aquella misma noche, tras cenar y descansar ante el dulce calor del fuego de un brasero, el inquieto noble, escribió a su Majestad el rey Alfonso II de Aragón.
Excelentísimo Señor:
Ya me he instalado en el castillo del río Muga donde me he trasladado siguiendo órdenes de su Real Majestad...No más llegar he comenzado a investigar las posibles anomalías en esta zona. Debo manifestar que siento un profundo respeto por Monseñor Guillem de Torroja, gran hombre de Iglesia y cuya cultura es digna de mi total admiración. Pero ello no quita que no comparta sus temores respecto a las actividades paganas en estos parajes. Es mi parecer que en las informaciones que ha recibido abunda más el ruido que las nueces.
Esta misma tarde he escuchado un absurdo relato de labios del capitán de la guardia más propia de una mente infantil que de un bravío soldado de nuestra Patria. Me ha estado hablando sobre una extraña aparición de un ser demoniaco venido desde el más allá. Pero es mi parecer que el sujeto en cuestión empina demasiado el codo y que por lo tanto ve alucinaciones por todas partes.
De todas formas estas fantásticas historias me producen cierto temor. Ya he expuesto a Su Majestad, al principio de esta carta, todo mi escepticismo en lo referente a narraciones de aparecidos, fruto de la ignorancia de estas gentes. Un pueblo iletrado suele buscar explicaciones fantasiosas para justificar su existencia en vez de recurrir a las doctrinas de nuestra Santa Madre Iglesia. Pero esa ilusión vana puede traer como consecuencia la manipulación de ciertas fuerzas enemigas que les podrían utilizar en nuestra contra.
Es por esto y también porque es deseo de Su Majestad que estaré vigilante y llegaré hasta el fondo de tan oscuro asunto. Sabed Majestad que mi pulso será siempre firme en la defensa de los intereses de la Corona y de nuestra gloriosa tierra catalana a la que amo más que a mi propia vida. Vuestro fiel vasallo.
Don Guifred Estruch, conde de Llers. Tras finalizar la redacción de la carta a Su Majestad el Rey, el fiel caballero selló el pliego y se lo entregó a su correo dándole orden de partiera a la mañana siguiente. Tras terminar su tarea pasó toda la noche meditando sobre la extravagante historia que oyó de labios de su capitán. A pesar de su escepticismo estaba inquieto y temeroso de aquellas supuestas fuerzas diabólicas contra las cuales sería incapaz de luchar.
Capítulo 3
Rosetta era en aquella época la mocita más codiciada por los jóvenes de la comarca. Había cumplido dieciséis abriles cuando el conde Estruch llegó al castillo del río Muga y era hija de Josep “el lenyataire”, un humilde leñador que habitaba en una solitaria casita de las montañas. Su familia era gente sencilla y bondadosa que, a lo largo del año, proveía de leña a los habitantes del castillo y también a los aldeanos de los alrededores, gracias a la cual éstos podían hacer frente a los rigores invernales. Por ello no es de extrañar que fuera un hombre muy apreciado y popular. Josep “el lenyataire” era prácticamente el amigo de todos dado su carácter alegre y campechano.
Rosetta había dejado de ser ya una niña para convertirse en una espléndida mujer a la que la Madre Naturaleza había dotado de envidiables encantos. De melena rizada y rostro redondo lucía siempre una alegre sonrisa en sus sensuales labios. Caminaba siempre garbosa, ondulando sus bien formadas caderas, ante la admiración de los aldeanos que suspiraban de amores. Con voz dulce y melodiosa, hablaba siempre con la rapidez de un galgo, y era muchacha ingeniosa en sus respuestas a los pretendientes que le hacían toda clase de requiebros. Pero a pesar de su coquetería la mocita tenía buen corazón y siempre era piadosa con los menesterosos. Tal vez nunca hubo en la comarca un corazón más generoso que el de Rosetta y eso hizo que aún fuera más apreciada por todos los galanes en edades casaderas. No es de extrañar pues que el capitán de la guardia también pretendiera tener amores con la tan codiciada montañesa.
¡Pobre Rosetta! ¡Qué desdichado fue aquel día en que el pérfido Benach echó su mirada en aquel hermoso cuerpo cuando la sorprendió bañándose desnuda en la presa de Salt de Barral, un día de verano!
En la falda de la montaña Las Escaulas, donde habitaba el “lenyataire”, corría el caudal del río Muga. A pocas leguas, enmedio de un escarpado desfiladero, está situada la pequeña y solitaria presa de Salt de Barrala a la que no solían ir las gentes de los pueblos, temerosas de los malos espíritus que, según ellos, vivían en sus bosques. Pura e inocente, la codiciada moza, gustaba de nadar en sus aguas sabiéndose segura de su soledad.
Era un soleado día de agosto cuando los soldados del castillo habían descubierto a unos musulmanes espiando por la Sierra de Tramonts y les estuvieron persiguiendo ladera abajo para darles muerte. El capitán Benach se había separado del grupo cuando decidió refrescarse en la presa de Salt de Barral para quitarse los sudores que le había causado su esfuerzo en aquella inacabable persecución por los escarpados parajes.
Dió la fortuna de que en aquel mismo día Rosetta había aprovechado una ausencia de su padre, al que no le agradaba que su hija se bañara desnuda en aquel bucólico lugar, para huir de su cabaña y correr velozmente hacia la presa. Tras quitarse todas su ropas, se adentró en las cristalinas aguas y nadó alegremente sin sospechar que un par de ojos la estaban observando tras unos frondosos matorrales. El pérfido Benach sintió fuertes estremecimientos en su largo talle, ya que nunca en su vida había visto un cuerpo más hermoso que el de aquella misteriosa doncella y sintió en su interior grandes deseos de poseerla.
“Yaceré con esa hermosa mujer tanto si quiere como si no”, se dijo observando aquella exquisita desnudez. El truhán ya se había decidido a poseerla a la fuerza cuando le sobresaltó el crujir de unas ramas secas pisoteadas. Allí, en aquel bosque, había alguien más.
Sigilosamente desenvainó su adarga, arrastrándose ladera arriba llegó hasta unos arbustos tras los cuales divisaba el ropaje propio de los seguidores de Mahoma. Sin dudarlo un instante lanzó hacía allí el arma que sostenía entre sus manos y un grito de dolor retumbó entre los pinares. Desenvainando su larga espada corrió hacia los arbustos y se encontró con el rostro asustado de un jovenzuelo árabe. No debería tener ni diez años aquel desdichado cuando allí mismo halló la muerte atravesado por la daga del pérfido Benach.
El truhán palideció al ver que era un niño a quién había matado impunemente. Tras limpiar la sangre que teñía de rojo su arma huyó de aquellos lugares completamente asustado. Dias después unos cómicos ambulantes encontraron aquel infante desafortunado yaciendo sin vida enmedio de la espesura del bosque. Por toda la comarca se extendió rápidamente la noticia de que aquel lugar estaba encantado y que posiblemente unas brujas habían sacrificado la vida del morito para ofrecérsela a Lucifer. Aquellas gentes cada vez que se producía un suceso inexplicable achacaban sin venir a cuento las culpas a los seguidores del Maligno, justificando así todas las desgracias que se cometían en su entorno.
No se supo nada más de los espías árabes que ejercían en aquella zona, pero Don Nuño de Balboa, un noble castellano que estaba en el condado de Empúries de paso hacia Roma, acudió al castillo de Sant Ferran para denunciar al Señor de Figueras la desaparición de su paje árabe extraviado en las montañas.
Resulta que el zagal, teniendo ciertas necesidades propias de todo ser humano, se había adentrado en el bosque en busca de la apropiada intimidad y se encontró inesperadamente con la daga que le dio muerte.
No más descubrirse que el infeliz paje había sido asesinado, Don Nuño de Balboa clamó justicia ante el Señor de Figueras que no dudó en concedérsela dada la importancia del noble castellano. No fue pequeña la sorpresa del capitán Benach cuando recibió la orden de que debía iniciar investigación de inmediato y descubrir la identidad del autor de tan horrendo crimen. Situación enormemente paradójica puesto que si era él quién causó la muerte del pequeño debía en consecuencia ejecutarse a si mismo.
El pérfido Benach no tenía otra alternativa que buscar un culpable a quién acusar del infanticidio y librarse así del cadalso. Como los lugareños creían que aquel bosque montañoso estaba encantado y que unas horribles brujas habían sacrificado al paje en un aquelarre satanista, la solución parecía fácil: buscar un “culpable” que cargue con las culpas del crimen. En aquella época vivían en el bosque un par de ancianas que se ganaban la vida viajando de feria en feria vendiendo hechizos y ungüentos a los aldeanos de la comarca. La fama de brujas que tenían las ancianas sirvió para que Benach investigara en su cabaña, situada muy cerca del lugar del crimen, y, como la gente estaba predispuesta a creerse cualquier cosa se les acusó del asesinato del paje.
En el interrogatorio las pobres viejas no hacían más que negar que no sabían nada del zagal muerto y proclamaban obstinadamente su inocencia. Benach tuvo que someterlas a tortura para hacerlas confesar y una vez “comprobada” su culpabilidad las hizo quemar en la plaza de Llers.
Tras la ejecución redactó un informe contando que las difuntas eran brujas que celebraban aquelarres. Para “adornar” la misiva dirigida al Señor de Figueras añadió que, además, habían tenido trato carnal con el mismísimo Diablo y que, como consecuencia, habían sacrificado al paje para honrarle y conseguir así sus favores.
El informe de Benach dejó satisfecho a Don Nuño de Balboa quién se deshizo en halagos hacia la justicia catalana y, antes de reiniciar su viaje hacia la Ciudad Eterna, entregó cuarenta monedas de oro al Señor de Figueras en concepto de recompensa.
El noble catalán, quedó completamente satisfecho de la generosidad del castellano, y tras guardarse treinta y cinco para sus arcas particulares envió el resto al capitán que había “resuelto” el espinoso caso.de forma tan afortunada. Finalmente remitió un segundo informe al conde de Girona quién, a su vez, “informó” a Monseñor Guillem Torroja. El prelado barcelonés bendijo la acción del “defensor” de la Fe en aquel lóbrego asunto y tras trasmitirla al Conde de Girona, éste la remitió al Señor de Figueras y finalmente llegó la bendición al propio Benach, quién se quedó maravillado de que después de haber cometido tales desacatos aún le dieran dinero y encima la bendición del obispo.
“El lenyataire” vivía ajeno al asunto del paje y las brujas. En aquella solitaria cabaña sólo se hablaba de encontrarle marido a Rosetta para que le diera protección e hijos cuando él le faltara.
El capitán del castillo del río Muga requirió en amores a la dulce montañesa pero, a la moza, no le agradaban los modales brutales del pérfido guerrero. Cada vez que ella bajaba al pueblo las gentes solían hacerle comentarios sobre la conveniencia del posible casorio “es un buen partido, Rosetta, y un hombre muy valeroso. Dicen que mató dos brujas que se habían convertido en dragones y mantuvo con ellas descomunal batalla hasta que les clavó su lanza dándoles muerte”. Pero la deseada moza no sentía ningún interés por las hazañas de aquel pintoresco personaje. “Hay algo en él que me inquieta” respondía con sumo desdén.
Hace falta explicar aquí que aquel truhán de baja estofa tenía la costumbre de contar en las posadas una serie de batallas y hazañas que sólo existían en su imaginación. Mientras vaciaba una jarra de vino ampurdanés, entretenía a sus contertulios narrando con todo detalle sus enfrentamientos con dragones, moros, vikingos, piratas, francos y demás gentes de mal vivir. Tantas veces contaba esas patrañas que terminó por creerlas ciertas y las narraba con la convicción de quién las había vivido realmente.
Su hábito de exagerar le llevó a contar en aquel informe, remitido al Señor de Figueras, una larga historia de brujas y encantamientos que llegaron a inquietar al noble caballero, quién no conocía ese talento del guardián del castillo del río Muga, por lo qué a su vez alertó a Monseñor Guillem Torroja. El obispo barcelonés se sobresaltó tanto al leer la narración de los hechos que le entró gran preocupación y desasosiego.
Este desasosiego se convirtió en obsesión y, a partir de entonces, aconsejaba cada día al joven monarca que ordenara investigar en aquella zona. Según comentarios llegados a la Corte, en aquellos parajes se rendían cultos paganos y se adoraba a Lucifer, Señor de los Avernos. Un defensor de la Fe no podía quedar indiferente ante tantas barbaridades y había que actuar rápidamente contra los supuestos enemigos de la Santa Iglesia.
La realidad era distinta. Según costumbres paganas de aquellas montañas al llegar el solsticio de primavera una joven doncella ofrecía su virginidad al Gran Macho Cabrío de los Bosques para pedirle fertilidad en su matrimonio y en las tierras que los campesinos cultivaban. Rosetta había sido precisamente la elegida aquel año y, en consecuencia, fue desflorada en una ceremonia oficiada por el Gran Maestro a la luz de la luna. Un bailarín venido desde Barcelona se disfrazaba de Shub-Niggurath y tras danzar alrededor del fuego poseía a la hermosa doncella acostada sobre un altar de piedra. Los fieles congregados eran testigos de la copulación y si se comprobaba la virginidad de la doncella celebraban una gran fiesta donde corría el vino y danzaban al son de la música, ya que aquel desfloramiento anunciaba que la cosecha sería fructífera. En caso contrario, si la moza hubiera tenido amores anteriormente, auguraba malos presagios para los “payeses“ porque era indicio de que en aquel año las tierras no iban a dar sus frutos con generosidad.
A lo largo de los siglos estas celebraciones nunca inquietaron a las autoridades que durante diversas épocas rigieron los destinos de Cataluña. Ni los romanos, ni los visigodos, ni los francos perdieron su tiempo en estos menesteres y no fue hasta entonces que la Iglesia Cristiana decidió tomar cartas en el asunto.
Jordi Benach vivía obsesionado con la joven de la presa iniciando un asedio tenaz y constante. La primera medida fue la de hacerse el encontradizo en todos los lugares frecuentados por la hermosa Rosetta, quién estaba desesperada ya que no le agradaba la arrogancia de aquel imposible galán y trataba de rehuirle discretamente.
- Vos sois la moza más hermosa de los alrededores -le decía Benach a Rosetta- y os daré lo que me pidáis si accedéis a compartir mi lecho.... - Los amores no se compran ni se venden... se comparten con la persona que se quiere -respondía la montañesa.
Pero Benach insistía una y otra vez a pesar del desdén. Cuando más desdeñado era más enloquecía de deseo y sus métodos persuasivos se fueron convirtiendo en violentos.
Un buen día, en la plaza de Llers, Jordi Benach la siguió montando en su caballo y llegó a hacerse tan insoportable que la moza sacó de su bolsillo una honda lanzandole una piedra a tan imposible personaje. El arrogante truhán recibió la pedrada con tan mala fortuna que cayó de bruces al suelo provocando la hilaridad de los aldeanos al verle en tan ridícula posición.
El despechado enamorado nunca pudo perdonar la afrenta recibida y desde entonces comenzó a planear su venganza contra la desdeñosa montañesa. Su oportunidad se presentó pasado el verano cuando recibió notificación desde Barcelona de que el soberano Alfonso II había otorgado el castillo del río Muga al conde Guifred Estruch, encargado de iniciar investigación sobre las actividades paganas en aquellos parajes.
Benach tenía notificación de la desfloración de Rosetta en el ritual de primavera y no más llegar Don Guifred intentó crearle inquietud contando lo que vio en la ceremonia cuando, en realidad. jamás estubo en ninguna de ellas. Sin embargo, el conde es una persona incrédula respecto a la intervención de lo sobrenatural y no se preocupaba en absoluto por las actividades paganas. Por eso el capitán de la guardia decidió buscar nuevas “informaciones” para provocar su intervención en aquel asunto.
El truhán buscó a partir de aquel día una motivación que obligara a Don Guifred a cambiar de parecer. Los verdaderos enemigos del conde eran los musulmanes y más de una vez, los seguidores de Mahoma, habían hecho incursiones en la comarca para conocer el terreno e iniciar un futuro ataque. Efectivamente Estruch enseguida se inquietó al ser informado de estas incursiones e inmediatamente ordenó estrechar la vigilancia en su territorio.
Informado sobre la muerte de la esposa del noble guerrero, el execrable truhán decidió involucrar a los árabes en su venganza. Desde hacía varios meses se había detectado la presencia de espías mahometanos en la Sierra de los Aballs. Así no tuvieron más remedio que extremar la vigilancia y organizar una emboscada en que éstos cayeran y buscar una conexión con los paganos de la zona para acusarlos de complicidad.
El astuto plan de Benach no tenía fisuras por lo qué no tardó en dar sus frutos cuando los espías fueron finalmente descubiertos.
Era un frío día de marzo cuando Almodis Raixid, un apuesto capitán sarraceno sobrino del rey moro de Valencia, y su compañía de siete hombres fueron descubiertos disfrazados de cristianos y atacados por las huestes de Benach.
Almodis Raixid había recibido el encargo de inspeccionar la zona para preparar un futuro ataque de los sarracenos en el Alto Ampurdán y así aislar al rey Alfonso II, dejándole entre dos fuegos. Delatados por su tez morena y su blanca dentadura no tardaron en ser detectados por los espías que el castillo tenía a su servicio.
La emboscada fue rápida y eficaz. Los arqueros de Benach dieron buena cuenta de los sarracenos y sólo sobrevivió a la masacre Almodis Raixid.
- Sin duda alguna este moro es el más apuesto de todos -comentó uno de los soldados que le capturaron- ¿Sirve para vuestros planes, mi capitán?
Tras mirarlo de arriba abajo, Benach, dio su aprobación:
- ¡Perfecto! -exclamó el traicionero truhán.
Estaba correteando alegremente por las montañas cuando me topé con tan macabro carromato. Inquieta y asustada, corrí a esconderme tras unos matorrales y desde allí pude observar a unos soldados transportando unos cadáveres amontonados. Aquello me produjo gran extrañeza por que iban en dirección hacia Las Escaulas y no hacia el castillo del río Muga, situado más al este, y se dirigían por un apartado sendero ladera arriba hacia la cúspide de la montaña. Estaba verdaderamente intrigada sobretodo después de divisar que aquellos cadáveres eran de árabes vestidos de cristianos y que los soldados llevaban atado a un apuesto musulmán sobre uno de los caballos.
Jordi Benach iba con ellos. A mí nunca me gustó aquel siniestro personaje, fanfarrón y misterioso. Enseguida presentí que estaba tramando alguna de sus mezquinas intrigas y me dediqué a seguirles a prudente distancia para averiguar cuales eran sus planes.
En su solitaria cabaña Josep “el lenyataire” vivía una vida plácida con su esposa Montserrat y sus hijos Andreu y Josep.
Rosetta, la mayor, se iba convirtiendo cada vez más en una espléndida mujer y su padre sentía una fuerte pasión hacia su hermosa hija.
- Ya es hora de que te cases, hija mia... -insistía una y otra vez el buen “lenyataire”.
Rosetta era una jovencita romántica pero algo indecisa. No sabía tomar una determinación sobre su futuro.
- Soy aún muy joven, prefiero vivir la vida con plena libertad -replicaba dulcemente a su amado padre.
La pobre moza ignoraba aquel nefasto día que estaba a las puertas de un trágico final. ¡Pobre Rosetta!, el infame Benach estaba acechando en el bosque en aquellos instantes. Yo fui testigo de la matanza de aquella familia pacífica y honrada. Los soldados comenzaron a disparar sobre la solitaria cabaña de leñadores sorprendiéndoles con una inesperada lluvia de flechas.
Josep “el lenyataire” fue acribillado sin piedad. Su esposa y sus dos hijos también cayeron.... Nunca habían hecho ningún mal a nadie y no merecieron muerte tan cruel. Sólo Rosetta sobrevivió a la matanza y con lágrimas en los ojos trataba de escapar de sus perseguidores.
Benach la capturó finalmente.
- No quisiste yacer conmigo, Rosetta... pues ahora lo harás con el mismísimo Lucifer.
Rosetta lloraba desconsoladamente. Aún recuerdo su rostro bañado por las lágrimas y la sonrisa malvada de aquel impío. Detrás de un tupido bosque pude observarles sin ser vista y aquella escena me indignó considerablemente. No podía comprender los motivos de aquella matanza contra gente inocente ni el ensañamiento bárbaro de aquel nefasto personaje considerado como un ejemplar soldado. Los esbirros esparcieron los cadáveres de los moros en la cabaña mezclados con los de la desafortunada familia. Seguidamente la desconsolada Rosetta fue atada, espalda contra espalda, con el apuesto árabe y montados sobre un mismo caballo fueron llevados a la plaza del pueblo donde fueron expuestos a la vergüenza popular.
- ¡Esta impía es la amante de un enemigo de Jesucristo!...¡su familia ha traicionado a nuestro pueblo cobijando a los seguidores del profeta!...¡por eso los hemos matado a todos! -vociferaba el vengativo Benach.
Ya se sabe que los seres humanos tienen la costumbre de creerse siempre aquello que más les conviene. A pesar de que la desafortunada familia del “lenyataire” era conocida por su infinita bondad, no tardó en ser vilipendiada precisamente por aquellas personas que en tiempos pasados habían disfrutado de su amistad. La humanidad es así de inconstante y veleidosa.
Aquel fue el día de mi vida en el que más lamenté ser sordomuda. Las gentes del pueblo no podían entenderme, ni siquiera escribiéndoles notas ya que nadie sabía leer ni escribir salvo los frailes de la abadía. En cuanto al castillo no me podía acercar para acusar a los soldados puesto que los mismos asesinos eran quienes representaban allí la Ley y el Orden.
Me sentía sola y desesperada porque no sabía que hacer para defender a la bondadosa Rosetta de una muerte ignominiosa. Tenía que llegar al conde Guifred Estruch pero cada vez que me acercaba al castillo los soldados me alejaban tras propasarse conmigo. Estaba en un callejón sin salida y me sentía impotente ante la injusticia que se estaba cometiendo. No tuve otra alternativa que dirigirme hacia Puig den Clos para pedir ayuda a los frailes amanuenses. Después de leer atentamente mi relato aquellos santos varones creyeron que lo mejor era escribir a mi buen amado protector fray Bernat de Berga que vivía en la Ciudad Condal.
- Isabel, lo mejor es que le contemos lo sucedido a fray Bernat... Nos han llegado importantes noticias desde Barcelona que le conciernen... Guillem de Torroja, por cuestiones de edad, ha dejado de ser Obispo de Barcelona y ¿sabes a quién nombrado como sucesor? ¡a fray Bernat!... Imagina nuestra alegría, fray Bernat es ahora Monseñor Bernat de Berga, Obispo de Barcelona.
Los frailes estaban emocionados por el nombramiento de su antiguo compañero pero mi relato les causó honda preocupación.
- Ese Jordi Benach tiene la mirada de Lucifer -comentó inquieto el anciano prior.
Aquellos bondadosos frailes decidieron tomar cartas en el asunto de inmediato. La primera medida fue la de remitir al nuevo prelado barcelonés una larga misiva poniéndole en antecedentes de los hechos y la segunda fue la de realizar una visita al conde Guifred Estruch. No más llegar al castillo del río Muga se encontraron con el juicio de los desafortunados. Almodis Raixid y Rosetta, enmudecidos por el terror, estaban de pie ante la mirada del implacable tribunal. El conde Estruch y su hija Núria presidían la mesa acompañados de varios notables venidos desde Sant Ferran ejerciendo la acusación su encolerizado captor.
La joven pareja intercambiaba miradas asustadas mientras Jordi Benach lanzaba contra ellos toda clase de acusaciones.
- Estos dos jóvenes que aquí véis, señor, son aparentemente inofensivos pero tras sus inocentes rostros se esconden dos enemigos de nuestra religión y de nuestra patria... Hete aquí -dijo señalando al árabe- un miembro de la mala hueste que invadió la península asesinando poblaciones enteras, profanando nuestros templos y persiguiendo la fe en el Redentor... Ella -refiriéndose a Rosetta- es una pagana que en una macabra ceremonia fornicó con el mismísimo Satanás..... Vedlos aquí juntos, señor conde, es hora de darles un buen escarmiento.... Pido que se les queme en la plaza pública para dar ejemplo...Que nuestros enemigos sepan de una vez quienes somos y de qué somos capaces...
La muchedumbre irrumpió en un fuerte griterío....
- ¡A la hoguera con ellos!...¡Muerte a los enemigos de Nuestro Señor Jesucristo!...-gritaba la encolerizada multitud. El anciano prior se asustó ante la violenta reacción popular. Con pasos trémulos se fue acercando ante la tribuna del conde Estruch...
- ¡Señor conde! -gritaba con las pocas fuerzas de que disponía.
Aquella multitud presente en el juicio apenas reparó en la diminuta figura del anciano, pero el conde Guifred Estruch advirtió su presencia y ordenó a dos soldados que le trajeran el santo varón hasta su mesa.
- ¿Qué deseáis, padre? -le preguntó gentilmente. - No matéis a esa joven... es inocente... Alguien ha visto al capitán Benach llevar los cadáveres de los moros en un carromato a la cabaña de Josep y, tras asesinar fríamente a toda la familia, intenta culpar a Rosetta para vengarse porque ella le rehusó..... - ¿Cómo sabéis eso? -preguntó intrigado Estruch. - Por Isabel, la sordomuda... Ella les vio..... - ¿La sordomuda? -preguntó extrañado Estruch. - Ha venido a informarnos al convento porque en el pueblo nadie la entendía... Nosotros podemos comunicarnos con ella puesto que la moza sabe leer y escribir. Nos ha explicado que esta mañana siguió al capitán Benach, quién había muerto los moros en una emboscada y después trasladó sus cadáveres a la cabaña de los leñadores y, tras darles muerte, esparció allí los cuerpos para hacernos creer que estaban todos compinchados....
Estruch se quedó maravillado ante aquel macabro relato.
- Esto lo tengo que investigar... ese Benach es un hombre inquietante y muy peligroso.... Mañana marcharé a Las Escaulas para comprobar cómo murieron los moros. Si decís la verdad ese bellaco arderá en la hoguera como pago de esos crímenes, nunca me ha gustado su mirada y jamás le he tenido confianza -sentenció el intrigado conde. Levantándose bruscamente de su asiento ordenó parar el juicio de inmediato dejando al encolerizado acusador con la palabra en la boca. - ¡Queda aplazado el juicio durante veinticuatro horas! -ordenó a la multitud que se quedó completamente asombrada por el inesperado giro de los acontecimientos.
La mirada de Jordi Benach se encendió de rabia al ver frustrados sus vengativos planes. Su retorcida mente comenzó ya a planear otro funesto plan para poder alcanzar sus objetivos sin reparar en el daño que pueda infligir a sus semejantes.
La repentina suspensión del juicio había dejado intrigado al traicionero Benach al desconocer los motivos de la decisión del conde Estruch. No era lógico que se le negaran explicaciones aclaratorias, algo le estaban ocultando y el bellaco comenzó a sospechar de que su plan había sido descubierto. No sólo peligraba su venganza contra la desdeñosa Rosetta sino también su cargo y su vida. Burlarse de la justicia es considerada una falta muy grave. Era conveniente reaccionar a tiempo para que el conde Estruch no descubriera su intriga, había que actuar rápido y sin miramientos.
Capítulo 4
Aquella noche Guifred Estruch cenó, como de costumbre, en compañía de su hija Núria. El anciano conde estaba alarmado por la declaración del padre prior que le había dejado inquieto y receloso.
- Tanto luchar para conseguir la libertad de este país y bellacos como Jordi Benach lo convierten en un nido de víboras. -comentaba con verdadera amargura. - Padre, no me gusta veros sufrir de este modo. A vuestra edad os deberíais guardar de preocupaciones y excesos -respondía su hija. - Tenéis razón, querida hija... por eso debo pediros un favor... Deseo que os marchéis inmediatamente a Barcelona para que nuestro rey os case con el hijo del conde Rius... no podéis permanecer más tiempo a mi lado porque no tenéis ninguna seguridad en este castillo... La traición ronda en cada esquina y nunca se sabe cuando os clavarán una daga en vuestro corazón. - Padre, ya os dije más de una vez que yo soy una Estruch y que jamás huiré ante el peligro... Cuando volvamos a la Corte me casaré con ese mocito porque os di mi palabra y mi palabra es sagrada.... - Yo ya soy viejo, Núria, y ya no puedo hacerme cargo de vos. Necesitáis un hombre joven que os dé la debida protección y que os ame... - ¡Yo sólo amaré a un hombre como vos, padre!... - ¡Hija! -exclamó desesperadamente Estruch. El anciano conde se estaba dando cuenta de que no podía luchar contra su hija Núria.... ¡Era tan obstinada como él!
Tal como presentía Estruch la muerte rondaba en cada rincón del castillo. En la cocina, el traidor Benach había sobornado al cocinero árabe Bennasar, un mallorquín que renegó del profeta Mahoma para obtener prebendas en tierras cristianas.
- Te doy estas monedas de oro si le dáis este vino al conde. Le hará dormir un largo sueño del que nunca despertará -proponía el bellaco a su compinche. - Su hija jamás bebe vino, no podremos deshacernos de ella por este medio.-respondía el siniestro cocinero. - ¡No es necesario!.. Tengo otros planes para Doña Núria- sentenciaba el intrigante capitán. Tras llamar a uno de los pajes ordenó que sirviera el mortal líquido al noble conde.
Guifred Estruch saboreó aquel vino de los viñedos de Llers sin sospechar que estaba bebiendo la muerte. El asesino bién se había preocupado de que aquel veneno fuera lento, para que al morir nadie pudiera sospechar de la causa que había acabado con la vida de quién obstaculizaba sus planes.
Tal vez fue un presentimiento, pero aquella noche Estruch despidió a su amada hija con los ojos enrojecidos. Doña Núria se quedó sorprendida porque, desde la muerte de su esposa Doña Enriqueta, su padre jamás había derramado lágrima alguna. Tal vez fue un presentimiento pero parecía que el anciano noble sospechaba que su final estaba ya cercano.
Su final o, tal vez, su principio.
Para Rosetta aquella fue la noche más triste de su corta existencia. Encerrada en una mazmorra como prevención de posibles intrigas del despechado Benach, la hermosa montañesa, lloraba amargamente por la trágica muerte de sus seres más queridos.
- ¿Por qué lloras, hermosa joven? - le preguntó dulcemente Almodis Raixid enjugándole sus lágrimas con un pañuelo de seda cordobesa. - Mis padres y mis hermanos..... Nunca habían hecho daño a nadie... - Lo sé.... - Entonces ¿por qué han tenido una muerte tan ruin? ¿Por qué este pueblo que antes tanto les amaba ahora descargan ese odio contra ellos ahora que están muertos? ¿Es que no existe justicia en esta tierra? - En esta tierra no sé, pero la hay “melena rizada”. Los árabes confiamos en Alá y los cristianos en Jesucristo. A ellos nada se les puede escapar y esos impíos tarde o temprano deberán responder de sus actos ante el Gran Tribunal. ¿Acaso no confías en tu Redentor? - Yo soy pagana... nosotros creemos en Shub-Niggurath, un dios inmisericorde que vive en nuestros bosques... - Ya he oído estas leyendas del Gran Macho Cabrío del Bosque... Por cierto, yo me llamo Almodis ¿y tú? - Rosetta. - ¡Rosetta!.. ¡Qué hermoso nombre!.. ¿Sabes?... es digno de tu belleza... Nunca había conocido a ninguna muchacha tan hermosa como tú... Dime Rosetta, si salimos de esta ¿te vendrías conmigo a Valencia?... Mi tío es allí el rey, te acogería como si fueras una hija... - ¿Y si no salimos? ¿y si nos queman a los dos? - Entonces podrías acompañarme a la Alchenna. Allí también podríamos ser felices durante toda la Eternidad. - Sería muy hermoso, Almodis... - Lo será....
- ¿Qué dice la marmita, Gran Maestro? - pregunta una sinuosa sacerdotisa de largos cabellos.
El Gran Maestro, con la mirada encendida por el odio, consulta la superficie de la marmita. Hierve el agua con el láudano y el acónito. La hoguera y la tenue luz lunar apenas pueden hacer brillar el paisaje de dólmenes y altar de piedra de aquel lugar de culto y oración.
- No veo nada, sacerdotisa... ¡tira más láudano!...
La sacerdotisa le obedece.
- Ahora parece que.... ¡algo veo!... - ¿Qué es?..... - El terror... Shub-Niggurath está encolerizado....Han asesinado a sus más fieles servidores y el populacho les ha calumniado... veo malos presagios... - ¿Qué más, Gran Maestro?... - ¡Tira más láudano!...-grita con impaciencia. La sacerdotisa arroja un nuevo puñado de hierbas a la marmita. La noche es fría y la luna llena se refleja en la superficie hirviente cuyo resplandor ilumina los rostros de los oficiantes de aquella esotérica ceremonia. - ¿Qué pasará con Rosetta? -pregunta ansiosa la sacerdotisa. - Mañana arderá en la hoguera con aquel árabe.... - ¡Shub-Niggurath clamará venganza!... - Venganza y muerte... veo terror y ríos de sangre... este lugar está maldito... - ¡Gran Macho Cabrío Negro del Bosque ten piedad de nosotros!... - ¡Veo..... -el Gran Maestro enmudece por el horror. - ¡Qué!.... - ¡Horror!... Un vampiro se levantará de la tumba... - ¡¿Quién?!... - Un noble que fallecerá esta misma noche... la luna llena le volverá en vampiro para vengar la sacrílega afrenta... - ¡Quemar a la novia de Shub-Niggurath es un sacrilegio!... ¡Más nos valdría no haber nacido para verlo!... Más nos valdría....más nos valdría...
- ¿Qué tienes, Rosetta? -pregunta Almodis al ver el rostro descompuesto de su amada. - ¡Fíjate en la luna llena! - La he visto muchas veces.. No veo nada de particular. - Trae malos presagios. Algo siniestro se avecina. - Más siniestro que nos quemen a los dos en la hoguera ....imposible... - En la ceremonia del solsticio de primavera ofrecí mi virginidad al inmisericorde Shub-Niggurath... Si mañana me quemaran en la hoguera se ofenderá gravemente y sembrará el terror por la faz de la tierra.... - Si fuera así ¡que lo siembre!...Al menos arderé satisfecho por la suerte de mis enemigos....
Rosetta siente escalofríos, su blanca piel tirita por el terror que siente en aquellos momentos. Almodis no tarda en consolarla.
- ¡No sufras más, Rosetta!...¿qué nos importa a nosotros el infortunio de nuestros verdugos?.... Aquí sólo importamos tú y yo, Rosetta... Está claro que mañana moriremos los dos y no podemos escapar de nuestro trágico destino.. Pero esta es nuestra noche, nuestra última noche, y ¿sabes, Rosetta?..en mi corta vida jamás he conocido mujer... no desearía morir sin haber disfrutado antes de los placeres de la carne.. Si tu quieres, Rosetta, lo podríamos conocer juntos.... - Yo quiero, Almodis... - Entonces ¿a qué estamos esperando?
La luna llena impera en una mágica noche de terror y espanto pero para dos jóvenes amantes fue de amor y esperanza.
En su lecho de muerte, el conde Estruch vivía su trágica agonía... aquel veneno estaba haciendo estragos en su ya débil constitución y su enorme vitalidad guerrera se estaba apagando a cada momento...
Tal vez fue delirio o fruto de la imaginación, pero cuando el anciano moribundo abrió sus ojos por última vez divisó a una siniestra sombra que le estaba observando ferozmente desde los pies del lecho.. El débil anciano se quedó helado por el espanto.. La gigantesca figura de un ser demoníaco, Shub-Niggurath, estaba allí presente con una cruel sonrisa de satisfacción y venganza. Su mirada era dura e implacable, Estruch sintió que algo le atravesaba en su interior y exhaló su último suspiro..
El traicionero Benach entró sigilosamente en la cámara mortuoria...
- ¡Ya está muerto!..¡soy libre! -exclamó con satisfacción. No pudo ver la demoniaca figura de Shub-Niggurath desvaneciéndose en la nada.
- ¡Estruch ha muerto! -gritó el Gran Maestro al observar la muerte del anciano noble reflejada en la marmita. - ¿Estruch?.. ¿El conde Estruch?.. Un anciano noble.... - La profecía se cumplirá, el conde Estruch se levantará de la tumba convertido en vampiro y sembrará el terror por estas tierras... Muy cruel será nuestro destino... - El destino que hemos escrito... Caro pagaremos nuestros errores... - Cara y sangrienta será la venganza.
Aullidos de lobos y graznidos de negros cuervos. Luna llena y tinieblas. Oscuridad y muerte. Malos presagios se ciernen sobre las tierras del río Muga. La Tramontana silba velozmente sobre los dólmenes de piedra y los altos cipreses sorprendiendo al Gran Maestro y sus sacerdotisas.
- ¡Ya está aquí! ¡la ira de Shub-Niggurath se desencadenará implacablemente! -grita el Gran Maestro. - ¡Shub-Niggurath apiádate de nosotros! -replican las sacerdotisas arrodillándose implorando piedad al inmisericorde dios de los bosques.
Todo es confusión y temor. La Tramontana no se detiene surcando los aires hacia el castillo del río Muga.
Ignorando la tragedia, dos jóvenes amantes están haciendo frenéticamente el amor en la celda del castillo. Sus desnudos cuerpos se entregan al más noble placer disfrutando intensamente los últimos instantes de su corta vida. Tras el éxtasis llega el relajamiento.
- Ha sido muy hermoso -exclama emocionada la dulce montañesa. - Este instante ha valido toda una vida. - Lo ha valido, Almodis.
La paz es rota bruscamente por la irrupción del arrogante y siniestro Benach acompañado por sus esbirros. Los jóvenes amantes se sobresaltan ante aquella violenta irrupción en la celda.
El capitán traicionero al descubrir a los amantes desnudos lanza una fuerte risotada:
- ¡Qué irónica es la vida!.. Me inventé tus amores con este mahometano para llevarte a la hoguera y ahora te has echado en sus brazos. Tu alegría ha terminado....
Rosetta trata de esconder tímidamente su desnudez, pero Benach le arranca violentamente las ropas de sus manos.
- Morirás así cómo estás... ¡atadlos a los dos, rápido!
A la orden de su capitán, los esbirros se abalanzaron sobre la joven pareja que trataba inútilmente de defenderse. Una vez reducidos fueron atados espalda contra espalda mientras el mahometano lanzaba toda clase de vituperios contra sus captores.
- ¡Eres un miserable! -gritaba Almodis desesperadamente. Benach estaba satisfecho por poder realizar su venganza. Con su sonrisa cínica que apenas podían ocultar sus espesas barbas, el capitán se encaró con el apuesto mozo. - El conde Estruch ha muerto, alguien le ha envenenado y el pueblo quiere que castiguemos a los culpables... por eso iréis los dos a la hoguera, aquí tenemos una justicia rápida -sentencia finalmente. - ¡Canalla! -le insulta Rosetta llorando amargamente. Benach continúa con sus amenazas: - Sois jóvenes y vuestro cuerpo son muy ardientes, ¿no?.. pues tendréis todo el fuego que deseáis en la pira que os he preparado... ¡Llevároslos!
Los sicarios arrastraron a los desafortunados amantes hacia el patio del castillo. Allí fueron atados a la pira mientras el verdugo untaba con brea sus desnudos cuerpos. Almodis y Rosetta se retorcían intentando librarse de sus ataduras y de aquel viscoso líquido que se estaba adhiriendo a su piel produciéndoles escozores.
Una vez atados al poste de la pira, el despechado amante se les acercó por última vez.
- Nadie se burla del capitán Benach y menos una despreciable montañesa como tú, Rosetta. - El Gran Macho Cabrío Negro del Bosque me vengará... si nos quemas habrás escrito tu destino con letras de sangre -sentencia Rosetta a su cruel enemigo quién se ríe burlonamente ante la desesperada amenaza: - Tu estúpido dios no podrá salvarte de la hoguera, hermosa doncella; y tampoco tu misericordioso Alá, joven árabe... Ahora mismo os voy a enviar a los mismísimos Infiernos donde las llamas eternas castigarán vuestra osadía .. ¡Ah!, cuando lleguéis al Averno dadle recuerdos a Lucifer de mi parte, estará encantado de acogeros....
Benach arroja la tea encendida sobre la leña de la pira que comenzó a arder con gran rapidez. Los amantes, aterrorizados, se retorcieron aún más intentando librarse de sus ligaduras.
- ¡Nooooo! -gritaba desesperadamente Rosetta. - ¡No quiero morir! -gimoteaba Almodis cuando las llamas llegaban a su desnudo cuerpo.
Ambos ardieron gritando de dolor y espanto. Benach no podía estar más satisfecho viendo arder a la doncella que se atrevió a despreciarle.
Las llamas crecían hasta cubrir ambos cuerpos por completo. Los gritos de dolor arreciaban con la intensidad del fuego cuyo calor hizo retroceder a los sicarios de Benach. El musulmán renegado Bennasar salió de la multitud para reclamar a su jefe el pago por sus servicios.
- Yo he envenenado al conde, capitán... quiero que me pagueis lo prometido.
Benach le contestó triunfalmente:
- Lo prometido es deuda...
El traicionero capitán sacó su daga y se la clavó al cocinero mallorquín en sus costillas. No tuvo tiempo de reaccionar viendo que su vida se apagaba con la de los condenados en la pira. Cayó al suelo rápidamente y expiró sin haberse dado cuenta de su gran error.
Mientras exhalaba su último suspiro, su asesino se mofaba de su agonía.
- ¿Creías que te iba a dar dinero para que luego fueras a delatarme?... Quién traiciona una vez traiciona ciento. por esto te envio con tu Alá al reino de los muertos...
Rosetta y Almodis lanzaban sus últimos alaridos, las llamas iban devorando sus juveniles cuerpos convirtiéndolos en cenizas. Finalmente el silencio. Todo había concluido.
No más expirar Rosetta un fuerte estampido retumbó entre las cuatro paredes del castillo. Los sicarios se asustaron ante aquel potente trueno que parecía iba a hundir la tierra. Aparecieron unos negros nubarrones que apagó los tenues rayos de la luz lunar y la oscuridad cubrió con un negro manto los cielos de la noche.
- ¡Es sólo una tormenta! -gritó el arrogante capitán a su tropa.
Nadie estaba muy seguro de esas palabras, sobretodo cuando comenzó a soplar la Tramontana esparciendo las cenizas de los desafortunados amantes por el suelo. Parecía que la ira de los dioses se había desatado sobre la faz de la tierra.
Ajena al drama de Rosetta, Doña Núria lloraba desconsolada ante el cadáver de su padre Don Guifred. Aquel fue un golpe inesperado para la noble dama aunque estuviera acostumbrada a la aventura y el peligro.
- ¡Padre! ¿por qué me has abandonado, padre?
El traidor Benach se le acercó sigilosamente por la espalda y colocó ante sus ojos la daga ensangrentada con la que había apuñalado al cocinero árabe:
- He aquí la sangre del asesino, el traidor musulmán... Vuestro padre había sido generoso con él, dando trabajo y cobijo entre estas almenas... y el muy cobarde le ha vendido a sus enemigos... pero mi brazo ha sido firme y justiciero, mi señora... He ejecutado a los reos que han traido la muerte a vuestra morada.
Doña Núria está confundida, no comprendía lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
- No puedo comprender lo que ha pasado, capitán.. el padre prior nos dijo que la montañesa no era culpable, que habíais llevado los cadáveres de los moros a la cabaña de la montañesa para poderla acusar de traición ¿qué decís a esto? - El padre prior es un anciano, mi señora... se le han ablandado los sesos por su avanzada edad e imaginará fantasías seniles... Seguramente aquellos libros que guarda en su abadía le han trastornado la mente y le han hecho perder noción de la realidad... Sin embargo no siento hacia él ningún rencor, es un hombre de Iglesia y por lo cual se merece mis respetos y mi obediencia..
Benach hablaba dulcemente cómo si estuviera emocionado por la muerte del conde Estruch.
- He hecho justicia a mi gran señor el conde Guifred Estruch hacia el cual yo sentía una profunda admiración... Debéis saber que las tierras catalanas jamás han conocido a un caballero de su nobleza y generosidad..... Cataluña debe mucho a este gran guerrero, vencedor de moros y de francos, gran enemigo del Islam a los que jamás ha dejado invadir nuestra sagrada patria.
Las lágrimas resbalaban por la mejilla del capitán conmoviendo el corazón de Doña Núria:
- No sabía que le admiraseis tanto, capitán... - Mi máxima aspiración es la de llegar ser algún día un caballero tan noble como vuestro padre, mi señora...
Los relámpagos surcan los cielos con todo su estrépito, sobresaltando a Doña Núria:
- Parece que los cielos han desencadenado su ira, que misteriosa es esta tierra... Ahora debéis dejar que vele el cadáver de mi buen padre, capitán.. Os ruego que me dejéis sola y que me traigáis al padre prior... Es un anciano pero aún es un servidor de Jesucristo. - Así lo haré, mi señora- con una elegante reverencia el capitán Benach abandona el aposento mortuorio de su finado señor. Doña Núria, vestida con sus ropas negras, se echa sobre el cuerpo sin vida de su padre con el corazón desgarrado por su irreparable pérdida
Aquella noche fue cuando conocí personalmente a la hija del conde Estruch. Doña Núria no se había traido damas de compañía de la Corte, ya que nadie quería vivir en un castillo tan aislado, y el padre prior consideró oportuno buscarle una compañía que aliviara su soledad en aquel doloroso trance. Por esa razón no más recibir el mensaje del capitán Benach ordenó que me fueran a buscar a Llers para que acudiera a velar el cadáver del Don Guifred
En medio de la gran tormenta unos soldados me condujeron al castillo del río Muga atravesando la Sierra de Mas Carreras. Al llegar fui conducida a un austero salón, el anciano fraile me presentó a la desconsolada huérfana:
- Esta jovencita se llama Isabel, aunque sordomuda posee una gran inteligencia y un bondadoso corazón. He pensado que os podría hacer compañía en estas horas tan dolorosas.
Doña Núria se me acercó tímidamente para mirarme a los ojos:
- Eres una chica muy bonita, Isabel. El padre prior me ha hablado tanto de ti que tenía grandes deseos de conocerte...
Aquella joven dama inspiraba ternura y amor. Gentilmente me abrazó para besarme ambas mejillas. Noté como sus lágrimas resbalan en su bello rostro e instintivamente sentí gran simpatía hacia ella. Yo la sonreí.
- Desde luego habéis tenido una gran idea, padre prior. Isabel podría hacerme compañía y ser amiga mía.. ¿Deseas ser amiga mía, Isabel?
Yo moví la cabeza afirmativamente. Doña Núria se quedó sorprendida por mi gesto.
- ¿Me entiende? - Isabel sabe leer vuestros labios, fray Bernat la enseñó. - ¿Quién es fray Bernat?-preguntó Doña Núria con extrañeza. - Fray Bernat de Berga era uno de nuestros hermanos hasta que fue llamado a la Corte de Barcelona. Acaban de nombrarle obispo. Es un hombre muy sabio y piadoso. Conoció a Isabel cuando era muy niña y tuvo compasión de ella. Con gran paciencia supo enseñarle a leer y escribir... -explicaba el anciano con entusiasmo. - Conozco a Monseñor Bernat, sé de su talento y piedad. Desde luego es un milagro lo que ha conseguido con Isabel...No es de extrañar que sea el nuevo obispo de Barcelona. Méritos no le faltan.
El ruin Benach estaba presente en el velatorio del finado conde. Su presencia en aquella estancia me causó gran extrañeza y me estremeció. Su larga figura vestida con armadura y armado con una gran espada se acercó hacia mí para mirarme mejor.
- ¡Monseñor Bernat es un hombre excepcional.. merecería subir a los altares por su infinita bondad e inteligencia! -exclamó fingiendo amabilidad y cortesía. Yo me sobresalté aterrorizada. Doña Núria leyó el horror de mi mirada. - Capitán Benach os agradecería que os apartarais de Isabel. Le estáis dando miedo. - ¿Miedo yo? -preguntó sorprendido. Doña Núria consideró oportuno justificar mis temores. - Isabel es muy joven y vos sois un militar. Le deben asustar vuestra armadura y vuestra espada.
Benach recapacitó.
- Tenéis toda la razón. La sordomuda debe de ser una muchacha muy sensible y tierna de corazón. Os ruego que me disculpéis, señora. - Os agradezco vuestra gentileza, caballero pero a partir de estos momentos os ordeno que no pronunciéis la palabra “sordomuda” delante de Isabel bajo ningún concepto. La trataréis como una dama de compañía y os guardaréis certeramente de que ningún soldado del castillo se sobrepase con ella. - Guardaré el honor de esta doncella cómo si fuera el de mi propia hermana -sentenció Benach con su tradicional cinismo.
Yo no podía oír el sonido de su voz, pero leyendo los labios aprendí a leer la mirada de las gentes y me estaba dando cuenta de que aquel hombre carecía de sinceridad. El padre prior ya era viejo y estos detalles se le escapaban, pero en aquellos momentos me dí cuenta de que entre las paredes de aquel castillo se estaba escondiendo algún misterio.
Doña Núria y yo estuvimos velando el cadáver de Don Guifred hasta las primeras horas de la mañana. El padre prior rezaba junto a varios frailes más que vinieron de la abadía de Puig den Clos. Los soldados instaron la capilla ardiente en un gran salón de actos para que las gentes de las poblaciones cercanas acudieran para rendir su último homenaje al gran caballero de la Cristiandad.
- Era mucho más grande que el Cid Campeador, aquel Rodrigo Díaz de Vivar de los cantares de gesta.. -exclamó emocionado un campesino.
El Señor de Figueras llegó tan pronto recibió la notificación. Su Majestad Alfonso II estaba defendiendo la frontera de Aragón con Navarra de los ataques de su rey Sancho VI y no había tiempo de que el emisario le pudiera informar. Por esta razón al ser la máxima autoridad presente presidió el duelo junto a la desconsolada hija del finado. Yo me había situado al lado de Doña Núria vistiendo una ropa negra que mi señora me había entregado. Aquel desdichado acontecimiento había unido nuestros destinos para el futuro y nos habíamos convertido en grandes amigas.
Mientras iban desfilando los compungidos campesinos ante el cuerpo presente del conde, el Señor de Figueras mostró interés por el futuro de mi señora.
- Ahora sois la condesa Estruch y este castillo os pertenece por herencia. He informado a Su Majestad para que tome la decisión correspondiente sobre la defensa de esta zona. Por lo que respecta a vuestro futuro creo que tenéis palabra de casamiento con un noble de la Corte. - Mi padre pactó el casamiento con Su Majestad y una vez transcurrido el tiempo establecido por el luto la palabra dada se cumplirá.
El Señor de Figueras y Doña Núria no volvieron a mencionar estas cuestiones hasta que Alfonso II tomara la decisión correspondiente. Al mediodía se produjo un extraño incidente cuando el Gran Maestro y sus sacerdotisas irrumpieron en el salón armados con un hacha y una estaca. Ante la sorpresa de todos comenzaron a dar voces creando temor entre las piadosas almas de los campesinos.
- ¡La impiedad reina en este castillo! ¡La traición y el crimen han indignado al gran Shub-Niggurath El Negro quien ha decido castigaros por vuestra maldad!
Doña Núria se sobresaltó ante aquella súbita irrupción. Sorprendida por el escándalo exigió explicaciones a los intrusos por su conducta:
- ¿Cómo te atreves a levantar la voz ante el cuerpo de mi padre? ¿de qué impiedad hablas? ¿de qué traición y crimen estáis acusando?
El Gran Maestro y las sacerdotisas se arrodillaron humildemente ante la condesa.
- Nosotros somos buenos vasallos de la señora condesa, pero anoche en la marmita hirviente con hojas de acónito y láudano vimos como el conde Estruch era asesinado. El gran Shub-Niggurath El Negro quiere vengarse de todos nosotros porque el capitán Benach quemó a su novia Rosetta en la hoguera. Ha anunciado que nos enviará un vampiro que sembrará de terror y muerte nuestras tierras. ¡Aún estáis a tiempo de salvarnos de la maldición! Para esto debéis dejar que clave una estaca en el corazón de vuestro padre y corte su cabeza con el hacha para quemarla aparte e impedir que se reencarne en un monstruo sanguinario....
Yo estaba asustada por las palabras del Gran Maestro y me abracé fuertemente a Doña Núria para protegerme. El Señor de Figueras, indignado, impuso su autoridad haciendo callar a los intrusos.
- ¡Basta de sandeces! ¿Por qué habéis venido a profanar este velatorio con vuestras estupideces de gente ignorante? ¿monstruos? ¿vampiros? ¡estáis ante un gran defensor de la Cristiandad que ha sido vilmente asesinado por un traidor árabe! ¡el culpable ha sido castigado y sus cómplices quemados en la hoguera!... - Nosotros no vimos ésto en la marmita... ¡El capitán Benach es quién ordenó asesinar al conde Estruch! ¡Fue él quién llevó los cadáveres de los moros a la cabaña de los leñadores para acusar a Rosetta de traición! ¡es un asesino y debería morir por ello!... - ¡Echad a estos locos de aquí! ¡llevadlos a las mazmorras y que sean juzgados por alboroto y felonía! ¡Pagaréis cara vuestra infamia!..¡Que les den veinte latigazos a cada uno para que aprendan a respetar la nobleza de esta casa! -ordenó el Señor de Figueras. La guardia del castillo se llevó de la sala al Gran Maestro y sus sacerdotisas quienes no paraban de pronunciar amenazas. - ¡El gran Shub-Niggurath El Negro os castigará a todos! ¿no véis que estamos en peligro de muerte? ¡hemos de impedir que el conde Estruch se encarne en un vampiro!... - ¡Fuera de aquí! -gritaba encolerizado el Señor de Figueras. Los guardias arrastraron a los alborotadores hasta las mazmorras donde fueron azotados y encerrados.
No más irse el ambiente se fue calmando. Doña Núria estaba trastornada:
- Monseñor Guillem de Torroja tenía razón... los paganos son peligrosos -comentó preocupada. El Señor de Figueras quitó importancia al incidente. - No les hagáis caso, señora condesa.. Esa gente está llena de supersticiones periclitadas y no sabe lo que dice... Cuando les haya azotado estarán tan asustados que ya no se atreverán a molestaros más.. Por lo que respecta a vos, capitán, sed indulgentes con ellos. No les toméis en consideración... Cómo he dicho antes no son más que gente ignorante que no sabe lo que dice y se inventan cualquier fábula. - Si vos lo decís, mi señor... Olvidaré este incidente.
Aunque hablara con toda suavidad, la mirada del capitán expresaba ira y odio por aquella acusación. Sabía que era verdad lo que habían dicho los alborotadores paganos y que tarde o temprano se iba a ver en un buen aprieto. Otro de sus perversos planes se estaba apoderando en su mente para eliminar a quienes les estorbaba en sus ansias de poder y posición.
Las mazmorras son la parte más sórdida de aquel solitario castillo. Una estancia situada en la almena más alta a la que se accede subiendo por unas empinadas escaleras de caracol. Los soldados, no más llegar, desvistieron al Gran Maestro y a sus cuatro sacerdotisas para ser flagelados por un verdugo corpulento y tuerto que se mostraba ansioso por iniciar sus menesteres.
- ¡Llevo mucho tiempo sin clientela! -exclamó cuando los soldados le trajeron los presos. Parecía que disfrutaba enormemente con su trabajo, viendo aquellos cuerpos desnudos y encadenados a los que tenía que azotar. Los soldados solían mofarse de él, pero al siniestro torturador no parecía importarle las chanzas de sus compañeros. - Todo el mundo tiene su forma de divertirse,¿eh, verdugo?. Pero tú eres una excepción. Nos preguntamos si tienes pasiones, si te gustaría poseer uno de estos cuerpos de mujer que tienes ahí delante. - Yo soy muy serio en mi trabajo, soldado... La clientela es para mí sagrada -contestaba muy convencido de que estaba haciendo algo importante. La soldadesca prorrumpía en estridentes carcajadas al oír semejante respuesta.
Blandiendo el látigo con peculiar destreza comenzó a flagelar las blancas carnes de los presos. Las sacerdotisas no podían soportar aquel castigo. Cuando el largo cuero desgarraba su hermosa piel comenzaron a dar fuertes alaridos y, por ello, el Gran Maestro las infundía valor mientras se contenía por el dolor que también recibía.
- Soportad con paciencia esta prueba que el gran Shub-Niggurath nos ha enviado, queridas amigas. No olvidéis que cuando llegue nuestra hora seremos recompensados por haber sufrido en su nombre.
A los soldados pareció gracioso el comentario del Gran Maestro y volvieron a estallar en grandes risotadas.
- No reiréis tanto cuando el conde Estruch se alce de la tumba y destruya vuestras familias -amenazaba el viejo druida. - ¡Estás completamente loco, viejo! ¡El señor conde está muerto y bien muerto! ¡A estas horas se estará jugando una buena juerga con las diablesas del Averno! -respondía entre carcajadas un soldado.
El látigo del verdugo no paraba de penetrar en las carnes de los presos, dejándolas enrojecidas por los surcos de sangre. Ahí quedaron inconscientes tras haber perdido el sentido por el dolor sufrido. El torturador, al terminar, se enorgullecía de su trabajo.
- La faena bien hecha no tiene fronteras -comentaba ufano. - Hoy te has puesto las botas, verdugo. Apostaría cualquier cosa que te corres flagelando a la gente. - Sólo cuando flagelo a una chica bonita, soldado.... Y hoy he tenido cuatro. Para mí no puede haber mejor dicha -aquel siniestro personaje estaba en lo cierto, su perversa mente sólo podía gozar de aquella forma y tras guardar escrupulosamente su látigo tuvo que ir a limpiarse en el barril de agua que tenía para enfriar los hierros candentes. Los soldados no paraban de reírse cuando le vieron en aquel estado. Pero al verdugo nada le importaba y no les hizo el menor caso.
Al día siguiente los restos mortales de Don Guifred fueron llevados a la capilla del castillo para celebrar la misa de cuerpo presente. La ceremonia nos emocionó mucho a Doña Núria y a mí ya que fue oficiada por el Obispo de Figueras, los frailes amanuenses de Puig den Clos cantaron durante toda la ceremonia en homenaje al caballero desaparecido.
Aún me parece recordar la primera vez que le vi al llegar a Llers: alto, distinguido y elegante. Comenté que no me hubiera importado casarme con él pese a la gran diferencia de edad, porque el conde Estruch aún conservaba su encanto pese al paso de los años. Ahora todo había concluido y nunca más volveríamos a verle.
En el panteón del castillo fue enterrado junto a los nobles que anteriormente lo habitaron y cuya estirpe se extinguió en la lucha contra los musulmanes. Ahora pertenecía a los Estruch como pago de sus servicios a la patria catalana.
- Aquí quisiera ser enterrada- comentó la condesa al llegar al panteón. La gentil dama estaba tan conmovida que solicitó al Señor de Figueras la liberación del Gran Maestro y las sacerdotisas. - Me dan pena -añadió dulcemente. - Son vuestras tierras y vuestra gente -contestó el noble. La guardia sacó de la mazmorra a los presos paganos y les expulsó del castillo ordenándoles no volver nunca más. Parecía que este asunto había concluido si no fuera porque alguien temía aquellas palabras pronunciadas por el anciano druida pagano. Alguien tenía algo que ocultar y yo tuve miedo de desenmascararle para no terminar asesinada como el noble Estruch, el cocinero árabe, la dulce Rosetta y el apuesto Almodis. Si, en aquellos momentos, yo tuve mucho miedo y por eso no me atreví a denunciar al capitán Benach y sus secuaces. Jamás viviré lo suficiente para lamentarme por mi ruin cobardía. Espero que Nuestro Señor Jesucristo me perdone por mi debilidad en aquellos aciagos días.
Capítulo 5
Mis presentimientos no tardaron en darme la razón. Una semana después del entierro del conde Estruch se produjo un trágico acontecimiento que me conmovió profundamente.
Me dirigía con mi señora Doña Núria al monasterio de Puig d'en Clos cuando, tras atravesar la sierra de Mas Carreras, los campesinos de Llers salieron apresuradamente a nuestro paso.
Nosotras estábamos asustadas por aquel alboroto tan impresionante, pero los campesinos habían venido para darnos muy malas noticias.
- ¡Señora! ¡señora!...¡qué desgracia! -gritaban ofuscados por el terror y el pánico. - ¿Qué ocurre, buen hombre? -preguntó Doña Núria con su particular dulzura. - ¡Han atacado al Monasterio de Puig den Clos! ¡Los monjes han sido asesinados! - ¿Cómo dices? ¿Han asesinado a los monjes? ¿Pero quién?... - El capitán Benach está en la plaza del pueblo, dice que han sido los paganos para vengarse de la muerte del “lenyataire”.
La dulce condesa se quedó impresionada por aquella terrible noticia. Yo apenas entendía nada, con la emoción empañaba mis ojos de lágrimas y no podía leer los labios de aquellas buenas gentes. El mundo se me había caido encima cuando me di cuenta de que aquellos santos varones, con los cuales había convivido muchas horas de mi corta vida, ya no existían. Los frailes amanuenses, con su proverbial paciencia, me habían enseñado a leer y a escribir descubriéndome un mundo nuevo donde la sabiduría y los grandes conocimientos llenaron una vida vacía y solitaria cómo era la de una humilde sordomuda del condado de Empúries.
No tardamos en llegar a la plaza de Llers. Efectivamente, había un gran alboroto.
Unos campesinos que acudieron a orar al monasterio habían encontrado los cadáveres calcinados de los frailes amanuenses. Los santos varones habían sido acuchillados por una horda desconocida que, posteriormente, incendió la abadía destruyendo todos los tesoros artísticos que acumulaban sus paredes.
- ¡Éste ha sido un crimen sacrílego que no puede quedar impune! ¡Aquellos mártires que han entregado generosamente sus vidas para redimirnos por nuestros pecados! ¡Aquellos hombres ejemplares que nos enseñaron la Fe verdadera en Nuestro Señor Jesucristo sólo pueden haber sido asesinados por seres viles y despreciables que odian a nuestra Santa Iglesia y su Inmaculada Doctrina! -arengaba el capitán Benach a los indignados campesinos que, desde todas las latitudes, habían acudido para exigir justicia. - ¡El capitán tiene razón! -gritaba un encolerizado campesino- ¡Éste crimen sólo lo puede haber realizado un enemigo de Nuestra Fe! - ¿Y quienes son los enemigos de Nuestra Fe? -preguntaba vehemente el capitán- ¡Yo os lo diré, buenas gentes!: En primer lugar los seguidores del Islam, quienes hacía cinco siglos invadieron Hispania para propagar la doctrina de Mahoma, asesinando a nuestros sacerdotes y quemando nuestras iglesias. Ellos son nuestros enemigos. Pero detrás de ellos están sus viles cómplices, quienes pasando por nuestros amigos conviven con nosotros y, abusando de nuestra confianza, les apoyan y les ayudan. - ¡Tenéis razón! ¡Mueran sus cómplices! -vociferaba el gentío. Benach alzó los brazos para acallar las indignadas voces populares. Una vez restablecido el silencio reanudó su parlamento: - Hace una semana descubrí una partida de árabes en una cabaña de traidores paganos quienes ya pagaron con su vida su felonía... Luego asesinaron al conde Estruch y ahora le ha tocado el turno a los frailes de Puig d'en Clos ¿quienes serán los próximos? - ¡Acabemos con los culpables! ¡A la hoguera con ellos! - El Gran Maestro y sus cuatro sacerdotisas acudieron al castillo para calumniarnos, confundirnos y profanar la tumba del conde... No olvidemos sus demoníacos aquelarres dónde se aparece el mismísimo Satanás para fornicar con nuestras doncellas... Está claro quienes son los culpables.... ¿Queréis que haga justicia y vengue nuestros muertos de una vez por todas? - ¡Justicia! ¡Justicia! -clamaban todos.
Armados con hoces, guadañas y cuchillos se dirigieron todos a la casa del Gran Maestro y las cuatro sacerdotisas. El asalto fue fácil ya que apenas pudieron ofrecer resistencia. A empellones fueron llevados a la plaza pública dónde fueron atados a la pira preparada para quemarles.... Aquellos infelices no paraban de gritar:
- ¡Somos inocentes! ¡Ha sido el capitán Benach quién asesinó a los frailes para echarnos las culpas!
Pero nadie les creía. La ofuscación de aquellas gentes provocada por la muerte de los santos varones y las arengas del capitán Benach les impedían recapacitar. El pueblo está demasiado acostumbrado a obedecer y a creerse todo lo que dicen sus pretendidos superiores.
Finalmente echaron una antorcha a la pira para quemar a los supuestos autores del sacrílego crimen. El Gran Maestro y sus cuatro sacerdotisas no paraban de retorcerse intentando librarse de sus ataduras. Pero todo era inútil, las llamas devoraron sus cuerpos en unos instantes. El Gran Maestro viendo cercano su fin comenzó a maldecir a sus asesinos:
- ¡Os maldigo a todos! ¡El gran Shub-Niggurath El Negro nos vengará y os enviará al conde Estruch para que os castigue! Entre gritos de dolor y estertores aquellos desgraciados encontraron una horrible muerte que no merecieron. Ello lo descubría tiempo después, pero antes tengo que contar un episodio intermedio de capital importancia en esta historia.
Los reyes de Aragón y condes de Barcelona nos anunciaron su visita al castillo del río Muga, un acontecimiento inesperado que nos compensaba de las amarguras que vivíamos en aquellos aciagos días.
1174 fue un mal año para nuestro monarca Alfonso II.
No sólo tuvo que soportar los embates de los navarros en su frontera con Aragón sino que la reina madre y condesa de Besalú, Doña Petronila, acababa de fallecer.
Cuando recibió la noticia de la muerte del conde Estruch y del asesinato de los frailes de Puig d'en Clos, el conde-rey, decidió hacer una visita de cortesía al castillo del río Muga.
Varias semanas después de los sucesos en la abadía la comitiva real llegó finalmente a la falda de la Sierra de Mas Carreras.
Hará un año, después de la partida del conde Estruch de Barcelona, Alfonso II había contraído matrimonio con Doña Sancha de Castilla, tía del rey castellano Alfonso VIII, quién mostraba interés en conocer los territorios de las cuales era soberana.
Aquel día fue para mi muy emocionante ya que jamás había visto un rey en persona y me sentía halagada dada mi nueva situación. Doña Núria me había nombrado su pupila ya que no deseaba tenerme sólo como dama de compañía. Para ella yo era una hermana menor a la que debía proteger y cuidar. Compró para mi hermosos vestido que hizo traer de la Corte de Barcelona, convirtiéndome en una dama tan elegante que las buenas gentes de Llers no me reconocían al verme. Ambas debíamos compartir el mismo aposento para acallar presuntas murmuraciones, ya que no estaba bien visto que una dama de alta alcurnia viviera sola con tantos hombres en aquel castillo.
- Aunque sea la propietaria de este castillo no estoy a salvo de las murmuraciones, por esto es más discreto que compartas conmigo nuestro aposento -me decía para justificar su decisión.
Cuando llegaron Sus Majestades, salimos a recibirlas con nuestros vestidos negros. Alfonso II era un caballero espigado, de gran estatura y hermoso talle. Nuestra reina era una joven exquisita, esbelta y delicados modales.
Al ser presentada a la condesa Estruch, la soberana la abrazó generosamente para darle las condolencias por la muerte de su padre. Viéndome al lado de Doña Núria, la reina Sancha, mostró interés en conocerme:
- Se llama Isabel, es mi pupila. - Una hermosa doncella. Si vinieseis a la Corte de Zaragoza o de Barcelona encontrarías muchos caballeros que se morirían para desposarse con vos, dulce Isabel. ¿Cuantos años tenéis? -me preguntó.
Doña Núria le contestó inmediatamente:
- Tiene dieciocho años, Majestad... Mi pupila es sordomuda pero no la cambiaría por nadie en este mundo. Sabe leer y escribir mejor que los más doctos preceptores de nuestra Corte. - Gran desgracia es la de no poder oír ni hablar, pero aún así muchos galanes se desposarían con una dama como Isabel. Prometo buscarla un buen partido para que tenga el casorio que se merece.
La reina Sancha, al parecer, tenía mucho interés en casarme. Durante su estancia en el castillo me estuvo hablando de los caballeros de la Corte de Barcelona y la de Zaragoza, contándome todas sus virtudes e inconvenientes. Doña Sancha conocía a la perfección la personalidad de todos los súbditos distinguidos de ambas cortes ya que era muy observadora e inteligente. Me impresionó su capacidad de razonamiento y su incisiva sagacidad para conocer los detalles más íntimos de cada noble. como si fuera capaz de analizar profundamente sus almas.
Mientras tanto, el rey Alfonso II mantenía una larga conversación con Doña Núria y el capitán Benach en la sala de juntas del castillo.
- Éste no es sitio para una dama, señora condesa. Ya habéis visto lo que ha ocurrido con los bondadosos frailes de Puig d'en Clos. El rey Alfonso VIII de Castilla y nos estamos preparando una ofensiva contra el rey de Murcia para aislar al rey moro de Valencia. Luego marcharemos de nuevo a las islas Baleares. Tarde o temprano expulsaremos al Islam de la Península Ibérica y algún día España volverá a ser cristiana. - Estoy de acuerdo con Su Majestad. Respecto profundamente a la señora condesa, pero esta zona es muy peligrosa. No sabemos cuando volverán a atacarnos los francos, los árabes o los navarros. Nuestro territorio es codiciado por las huestes de toda Europa, además del Islam, y la vida de una dama de tan alta alcurnia no puede ser expuesta inútilmente en estos parajes -declaraba el capitán Benach respaldando las palabras del monarca. - Puede que yo sea una dama, pero también soy una Estruch, hija de aquel guerrero que combatió al lado de vuestro padre Ramón Berenguer IV. ¿Olvidáis cómo hizo correr a los moros en el Bajo Ebro, sus gestas en Tortosa, Lleida y Fraga? ¿Quién limpió la Tarraconense de árabes, asegurando la retaguardia en el sur de Cataluña? ¿Quién sitió Ibiza hasta expulsar de allí a los sarracenos? Las Baleares serían ahora catalanas si no fuera por la ambición de los reyes cristianos que nos dejaron solos en aquella importante empresa -doña Núria estaba exasperada, dejando boquiabierto al monarca. - ¡Si vos fueseis hombre!, Doña Núria, ¡qué gran guerrero tendría! Pero sois mujer y desgraciadamente éste es un mundo de hombres. ¡Jamás había visto tanta energía en una dama y os felicito por ello! Lástima que los nobles de las cortes de Zaragoza y de Barcelona no tengan vuestro coraje y valentía...si fuera así, los moros ya estarían atravesando el estrecho de Gibraltar rumbo a sus tierras de las cuales jamás deberían haber salido. Pero tenéis palabra de casamiento... - ¡Y la cumpliré cuando haya finalizado el luto! -Doña Núria cortó las palabras del monarca que se sintió algo molesto por la irrupción. - ¡Dejadme terminar, Doña Núria! Hemos quedado en casaros con el hijo del conde Rius para que os proteja, aunque me temo que seréis vos quién le protejáis a él. Dentro de un año celebraremos la boda en el monasterio de Poblet y allí nos volveremos a ver. Señora condesa, estoy orgulloso de tener súbditos como vos. Y podéis permanecer en este castillo si ello os hace feliz. Ya he visto que os sabéis cuidar sola.
Respecto al capitán Benach, el monarca valoró positivamente toda su acción represiva de las actividades paganas:
- En cuanto a vos, capitán Benach he de felicitaros por vuestra contundente actuación. Si yo pudiera hacer algo por vos, me lo decís y veremos que se puede hacer.
Benach expuso con vehemencia sus pretensiones:
- Majestad, quisiera hacer carrera militar. En este castillo no puedo serviros todo lo que vos os merecéis y me gustaría ir a la guerra y convertirme, a lo largo de los años, en un nuevo conde Estruch o en un caballero tan valiente como Don Rodrigo Díaz de Vivar, aquel famoso Cid Campeador de las leyendas. Majestad quisiera tener una oportunidad de demostraros mi lealtad a vuestra corona. - ¡Bien dicho, capitán Benach!. Una vez terminado el enojoso asunto que os ocupa contaré con vos para la conquista de Murcia. El rey moro tendrá a quién temer de ahora en adelante.
Tras la conferencia se llegó a estos acuerdos y pasamos el resto del día enseñando el castillo a Sus Majestades. Les ofrecimos una suculenta cena a la que asistió los condes de Castelló-Empúries, el Señor de Figueras y demás personalidades del condado. Juglares venidos desde Barcelona amenizaron con sus baladas aquel banquete real y nos contaron bellas historias de amoríos y gestas caballerescas.
Aquel fue para mí el día más feliz de mi vida. Los reyes eran gentiles y me trataron con mucha delicadeza y distinción. Avanzada la noche acudieron a sus aposentos para reposar por las fatigas del día y a la mañana siguiente partieron de nuevo hacia Zaragoza, dónde les aguardaban nuevos asuntos de gobierno.
Pasados algunos días más realicé un inesperado descubrimiento. Yo no comprendía los motivos por los cuales el Gran Maestro y sus cuatro sacerdotisas había matado a los frailes de Puig d'en Clos, ni cómo pudieron realizar una acción tan abominable siendo sólo un anciano con cuatro jovencitas de escasa fortaleza física.
Porque efectivamente no fueron ellos quienes cometieron aquel sacrílego genocidio. Como he dicho antes, lo descubrí cuando acudí en busca de un remedio para calmar unas fiebres de mi Señora y amiga Doña Núria.
El capitán Benach y su siniestro verdugo discutían sobre aquella carta que el padre prior había enviado a Monseñor Bernat para informarle de la matanza en Las Escaules. La misiva jamás llegó a su destino.
- Todos nuestros enemigos han desaparecido, verdugo... pero sólo nos queda uno cuya identidad desconocemos. - Aquellos frailes se resistieron valientemente a mis torturas, capitán. Debía ser alguien muy querido por ellos cuando pusieron tanto empeño en callar. - Habéis dado en el clavo, verdugo. Una persona muy querida por ellos vio cómo llevábamos los cadáveres de los moros a la cabaña de la montaña. Tenemos que estar vigilantes, verdugo, ningún enemigo es pequeño por insignificante sea su condición. - ¿Y qué haremos con él cuando lo descubramos? - Lo mismo que con los demás... Le mataremos cómo matamos aquellos frailes intrusos y si conviene echaremos las culpas a otros, cómo hicimos con aquellos paganos. Así nos libramos de nuestros enemigos dejando a salvo nuestra honorabilidad...
Cuando leí los labios del aquel traidor y descubrí toda su infamia un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Estaba aterrorizada por el horror y la crueldad de aquel vil personaje. Pero ¿qué puede hacer una pobre sordomuda contra un soldado tan poderoso como el capitán Benach?
Pálida y demacrada volví con mi señora. Doña Núria se alarmó al verme de aquella manera.
- Criatura ¿qué te pasa? -me preguntó cariñosamente.
No recuerdo nada más, todo me daba vueltas alrededor y caí desmayada al suelo.
No sé cómo explicarlo, pero cuando abrí de nuevo los ojos me encontré en un lugar extraño que jamás había visto. Era un gran salón tan largo que parecía no tener fin. Allí se encontraban hombres y mujeres de toda extracción social. Pero lo que más me llamó la atención fue que también habían personas de tiempos pasados, como si todos los tiempos se hubieran fundido en uno sólo.
Aquello naturalmente me extrañó. Pero allí todo era paz, armonía y felicidad. La gente tan variopinta era muy amable y simpática. Yo no sabía que hacía en medio de tan plácido lugar, aunque sentía una sensación relajante, no podía también mostrar una cierta inquietud por las preguntas que me estaba haciendo a mi misma en aquellos instantes. Patricios romanos, filósofos griegos, comerciantes fenicios, cartagineses, egipcios, mesopotamios, hititas y bizantinos convivían en una perfecta armonía. Un amable fraile, campechano y sonriente, se me acercó no más verme. Era extraño, pero jamás le había visto aunque en cierto modo me resultaba muy familiar.
- Isabel, mi niña... ¿qué te ha pasado? ¿también te asesinó el pérfido Benach? -me preguntó aquel religioso que no llegaba siquiera a los veinte años y tenía unas facciones muy atractivas..
Le miré extrañada. No sé cómo, pero de mi garganta salió una dulce voz que le preguntó:
- ¿Quién eres? - Soy tu viejo amigo el abad ¡claro! ¿cómo no había caido? No me reconoces tan joven... ¿No es maravilloso? ¡Aquí todos somos jóvenes! - ¡Abad! ¿qué hacéis en este lugar? ¿no habíais muerto? ¿y cómo es que aquí puedo hablar y escuchar vuestra voz? - Porque aquí nadie es sordomudo, todas las enfermedades terrenales desaparecen no más llegar a este maravilloso lugar. - No lo entiendo, abad. ¿Qué es este lugar tan extraño? - Estamos en el Más Allá, querida Isabel... Ya te habrán contado que tras nuestra muerte terrenal tenemos una nueva vida, sin problemas, ni angustias, ni enfermedades... ¿No es maravilloso? - ¿Decís que cuando morimos venimos a este lugar? Eso querrá decir que yo he muerto también. - No me trates de vos, querida Isabel... Aquí no hay clases sociales, todos somos iguales y nadie es superior a los demás. - Efectivamente, Isabel -respondió una extraña voz a mis espaldas. Me volví intrigada y vi el rostro amable del Gran Maestro, acompañado por sus cuatro sacerdotisas. También estaban el buen “lenyataire”, su mujer, sus hijos, los moros masacrados en Las Escaulas y, cómo no, Almodis y Rosetta. La pareja se veía ahora muy feliz. - ¡Oh, Isabel! ¡No puedes imaginar cual es nuestra dicha! Estamos en la Alchenna. Otros le damos otro nombre,pero el lugar es el mismo para todos -me dijo la buena Rosetta, entrelazando la cintura de su compañero árabe. - Aquí no importan las razas, el credo, ni la clase social porque en éste lugar todos somos hermanos, querida amiga. Algún día conocerás este paraíso, buena Isabel, pero no ahora -me dijo el Gran Maestro. - ¿Por qué? -pregunté intrigada. - Porque aún no ha llegado tu hora, mi niña. Nuestro Señor en su infinita sabiduría te ha hecho venir aquí en premio a tu bondad. Necesitas saber que harás cosas grandes en la tierra. La maldad se esparcirá por la Catalunya Vella y sólo un corazón puro cómo el tuyo podrá pararlo algún día. - ¿Yo? No entiendo...¿cómo una humilde campesina sordomuda puede hacer algo tan importante? - No te desprecies por tu humilde condición, Isabel. Para nuestro Señor todos somos iguales. Sólo los puros de alma merecen ser considerados mejores que los demás. Los triunfos terrenales son efímeros, Isabel, pero los espirituales eternos...
Intenté contestar, decir algo, pero mi voz no me respondía. La palabras habían desaparecido de nuevo de mi garganta, mientras aquellas agradables imágenes desaparecían de mi alrededor.
Abrí los ojos de nuevo, lo primero que vi fue el bello rostro de Doña Núria.
- ¡Loado sea el Señor! creí que nunca más ibas a despertar, mi niña.
La señora condesa estaba sentada sobre mi lecho, me sentía pesada y extraña. Quise decirle lo mucho que la quería, pero no podía. Volvía a ser sordomuda. Al darme cuenta lloré de impotencia.
- Criatura no llores más, todo ha pasado ya. No sabes cuanto he sufrido todos estos días en que has estado inconsciente. Afortunadamente las fiebres ya se han ido y el color ha vuelto a tus sonrosadas mejillas -me decía mientras me abrazaba y acariciaba mi pelo.
Mi mirada se cruzó entonces con la del capitán Benach, quién me estaba escudriñando con sus ojos de fuego. Parecía como si en su interior empezara a ver las cosas claras. Intuía quién le había delatado a los monjes de Puig d'en Clos. Aquella persona a la que quisieran tanto cómo para protegerla hasta la muerte sólo podía ser yo. Mi vida comenzaba a peligrar a partir de aquellos instantes, porque conocía todos los secretos que aquel ruin traidor escondía tras unas actitudes nobles y amables.
Yo sabía demasiado y en aquel tiempo saber demasiado era un delito que podía ser castigado con la muerte.
Capítulo 6
El mes que siguió fue de auténtica angustia. A cada instante temía por mi vida y también por la de Doña Núria. El capitán Benach puso los ojos en ella pretendiendo tal vez acceder a un título nobiliario o participar en gloriosas batallas. Por ésto, sin duda alguna, aquel miserable no hacía más que hacer méritos e intensificó la represión en la zona.
Todos los sospechosos de pertenecer al culto pagano eran detenidos y enviados a la hoguera sin apenas pruebas que les condenaran. Algunos desaprensivos utilizaron la persecución para deshacerse de los vecinos que pudieran molestarles. Así un acreedor, el marido de una mujer deseada, aquel que era motivo de envidia, se veían denunciados ante los tribunales y posteriormente quemados.
El capitán Benach, se hizo tristemente célebre en el condado de Empúries pese a que las autoridades vieran en él a un gran caballero y un noble valeroso y leal a la Corona.
Las gentes vivían asustadas, temerosas de verse acusadas sin ningún motivo sólo por celos u otros oscuros intereses.
Doña Núria también recelaba de tan siniestro personaje:
- He dado palabra de casamiento a un noble de la Corte, pero sólo amaré a un gentil caballero que sea como mi padre -solía comentarme..
Un día las tropas del castillo estaban a orillas del río Muga realizando sus ejercicios y entrenamientos.
Aquel día acompañé a Doña Núria de quién prácticamente me había convertido en su sombra. Los soldados iban disparando sus flechas en una diana y rara vez acertaban.
La condesa se puso nerviosa al comprobar la falta de destreza de sus tropas:
- Si vinieran los moros os masacrarían en un instante -comentó con cierta sorna.
Benach, tal vez para lucirse delante de sus ojos, se acercó a un arquero y le arrebató el arco y la flecha con la cual practicaba.
- Voy a enseñarte a disparar.
Dicho esto lanzó una flecha que dio en medio de la diana. El capitán se sentía muy ufano por tener tanta puntería. Doña Núria muy orgullosa se bajó del caballo, cogió el arco y una flecha del carcaj del arquero y pidió que la dejaran disparar:
- ¿Me permitís?
Benach se sorprendió:
- Pero ¡ésto no es cosa de mujeres! - Yo soy quién manda en este castillo.
Sin más dilación y ante la curiosidad de todos, Doña Núria, lanzó la saeta por los aires dando en la diana y partiendo en dos la flecha de Benach, quién se quedó prácticamente de piedra..
Todos se quedaron sorprendidos por la destreza de la condesa y comenzaron a aplaudir con entusiasmo.
Benach había quedado en ridículo, pero caballerosamente supo encajar aquel revés: - Señora, os felicito. - En las campañas de mi padre aprendí muchas cosas del arte de la guerra. En tierras de moros una mujer cristiana nunca está segura y debe saber defenderse sola para sobrevivir -le replicó la condesa secamente.
Las gentes del condado de Empúries apenas reconocían a la montañesa sordomuda cuando me veían con aquellos vestidos tan elegantes. Pero aunque mi apariencia había cambiado sensiblemente, mi corazón aún estaba con este pueblo víctima de los accidentes de la historia.
El finado conde Estruch y su hija Doña Núria siempre fueron nobles de alta alcurnia pero no por ello despreciaron a las clases más humildes de nuestro pueblo. Aprendí de mi señora que la nobleza no estaba reñida con la discreción y la humildad. Todo lo contrario de aquellos cortesanos arrogantes y medradores que vivían creyendo que todo el mundo giraba a su alrededor, tratando como seres inferiores aquellos a quienes nunca habían había sonreído la fortuna.
Esta era la razón por la cual Doña Núria y Don Guifred siempre habían gozado de gran popularidad y amor por parte de los campesinos de toda Cataluña.
En aquella época, la condesa Estruch demostró ser digna heredera de su finado padre. Siempre socorría a los menesterosos aunque, por otra parte, también escandalizaban sus modales a la sociedad campesina porque tenía la costumbre de vestir ropas masculinas, montar a caballo, disparar con el arco y blandir la espada como un varón. No hay que olvidar que el conde Estruch era ante todo un hombre de guerra, sintiéndose frustrado porque la Madre Naturaleza no le había dado un hijo del género masculino para enseñarle todos sus conocimientos. Por ello había educado a su hija Núria como si fuera un muchacho.
Cuando decidió hacerme su pupila, la señora condesa decidió también transmitirme las enseñanzas que recibió de su progenitor:
Así también aprendí a vestir ropas masculinas, montar a caballo, disparar flechas y blandir la espada.
- Una mujer debe saber defenderse de este mundo de hombres -me decía y tenía razón.
En la plazoleta del castillo Doña Núria se entrenaba conmigo peleando con espadas de madera. Al principio fue muy duro para mí, pero soy una mujer nacida en las montañas, acostumbrada a la rudeza y por ello no tardé en habituarme a mi nueva condición.
Las gentes del pueblo no comprendían que dos mujeres se pelearan a espada como si fueran dos hombres pero, en cierto modo, sentían también admiración y las mujeres estaban envidiosas porque nosotras accedíamos a un terreno hasta ahora vedado para el llamado sexo débil.
Benach no dejaba de espiarnos con su penetrante mirada y sus cejas arqueadas.
Posiblemente encontraba que nuestros modales eran poco femeninos y en su estrecha mente aquello era dificil de digerir. Pero aún así seguía pretendiendo a Doña Núria porque la necesitaba para ascender aún más en los peldaños del escalafón social.
- Sois una mujer extraordinaria, mi señora. Lástima que su Majestad no os dé en matrimonio a un hombre más acorde con vuestra valía. - ¿Y quién es ese hombre maravilloso merecedor de mi mano? ¿vos? - Vos lo habéis dicho, condesa. - Yo me casaré con quién me ordene el rey porque he dado mi palabra y mi palabra es sagrada. Pero debéis saber que sólo amaré a un hombre como mi padre... - ¡Yo soy ese hombre, señora condesa! - ¡No seáis iluso, capitán! ¡No os podéis comparar con el conde Estruch! Nunca en la tierra ha habido un hombre más valeroso y más noble. Incluso era mejor caballero que aquel legendario Cid Campeador de los romances. Don Rodrigo Díaz de Vivar vendió su espada al rey moro de Zaragoza para luchar contra el Conde de Barcelona. Mi padre jamás levantaría la mano contra un cristiano para favorecer a un moro que ha invadido las Españas. Y si alguna vez ha derramado sangre cristiana ha sido porque sus reyes han querido apoderarse de Cataluña para conquistarla y privarle de su libertad. Vos sólo sabéis quemar infelices paganos y débiles ancianas a las que acusáis de brujas. No sabéis lo que me gustaría veros luchar contra verdaderos hombres y no contra pobres desgraciados como habéis hecho hasta este momento. - ¡Señora! ¡Vuestras palabras me ofenden! - Pues id a luchar al frente y si allí os distinguis por vuestra valentía tal vez acceda a tener algo que ver con vos.
Benach se quedó asombrado por las agallas de la señora condesa y su desesperación iba aumentando cada día.
Mientras iban transcurriendo los días las aguas volvieron a su cauce, ya que el capitán Benach no se atrevía a proseguir las persecuciones contra los paganos para no disgustar a Doña Núria.
También olvidamos los malos presagios anunciados por el Gran Maestro cuando murió Don Guifred. La tranquilidad había vuelto al condado de Empúries cuando llegaron los agobiantes calores de agosto.
Doña Núria y yo no podíamos soportar aquellas altas temperaturas que apenas nos dejaban dormir por la noche.
Por esto aprovechando la luna llena solíamos cabalgar por la sierra de Mas Carreras, refrescándonos por la suave brisa nocturna. En una de estas excursiones se produjo un hecho que dio un radical giro a nuestras existencias.
A causa de una nube que eclipsó el tenue resplandor lunar, me extravié en aquellas montañas. Me sentí indefensa y asustada ya que no podía gritar para poder llamar a la señora condesa.
Mi protectora me estaba buscando angustiada temiendo que haya sufrido algún fatal percance. Tampoco podía llamarme porque mis oídos no pueden percibir ningún sonido, por lo cual comenzó a inspeccionar la montaña palmo a palmo encontrándose bruscamente con un desconocido caballero.
Era alto y fuerte. De porte distinguido, noble y viril, intercambió brevemente su mirada con la joven condesa que se quedó inmediatamente fascinada. Doña Núria sintió que un escalofrío recorría todo su cuerpo y que sus piernas temblaban inseguras.
Sólo se miraron durante un instante, pero fue suficiente para que Cupido pudiera lanzar su dardo de amor en el corazón de Doña Núria.
Preocupada por mi suerte, la condesa Estruch espoleó al caballo para seguir en mi busca hasta dar conmigo.
- ¡Isabel, criatura! ¡No sabes cuanto he padecido temiendo perderte! -me dijo al encontrarme.
Tras nuestro encuentro ambas regresamos al castillo, cenamos y nos acostamos en el aposento que compartíamos. Mientras nos desvestíamos no paraba de hablarme de aquel fortuito encuentro:
- Era un joven caballero de noble estampa y hermosas facciones. No era como esos cortesanos afeminados de la Corte sino un verdadero hombre de corpulencia viril, alta estatura, mirada profunda y cuidada barba. Montaba en un corcel negro con el que galopaba a la luz de la luna. Querida Isabel jamás había sentido atracción por ningún hombre hasta esta noche. Pero preocupada por tu suerte no me atreví a hablarle y preguntarle su nombre...
La condesa Estruch estaba entusiasmada y fuera de si. El amor trastorna a las mujeres y también a los hombres. Me preguntaba si algún día yo pudiera sentir lo mismo que mi protectora en aquellos instantes.
Pasó una hora hablándome tan deprisa que apenas podía seguir leyéndole los labios:
- ¿Sabes, Isabel? Jamás he visto aquel caballero de la montaña. Ni en la Corte de Barcelona, ni en el Arzobispado de Tarragona, ni en las campañas bélicas de mi padre pero a pesar de ésto tengo la sensación de conocerle de toda la vida. No sé cómo explicártelo. Tal vez lo he soñado, puede que sea algún pariente del que no he tenido conocimiento de su existencia.
La condesa Estruch se sentó delante del espejo que reflejaba su imagen:
- ¡Qué extraño! Se me parece a mí, cómo si yo fuera hombre... ¿Tendré algún hermano fruto de alguna aventura de mi padre?. ¿Pero qué digo? ¡Mi padre jamás tuvo aventuras!... Será un primo tal vez, ¡pero yo conozco a todas las ramas de los Estruch! Dicen que Dios hace que los enamorados se parezcan, ¿será eso?.. ¡Sí! ¡Eso deber ser!.. Isabel no sabes qué feliz me siento esta noche, tengo ganas de cantar, de bailar...
La enamorada no paraba de hablar y hablar.
Aquella noche dormimos desnudas sobre el mismo lecho, ya que nos sentíamos asfixiadas por el calor que hacía entre las paredes del castillo y no podíamos soportar el contacto con nuestras ropas. Noté a mi señora intranquila, desosegada, tan fuerte había sido la impresión recibida.
Al no poder conciliar el sueño se levantó para observar las verdes montañas desde una ventana de nuestro aposento. Allí volvió a ver al misterioso caballero.
Su corazón latía deprisa.
Aquel caballero la miraba fijamente cómo si tambien la amara. Espoleó a su caballo y se marchó de aquel lugar galopando a toda velocidad.
Doña Núria había olvidado su desnudez ante la mirada de su enamorado y se quedó extasiada por aquel recuerdo.
- Me vio desnuda y no sentí vergüenza -me contaba al volver al lecho.
Aquella noche ambas no pudimos dormir. Doña Núria por la impresión recibida en su encuentro y yo por no poder soportar aquel calor tan sofocante del mes de agosto.
Durante los días siguientes se transformó completamente el carácter de la gentil condesa, quién suspiraba de amores por aquel desconocido caballero.
Apenas dormía, apenas comía y siempre se mostraba huraña. La flecha de Cupido había acertado plenamente en su corazón y su corazón había trastornado el cerebro de aquella mujer enamorada.
Pasamos varias noches sin tener noticias de aquel misterioso caballero de la montaña. La condesa se propuso iniciar investigación para conocer la identidad de aquel varón que le había fascinado tanto, pero nadie tenía noticias de su existencia. Fuimos al castillo de Sant Ferran para visitar al Señor de Figueras y preguntarle si conocía algún caballero de aquellas características:.
- No conozco a ningún caballero con esta descripción y es muy extraño porque prácticamente conozco todos los linajes de Cataluña. ¿Será castellano? ¿será aragonés? tal vez vendrá de Provenza.
La condesa Estruch estaba muy intrigada:
- Lo que más me ha inquietado del misterioso noble es su parecido físico conmigo, como si fuese un pariente que no conozca. Tal vez mi familia tenga ramificaciones en el extranjero. - Eso que me decís es bien curioso, que yo sepa la familia Estruch no se ha extendido fuera de nuestras fronteras. Podría preguntarle a mi amigo el arzobispo de Tarragona, sabe mucho de esas cosas ya que tiene el censo de habitantes de Cataluña desde los tiempos de la Marca Hispánica. No os preocupéis, señora condesa, le enviaré una carta y si fuera así me lo comunicaría enseguida.
El misterio parecía dificil de resolver.
Otro misterio no menos importante hizo su aparición en aquellos calurosos días de agosto.
Unos campesinos de Llers acudieron alborotados al castillo para hablar con la señora condesa. Estaban completamente desesperados porque varios animales habían aparecido muertos en sus masías:
- Señora condesa, hace varios días se están produciendo hechos muy extraños en nuestras tierras. Algunos vecinos dicen haber visto un gigantesco lobo negro corriendo por nuestros bosques, su tamaño es mayor que el de una persona, sus ojos parecen de fuego como si tuviera la mirada de Lucifer. Su aullido es potente, profundo y escalofriante. - Yo nunca he oído hablar de un lobo de éstas características. ¿No será un oso, tal vez? -preguntó muy extrañada la condesa. - No, señora.. No es un oso, sino un lobo. Cerca de mi masía he encontrado sus huellas y os juro por mi salvación eterna que son las de un lobo y no las de un oso. - ¿Ha atacado a alguien ese lobo tan grande que me dices? - Que yo sepa no, señora... Pero en algunas masías han aparecido animales desangrados pero no tienen signos de violencia. Vos misma lo podéis comprobar si lo deseáis. Señora condesa, los payeses estamos muy asustados ya que nos tememos que algún ser diabólico ronda por nuestros alrededores. - Conque un ser diabólico. No te preocupes, buen hombre... Iniciaré presto investigación de los hechos. Mi deber como alcaide es velar por la seguridad de este territorio y no os voy a dejar desamparados de ningún modo.
Aquel mismo día, la condesa y yo vestimos nuestras ropas varoniles para montar a caballo, visitar las masías y escuchar las quejas de los payeses. Nos mostraron huellas de lobo en los bosques, efectivamente eran de gran tamaño.
-Isabel, fíjate que huellas tan profundas.... No hay ninguna duda de que son de un lobo gigantesco. sin embargo las razas lobunas de nuestros bosques no producen ejemplares de este tamaño, por lo cual cabe la posibilidad de que sea extranjero. La pregunta que me hago es ¿qué hace aquí? ¿de dónde ha venido? Sólo hay un sitio dónde nos podrían dar esta respuesta, es en la abadía del castillo de Sant Ferran. Debemos informar al Señor de Figueras para que esté alerta.
Doña Núria tenía razón.
Volvimos otra vez al castillo de Sant Ferran para dar cuenta de lo sucedido y descubrimos que también habían llegado otras noticias de aquella fiera tan voraz. Visitamos después la abadía de Figueras, cuyos frailes disponían de una importante biblioteca de ciencias naturales.
El gentil abad me reconoció enseguida ya que alguna vez le fui a visitar con Monseñor Bernat de Berga, cuando aún era lego.
- ¡Pero si es la dulce Isabel! ¿qué haces por aquí vestida como un caballero? - Ahora es Doña Isabel, mi pupila -aclaró la condesa Estruch. El buen abad ya conocía de referencias aquella brava dama por quién sentía gran simpatía.
Tras ponerle en antecedentes de lo sucedido, el abad se quedó muy extrañado y ordenó tocar la campana para llamar a todos los frailes quienes tampoco conocían la existencia de un lobo tan grande.
Revisaron a fondo los libros de ciencias naturales concernientes a describir las características de estos animales. No encontraron nada.
- Posiblemente sea un especie nueva o, tal vez, haya venido desde muy lejos. Sería interesante que me hagáis llegar algún molde de barro de estas huellas para que las podamos analizar.
Quedamos en enviarle lo que nos pidieron. No más llegar al castillo del río Muga, la condesa ordenó a unos soldados que sacaran un molde de arcilla con las huellas y se lo llevaran a los frailes para su investigación.
Aquel día las tropas estaban en el campo de entrenamiento recibiendo las instrucción bajo la dirección del capitán Benach, mas cejijunto que nunca debido a las calabazas que le había dado mi señora.
Desesperado por no ser merecedor de los favores de la condesa Estruch, aquel badulaque pretendía vengarse de los infelices soldados a los que sometía a unas duras pruebas que les dejaban extenuados.
La tropa estaba desesperada por su negra suerte. El capitán, armado con una espada de madera, peleaba con cada uno de ellos venciéndoles una y otra vez.
- ¡Ahora tú! -gritaba encolerizado. Benach repartía mandobles en los combates a espada con tal intensidad que los infelices oponentes apenas podían soportar su enorme fuerza.
Doña Núria no parecía quedar demasiado impresionada por aquella exhibición del enamorado despechado.
- ¡Más os valdría vigilar por los campos en vez de estar aquí exhibiendo inútilmente vuestra destreza con la espada, capitán! Los payeses están en apuros y he tenido que atenderles personalmente -le reprendió la audaz señora.
Exasperado, el capitán se dirigió hacia la condesa con bruscos modales:
- El entrenamiento sería más fácil si no estuvierais presente. Estos soldados son hombres y se perturban cuando os ven vestidas de varón... - ¡Capitán, sois un insolente! Una vez más os recuerdo que soy la dueña del castillo y hago lo que me place -replicó Doña Núria con sequedad. - Algún día un hombre os someterá y os enseñará a comportaros como una auténtica mujer. - Sois demasiado impertinente para ser un aprendiz de caballero, capitán. Me temo que sois vos quién necesita recibir una lección. Me ofrecéis una exhibición para impresionarme pero no lo podéis conseguir. Estos hombres son inexpertos y están mal alimentados, es fácil vencerles, pero me pregunto si seríais capaz de enfrentaros con alguien que supiera manejar la espada. - Si conocéis de alguien que sepa luchar mejor que yo me haríais un gran favor en traérmelo para que lo derrote delante de vuestros ojos... - No es necesario, capitán.. Yo misma estoy dispuesta a batirme con vos. - ¿Con vos? ¡Yo no me bato con mujeres! - Existe mucho desprecio en vuestras palabras, pero voy a daros una gran lección que jamás olvidaréis, capitán.
Doña Núria agarró fuertemente una espada de madera y se encaró con aquel villano engreído. El capitán seguía en su terca postura.
- Me reafirmo en lo dicho. No me batiré con mujeres. - ¿Acaso tenéis miedo de perder y hacer el ridículo delante de vuestros soldados? ¿No queríais enseñarme a comportarme como una mujer? ¿No queríais darme una lección? Pues os estoy dando una oportunidad. ¿Queréis incentivos?, pues os los daré... Si me vencéis haré todo lo que me pidáis.... - ¿Todo?.. - Todo. Me someteré a vos como si fuera una esclava. Hasta me vendría a vuestro lecho para satisfaceros.... ¿No os tienta la oferta? - ¿Me concederíais vuestros favores si yo os venzo con la espada? ¿Es eso lo que me estáis diciendo? - Tenéis oídos, esto es lo que he dicho...
La oferta era demasiado suculenta para el capitán, no podía despreciarla.
- Está bien, acepto.. Ya os podéis preparar para ser mia... - Primero me debéis vencer...
Benach no lo pensó más. Sin más dilación atacó a Doña Núria que esquivó ágilmente el golpe. Volvió a atacar de nuevo, pero en vano. Así una y otra vez. Finalmente la condesa atacó con la furia de una tigresa, sus golpes tenían fuerza, precisión y contundencia. Todos los soldados se quedaron sorprendidos al ver una mujer luchar con tanta bravura.
Uno de los mandobles dio en el rostro de Benach, quién perdió el equilibrio cayendo sobre una charca de barro quedando más sucio que un marrano.
La caída del despótico capitán a la charca de barro provocó la hilaridad de los soldados, quienes se rieron a gusto por ver humillado a quién les trataba con tanta dureza.
Lleno de rabia, Benach volvió a levantarse para volver a atacar. Pero aquella bravía mujer paraba los golpes con certeza y los devolvía con mayor potencia. Otra vez, el vanidoso capitán, cayó sobre la charca de barro. Finalmente Doña Núria aplastó su pecho con la suela de su bota, apuntando su garganta con el filo de la espada.
- Os he vencido capitán, no sois vos el hombre adecuado para domarme...
Allí quedó tendido, humillado ante sus soldados y lleno de rabia. Los soldados vitorearon a la señora condesa:
- ¡Viva la señora condesa! ¡Nunca ha habido una mujer más grande en la faz de la tierra!
El canalla estaba furioso, se sentía impotente por aquel fracaso que le ponía en ridículo delante de todos los soldados del castillo. Su prestigio militar había caido por los suelos siendo motivo de chanza por las gentes de los pueblos. Todos quienes le odiaban por su prepotencia y los resentidos por su sangrienta represión sintieron gran alegría por la humillación de aquel soberbio personaje y admiraron cada vez más a la señora condesa de quién decían:
Si hubiera nacido varón, ¡qué bravo paladín tendría la Cristiandad!.
No hace falta añadir que aquel día, fue el primero de mi vida en que me sentí orgullosa de haber nacido mujer.
Capítulo 7
- ¿Cuantas veces te tengo que decir que no salgas al bosque por la noche? -vociferaba Assumpta, la fornida montañesa de Los Estanys, a su veleidosa hija Marieta.
Marieta era una joven en edad de merecer, de mejillas sonrosadas, pelo negro y mirada de color marrón que se caracterizaba por su aspecto adusto y bruscos modales.
- Pero mamá, no me vas a tener encerrada en la masía toda la vida. Es tiempo de que encuentre un novio que me lleve al altar y si no me dejas salir no sé dónde lo voy a encontrar. - ¿Pero no has oído las historias que cuentan por el pueblo? Dicen que un lobo gigantesco corretea por los bosques atacando a todas personas que se encuentra a su paso. Es un ser diabólico, hijo del mismísimo Lucifer... - Pero mamá, ese lobo sólo sale por las noches... A los seres de las tinieblas no les gustan los rayos de sol por lo tanto no tengo porqué quedarme encerrada todo el día. -Pero cuando vas al pueblo siempre regresas tarde y la noche se te puede caer encima... - Pero mamá ya está bien de tantos temores, no me extrañaría nada que ese lobo no sea más que una fantasiosa invención de las madres para impedir que sus hijas salgan de noche. - ¡Eso no es verdad! ¡Mi deber de madre es procurar tu seguridad! ¿No ves que quiero lo mejor para ti? - Mamá, tu tienes miedo de todo.... - ¡Y no me repliques de esta manera, Marieta! ¡Cualquier día te romperé esta bonita cara que Dios te ha dado! - Si, mamá... -respondía la mocita de muy mala gana.
Marieta soportaba con paciencia los temores de su corpulenta madre. “Cosas de vieja” se decía, mientras procuraba satisfacerla en todo y evitar así que se disgustase. La muchacha era una de las jóvenes más codiciadas en los bailes populares de la plaza de Llers por lo que todos los mozos competían para conseguirla en matrimonio. Sin embargo, la veleidosa zagala apenas mostraba interés por los encantos varoniles.
- Un hombre es igual a otro hombre. En la cama, en la oscuridad de la noche, ninguno se diferencia de otro.. Lo que más distingue a los miembros del sexo masculino es su bolsa repleta de dinero. Cuanto más ricos son más me atraen, con los pobres no vale la pena perder el tiempo.
Así pensaba Marieta de los hombres de su pueblo, quienes suspiraban por sus favores.
Yo nunca simpaticé con esta muchacha. La encontraba desagradable y engreída. Para mí era la otra cara de la moneda de esos hombres que utilizan a las mujeres para sus placeres carnales y luego las olvidan. Es decir, se trata de esa clase de gente que no sabe valorar los aspectos morales de una persona. Para Marieta un hombre era un negocio no un compañero. Su corazón era frío y despiadado, desprovisto de sentimientos humanos.
Aún así, a pesar de su mezquindad, jamás mereció aquel trágico fin que terminó con su vida.
Una noche de aquel mes de agosto, había tenido lugar una alegre fiesta en la plaza del pueblo a la que acudieron todos los mozos y todas las mozas de los alrededores. Aquella fiesta no sólo significaba música y diversión sino que era una gran oportunidad para que todos los jóvenes pudieran conocerse e iniciar así una nueva relación.
Marieta estuvo bailando con unos y con otros, tonteando con todos pero sin decidirse por ninguno. Aquellos mozos eran por lo general hijos de humildes familias campesinas y para aquella veleidosa moza ese detalle suponía, sin apelación posible, motivo de desprecio.
Marieta regresó muy tarde a Los Estanys. En la fiesta había tenido oportunidad de conocer a unos acaudalados comerciantes de Figueras, solteros y de muy buena posición. El camino hacia la masía era muy largo, pero la luz de la luna brillaba con todo su resplandor y podía ver la senda por la cual ponía sus pequeños pies.
El silencio de la noche sólo era roto por el ulular del búho y el cric cric de los grillos. Pero Marieta no sentía miedo. Tal vez para vencer una cierta inquietud la veleidosa moza trataba de animarse canturreando una canción:
Las mocitas casaderas buscan un hombre que las mantengan, que las mantengan. Los mocitos casaderos buscan una mujer que les den guerra. que les den guerra. Los hombres quieren guerra en su blanco lecho y les enciendan su fuego con ardientes besos.
El gigantesco lobo la estaba esperando tras un gran rosal. Marieta, atraída por el agradable olor de las hermosas flores arrancó una para adornar su negro pelo. Su mirada se cruzó con los ojos de fuego de aquella fiera de los bosques.
Aterrorizada, la payesa echó a correr todo lo prisa que pudieron sus robustas piernas en dirección a su masía, creyéndose perseguida aquel gigantesco lobo. Pero no era así. Bruscamente tropezó con un apuesto caballero montado en un caballo negro:
- ¿De quién huyes, bella moza? -preguntó galantemente el misterioso jinete. - ¡De un lobo gigantesco! -respondió la aterrorizada moza con voz entrecortada por el miedo y la fatiga. - ¿Un lobo gigantesco? Los lobos gigantescos sólo existen en las fábulas ¿no te lo habrás imaginado? - ¡Os juro que es verdad! ¡Qué me caiga muerta aquí mismo si miento! - ¡No digas estas palabras, Marieta! ¡Una joven tan bella como tú no debe hablar de muerte sino de vida!
La coqueta campesina reparó entonces que aquel misterioso caballero conocía su nombre. Muy sorprendida reparó en su varonil faz, dándose cuenta de jamás la había visto en ningún lugar.
- ¿Cómo sabéis mi nombre, caballero?... Es la primera vez que os veo. - Pero yo si que te había visto otras veces... Sé incluso dónde vives, en una masía de Los Estanys, y eres hija de Assumpta la quesera ¿me equivoco? - ¡No os equivocáis, señor! Pero vos ¿cómo os llamáis? - Mi nombre no tiene importancia, no soy más que tu humilde esclavo.... - ¿Mi esclavo? Vos os burláis de una pobre payesa. - Al contrario, Marieta.... Suspiro de amor por ti.... - Vos, lo que queréis es que os caliente la cama.... - Y tu buscas un hombre que te llene la bolsa de monedas de oro y de plata. Cómo ves, en esta vida todos buscamos algo...
Marieta pareció comprender.
- Me estáis hablando de una transacción comercial ¿no? - Tú lo has dicho, Marieta.
La joven aceptó encantada. Algo había en aquella relación que la fascinaba porque aquel caballero sin nombre era lo más lejano a los humildes mozos del pueblo. Era decidido, sincero e iba siempre al grano, sin falsos rodeos. Estaba claro que ese misterioso noble buscaba una solución práctica para colmar las necesidades de ambos...
- Entonces ¿a qué esperáis, caballero sin nombre? Yo soy vuestra y vuestra bolsa es mía.... - ¡Sube a mi caballo! Te llevaré a tu casa.... - A mi madre eso no le gustará.... - No se enterará, soy muy buen trepador y no me costará llegar a tu alcoba... - ¿Treparéis las paredes por mí? No sabéis cuanto me excita...
De un salto la ruda moza subió a la grupa del caballo. Galopando a toda velocidad llegaron a la masía dónde Assumpta la estaba esperando impacientemente.
La quesera regañó a su hija, cómo de costumbre, mientras que la veleidosa Marieta soportaba con paciencia las broncas de la mujer que le dio el ser. Terminadas las reprimendas, la juvenil campesina subió a su alcoba. rápidamente para abrirle la ventana al desconocido caballero.... Afuera no había nadie.
La muchacha se quedó maravillada por la ausencia de su inesperado amante.
Una espesa bruma envolvía la solitaria casa, sorprendiendo aún más a la coqueta moza porque durante el mes de agosto, con aquel sofocante calor, no era corriente la aparición de niebla por aquellas montañas.
Decepcionada, regresó a la habitación.
El misterioso caballero la estaba esperando. Marieta se asustó al verle allí sentado:
- ¿Qué hacéis aquí? ¿Por dónde habéis entrado? -preguntó extrañada. - Me he filtrado por las paredes... -respondió el caballero con sorna. - ¿No seréis un fantasma? -volvió a preguntar Marieta, muy sorprendida por encontrarle allí sin verle entrar por la ventana.
Pero aquel noble tenía respuesta para todo:
- Los fantasmas no arden de amores....
El canto del gallo anunciaba los primeros rayos de sol en la masía de Los Estanys y, como cada mañana, Assumpta la quesera comenzó sus quehaceres ordeñando las cabras.
La buena mujer se extrañó de que su hija no se había levantado para ayudarla, ya que si era moza veleidosa y ligera con los hombres en cambio era cumplidora con sus obligaciones. Marieta también tenía su lado bueno. Era hacendosa y trabajadora como la que más. Por eso, Assumpta se extrañó al no verla aquella mañana cumpliendo con sus obligaciones. ¿La habrá pasado algo? ¿Se habrá puesto enferma?
La bondadosa quesera se encontró huellas de herraduras de caballo alrededor de la masía, muy cerca de la ventana de su hija.. ¿Tendrá un amante Marieta? Pero lo más extraño fue encontrar en el suelo la cadena con la efigie de la Virgen de Montserrat. Su niña jamás se separaba de ella y era muy devota de la patrona de Cataluña.
Subiendo las escaleras apresuradamente, la buena quesera se encontró a su hija durmiendo en la cama.
- ¡Marieta! ¡Ya es de día! ...Tenemos mucho trabajo esta mañana, hay que ordenar las cabras para hacer requesón, queso y mantequilla para venderlo en la feria del pueblo... Ya sabes cuanta falta nos hace el dinero.
La muchacha apenas podía abrir los ojos... Sus mejillas estaban completamente pálidas, habían perdido el color y en su cuello aparecieron dos profundas heridas llenas de sangre. Su buena madre se asustó al verla en aquel estado puesto que no comprendía lo que estaba pasando.
- ¡Marieta! ¿Qué te pasa? Anoche eras una muchacha sana y gozosa, ahora estás pálida, débil y .... ¡estas heridas! ¿de qué son?... Ayer no las tenías ¿cómo te las has hecho? ¿quién te las ha causado? ¡Dime,niña! ¿Qué te pasa? - Mamá, no tengo nada... sólo tengo sueño.
Assumpta volvió a colocar la medalla de la Virgen de Montserrat en el cuello de Marieta, quién comenzó a chillar y revolcarse violentamente sobre su lecho. La quesera se asustó mucho al verla en aquel estado por lo que no tuvo más remedio que quitarle la medalla...
- ¡Dios santo! ¡Estás endemoniada! - Yo no estoy endemoniada, mamá... Sólo tengo sueño, mucho sueño...
Marieta volvió a dormirse ante la desesperación de su madre. Viendo que era imposible levantarla de la cama, la buena mujer prefirió dejar descansar a su hija durante todo el día. Tal vez el reposo era el mejor remedio para su enfermedad.
- No existen lobos de estas características, mi señora.
El buen abad había llegado a esta conclusión tras examinar todos los libros de ciencias naturales de su abadía.
- ¿Estáis seguro, buen abad? - Lo estoy, condesa Estruch. Soy el primero en sorprenderme por los resultados de la investigación, pero en ningún libro figuran datos sobre un lobo de tan gran tamaño. Nos encontramos ante un ejemplar único. - Es muy curioso, pero los vecinos dicen que ese lobo es hijo del diablo. ¿Puede eso ser posible? - Tal vez, condesa Estruch. En Galicia existen leyendas de licántropos, unos fantásticos seres mitad lobos mitad hombres. Por el día son humanos pero cuando aparece la luna llena se transforman en verdaderos monstruos.. Sin embargo éste no es el caso. - ¿Por qué, buen abad? Han aparecido animales desangrados en las masías.... - Pero eso no es obra de un hombre-lobo. Los licántropos son seres brutales que lo destrozan todo a su paso, pero nunca absorben la sangre de sus víctimas... - ¡Tenéis razón! Los animales muertos no tienen indicios de haber sufrido violencia alguna... No ha sido ningún lobo quién los ha matado. Entonces ¿qué hace esa gigantesca fiera en nuestros bosques? - Eso es lo más extraño, todo el mundo ha visto al lobo gigante pero nadie ha sido atacado... No es lógico, señora condesa.
El enigma parecía complicarse aún más y nadie tenía la clave para resolverlo.
Los alargados cipreses de Los Estanys se erguían majestuosos en aquel plenilunio de agosto.
La infeliz Marieta había dormido todo el día mientras su madre realizaba los quehaceres de la casa. La buena Assumpta confiaba en poder curar a su hija para que compartiera las duras labores del campo. Desde la muerte de su marido, años atrás, toda la responsabilidad de educar a Marieta había caido sobre sus fatigadas espaldas. Assumpta creía estar fracasando en su misión de madre y añoraba la presencia de un hombre que supiera enderezar a su extraviada niña.
Al ponerse el sol la rústica montañesa cayó víctima de una fuerte desesperación que alarmó a la quesera.. Un irrefrenable desasosiego se había apoderado de su espíritu, aumentándole la fiebre y palideciendo aún más sus mejillas.
Afuera se oía el profundo aullar del lobo gigantesco que, según decían en el pueblo, era hijo del mismísimo Satanás. Assumpta en aquella situación no podía hacer otra cosa que rezar, pedirle al Gran Creador que le devolviera la salud a su única hija y que no se la llevara al reino de los muertos.
- Si mi hija me falta ¿qué será de mí? -se decía en su desesperación.
Marieta esperaba impacientemente la llegada de su galán, quién la había hecho perder el entendimiento tras una ardiente noche de amor.
Galopando en su corcel negro, el caballero llegó por segunda vez a Los Estanys para encontrarse con la bella campesina y reanudar su desbordante pasión.
El gigantesco lobo aulló aún más profundamente al percibir la presencia del jinete, quién lanzando un potente grito espantó a la fiera que salió huyendo de aquel lugar a toda velocidad.
Impetuosa, Marieta, de un salto, se levantó de la cama, abriendo la ventana para recibir ansiosamente al caballero que le había robado su corazón.
Como por arte de magia, el deseado amante se transformó en una espesa niebla que levantándose por los aires llegó hasta la ventana de la ansiosa Marieta, quién la estaba esperando sumisamente recibiéndole cómo si fuera su único dios:
- He aquí la esclava del señor, hágase en mí según tu voluntad.
La niebla se materializó delante de sus ojos, convirtiéndose en su amado caballero, quién alzó los brazos para recibir el cuerpo de su adorada campesina.
Con voz profunda que le llegaba al alma, el apuesto galán de las tinieblas, susurraba dulces palabras que calaban hondo en su corazón enamorado.
- Esta noche seremos el uno del otro, Marieta. Vamos a vivir nuestro amor eterno, apagando nuestra sed en el dulce cáliz de nuestros labios.
Los amantes se fundieron en un caluroso abrazo. Marieta descubrió entonces que aquel galán en el que depositó su amor no se reflejaba en el espejo de su alcoba y que su corazón no latía como el suyo.
Pero ya era tarde.
Los afilados colmillos del caballero penetraron una vez más en las heridas de su cuello, absorviéndole hasta la última gota de su sangre.
Marieta se dio cuenta de que su vida se le iba escapando fatalmente. Cayó al suelo inanimada con los ojos abiertos por el terror y la muerte.
Assumpta apenas podía dormir aquella noche. La súbita enfermedad de su hija, a la que tanto amaba pese a su veleidoso carácter que tantos disgustos le ocasionaba, la tenía muy preocupada. A la buena quesera no le gustaban nada las murmuraciones de los vecinos sobre la honestidad de su hija, pero quiera o no quiera Marieta nació en su seno hace diecisiete años y era su única hija.
- Si no mejora tendré que ir al curandero para que me dé un remedio -pensaba para sus adentros.
Inesperadamente, Marieta abrió la puerta de su alcoba dándole una gran alegría a la desesperada madre.
- ¡Hija! -exclamó la buena mujer. - ¡Madre, esta noche ha pasado algo maravilloso! -Marieta estaba entusiasmada, vital y alegre. - ¡Mi niña, no sabes cuanto he sufrido y he rezado por ti a la Moreneta pidiéndole que te dé salud!...
La muchacha aún tenía pálidas las mejillas, pero había recuperado su vivacidad. Su mirada brillaba con resplandor enmedio de la oscuridad de la alcoba. Parecía la típica joven enamorada que iba a contarle a su madre las excelencias de su ser amado.
- Ayer conocí un caballero, madre...Un caballero excepcional. - ¿Un caballero excepcional? ¿qué me dices, hija? ¿no tendrás amores con un caballero?... ¡Guárdate de él, Marieta! ...Ya sabes que quién tiene llena la bolsa tiene vacío el corazón. - ¿Qué dices, mamá?... ¡Es el mejor caballero del mundo! ¡Nos dará todo lo que queramos! ¿No te gustaría volver a ser joven, mamá?
Assumpta se sorprendió por aquella súbita pregunta:
- ¿Volver a ser joven? ¿Sólo Lucifer puede darnos una segunda juventud? ¿No le habrás vendido tu alma al diablo, Marieta? - ¡Claro que no! Tú me has cuidado siempre desde que papá murió y ya es hora de que haga algo por ti, mamá.... Quiero darte un beso, abrazarte y decirte cuanto te amo....
Marieta abrazó efusivamente a su madre que no estaba acostumbrada a que su hija le mostrara su afecto de aquella manera. Sin darse cuenta miró hacia el espejo de su habitación y notó que la imagen de su hija no se reflejaba en su luna.
- ¡Brujería! -exclamó asustada.
La buena mujer ya no tuvo tiempo de reaccionar. Marieta clavó sus afilados colmillos en la garganta de su asustada madre succionándole hasta la última gota de su sangre.
Assumpta, mirando hacia el dintel de la puerta, vio por primera vez la imagen del misterioso caballero lanzando una fuerte risotada que parecía venir de los mismísimos Avernos, mientras en la calurosa noche de agosto aquel gigantesco lobo aullaba prolongadamente adorando a su diosa luna.
A petición del consejo de payeses de Llers, fue convocado en su plaza mayor una asamblea extraordinaria presidida por Doña Núria, condesa de la villa, quién nunca desoía las reividicaciones de su pueblo:
- Si hubiera nacido varón me dedicaría a la caballería andante socorriendo al débil y al menesteroso contra el arrogante y el injusto. Pero en mi condición de mujer en un mundo de hombres, sólo puedo administrar justicia como buena castellana en la plaza de este pueblo, al que acuden mis leales vasallos en busca de remedios para sus necesidades.
La payesía estaba alarmada por la presencia del lobo gigante merodeando por sus campos, así como la muerte de varios animales en unas circunstancias extrañas:
- ¡No podemos seguir así, señora condesa! Si nuestro ganado perece nosotros también pereceremos de hambre ya que son nuestro sustento. Por eso os rogamos humildemente que halléis remedio presto para nuestros males porque nuestra vida depende de ello. - ¡Tenéis razón, buen hombre! He dado orden a mis mesnaderos para que den muerte a ese gigantesco lobo que tanto os inquieta y espero que con vuestra colaboración ese mal desaparezca presto de nuestras tierras. Por lo que respecta a la muerte de vuestro ganado, prometo daros apoyo reemplazando las cabezas muertas por otras con cargo a mi propia pecunia, porque mientras yo sea vuestra condesa jamás dejaré que os muráis de hambre. Sin embargo deseo vuestra cooperación para conocer las causas de estas muertes porque jamás se ha visto que ningún lobo se beba la sangre de sus víctimas. Es posible que sea causado el mal por una epidemia desconocida o que sea obra de un bellaco. Debéis denunciar inmediatamente todo aquello que haya provocado vuestras sospechas. Así podré iniciar las oportunas investigaciones que lleven al esclarecimiento de estos extraños hechos.
Tras un sepulcral silencio, una robusta campesina se levantó bruscamente de su asiento para exponer sus sospechas:
- ¿Y que nos decís de las brujas de Llers? - ¿Qué brujas? -preguntó la condesa Estruch. - Hace varias noches, desde la desaparición de Assumpta la quesera y de su hija Marieta que dos extrañas damas rondan por nuestros campos. Nosotros creemos que son brujas y que ellas han causado las muertes de nuestro ganado. - ¿Dos brujas? ¿No podrían ser esas dos mujeres desaparecidas a la que has hecho referencia, buena mujer? - Yo conocía a Assumpta la quesera y a su hija, señora condesa... Eran dos mujeres de pueblo que jamás se metían con nadie.... - ¡...excepto con nuestros hombres! -irrumpió una fornida pastora provocando las carcajadas de todo el pueblo. Doña Núria llamó al orden en la asamblea: - ¡Silencio todo el mundo!... ¡Estamos aquí para debatir asuntos serios de nuestra comunidad!.. Quiero saber los motivos por los cuales dices que esas damas no son las mujeres desaparecidas. - Señora condesa, Assumpta y Marieta eran dos mujeres de campo con la piel curtida por el trabajo y el sol. No tienen nada que ver con esas dos refinadas damas que se aparecen por las noches.. - ¿Dos refinadas damas? -preguntó extrañada, Doña Núria. - Efectivamente, señora condesa... Esas damas no son de nuestro pueblo porque jamás las he visto anteriormente... Son altas y distinguidas, su cabello es muy largo y fino como la seda... su piel es suave como el terciopelo. Se nota desde lejos que son señoras de alta alcurnia y que jamás han realizado las duras faenas del campo. - ¡Yo también las he visto! -gritaba un joven payés en edad casadera- ¡En mi vida he visto dos jóvenes tan hermosas, señora condesa!...
Reparando entonces que estaba en presencia de Doña Núria añadió cortésmente:
- Mejorando lo presente, por supuesto...
Doña Núria agradeció aquella galantería. Pero la noticia de la aparición de estas dos misteriosas damas le causó inquietud:
- Ordenaré que mis guardias detengan a estas dos damas y las interroguen.. Si son lo que me decís las castigaré encadenándolas en esta misma plaza para que sea motivo de burla y escarmiento por todos vosotros. Después las encerraré en las mazmorras hasta que se les quiten las ganas de cometer tales barbaridades... Ésta es mi ley, ésta es mi justicia...
El pueblo quedó satisfecho del proceder de la condesa Estruch, quién se apresuró a iniciar investigación de los hechos denunciados.
- Esas damas serán extranjeras, jamás he conocido ninguna que corresponda con esta descripción, Isabel, ya que en la Corte son menudas y por lo general de escasa gracia. Llegaré hasta el fondo de este asunto y castigaré a estos follones cómo se merecen -me dijo doña Núria al abandonar la tribuna condal desde la que administraba justicia.
En cierto modo sus sospechas eran ciertas, pero no nos adelantemos a los acontecimientos. Más adelante iré desentrañando los reveses de tan extraña historia que pertenece a una época de mi pasado dónde si bién viví momentos felices, otros son amargos como la hiel.
Ya en mi senectud la memoria me falla y tengo que recurrir a mis anotaciones diarias para recordar las circunstancias en que viví mi juventud. La paz del convento dónde resido actualmente me ayuda a encontrarme conmigo misma y con el misericordioso Creador. Nuestro alocado mundo ha olvidado cuan nefasta es la presencia del Mal en nuestra sociedad y aunque olvidemos a Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Redentor jamás nos olvida a nosotros, pobres mortales, que pretendemos ser el centro del universo y no somos más que un triste accidente en la historia de nuestro pueblo. Aunque siempre echemos las culpas al Maligno de la maldad que impera en la Tierra siempre me he preguntado si no somos nosotros, los humanos, quienes con nuestro egoísmo y nuestra miseria hemos creado el Mal que tanto nos degrada y envilece.
Cada vez que repaso mi cada vez más débil memoria, reflexiono serenamente sobre aquel 1174 que viví en el antiguo condado de Empúries, la tierra de mis padres, y todas las consecuencias provocadas por la codicia y villanía de aquel capitán de mesnaderos que para vengar un amor contrariado y recibir los favores de Su Majestad Alfonso II regó de sangre las tierras de su pueblo.
La maldición del Gran Maestro en el sepelio del conde Estruch ya comenzaba a cumplirse. El terror invadía la faz de la tierra.
Capítulo 8
Y el terror iba a hacer de nuevo su aparición en aquella calurosa noche serrana. El diabólico animal, aparecido de las entrañas de la tierra, comenzó a aullar profundamente adorando a su diosa luna cuando por fin apareció en el horizonte. En una solitaria cueva dos bellas mujeres vestidas con vaporosos vestidos de seda dormían profundamente en su fría tumba.
Assumpta ya no era aquella envejecida mujer de campo con las manos curtidas por el arado y la azada, su piel ya no mostraba la dureza de sus arrugas ni el color tostado por los rayos de sol, su cabellos ya no tenían aquellas canas que la envejecían y apagaban el deseo de los hombres. No, aquella mujer conocida como la quesera ya no era la misma que regañaba a su hija días antes porque regresaba tarde de las fiestas del pueblo.
Ahora sus manos eran suaves y lisas como las de las damas de la Corte de Barcelona, su cabello largo y ondulado revoloteaba según la dirección del viento, su cuerpo era alto y esbelto cómo el de una gacela.
Marieta, su hija, tampoco era la misma porque ya no era aquella jovencita un poco gordita y descarada de días anteriores. Ahora, en su nuevo estado, se había transformado en una mujer muy alta, poseedora de una belleza deslumbrante, refinada como una dama de la corte de Barcelona y de un cuerpo muy bien formado y proporcionado.
- ¡Ya es de noche, madre! - ¡Ya es de noche, hija!
Ambas mujeres compartían la misma tumba que había pertenecido siglos atrás a un guerrero cartaginés caído en una emboscada de los antiguos íberos pobladores de Cataluña.
- La noche es nuestra, madre. - Vamos a saborear la sangre de nuestras jóvenes víctimas, hija. - Dame un beso de amor, madre.
Madre e hija se unieron en un fuerte abrazo y juntaron sus labios en busca de la esencia de la persona amada.
- Vamos hija, la noche nos aguarda.
Ambas mujeres fundidas en una sola se transformaron en niebla viajando a través de aires en busca de jóvenes víctimas en quienes saciar su sed.
A pocas millas de aquel lugar, unos pastores de Girona habían acampado para pasar la noche en el claro de un bosque, alrededor del fuego y beber un fuerte vino del priorato al calor de sus llamas.
Pep y Lluis, impetuosos y bullangueros, eran conocidos amantes del desatino y la juerga. Aprovechando sus continuos desplazamientos no desperdiciaban ocasión para romper los corazones de aquellas mozas que se encontraban de camino.
- Dicen que en Llers hay buen ganado. - Del mejor, hará seis meses estuve con una pastora a la que me trajiné dándole palabra de casamiento... Naturalmente la abandoné posteriormente dejándola en estado de buena esperanza y más soltera que una monja...
Pep se enorgullecía por su hazaña y solía jactarse con los recuerdos de las mujeres a las que había roto el corazón y la honra.
- ¿De verdad? ¿y qué se ha hecho de ella? - Su padre la echó de casa cuando le creció la barriga... Dicen que va por ahí pidiendo limosna por los caminos ya que nadie quiere casarse con ella... - Naturalmente ¿quién querrá cargar con el hijo de otro? ¿quién deseará un plato que haya sido saboreado por otro hombre? - Ya lo dicen las romances populares “tus tetas son muy hermosas, pero tienen un defecto... que te las dejas tocar”. - Muy agudo el romance... - Agudo y certero...
Una espesa neblina se cierne sobre los desprevenidos pastores...
- ¿Te has fijado, Lluis? Esta noche hace un calor agobiante y la fría niebla flota sobre nuestras cabezas... Qué extraño... - A fe mía que esto es cosa del mismísimo Lucifer... - No será tanto Lluis... - Nunca desprecies los poderes del Maligno, Pep... - El Maligno no perderá el tiempo con dos infelices como nosotros Lluis, tiene ambiciones mucho más importantes... - Te equivocas Pep, todos somos importantes para Lucifer y su cohorte infernal... Desde el inicio de los siglos, desde que el arcángel San Gabriel le expulsó del Reino de los Cielos sólo piensa en vengarse del Divino Creador corrompiendo su creación de la cual formamos parte... - Vas demasiado a la Iglesia, Lluis... -replica Pep con sorna- el clero te ha llenado la cabeza de majaderías... ¿Para qué el Maligno creará una neblina en pleno verano para espantar a dos pastores que trabajan de sol a sol por un miserable estipendio...? - ¡Mira! ¡La neblina ha desaparecido!... - ¿Ves? No ha sido más que una ilusión, tal vez haya sido efecto de este priorato que nos vendieron en Girona.... Ya te he dicho mil veces que los viñedos de la tarraconense son demasiado fuertes...
Pep aleja la botella de priorato creyendo que le ha provocado las extrañas visiones... Súbitamente la neblina se transforma en dos bellas mujeres, Assumpta y Marieta, quienes se aparecen ante los asombrados pastores que no daban crédito a sus ojos.
- ¡Ves lo que yo veo! ¡Dos mujeres! Vienen por el camino. solas y... ¡qué hermosas! - Tienes razón, nunca había visto dos hembras mejor desarrolladas en toda mi vida.... A lo mejor tenemos plan para esta noche... - ¿Plan? A eso me apunto, buen amigo...
Las dos mujeres con sus largos vestidos vaporosos se acercaron a la vera del fuego... Marieta, la más audaz, se dirigió a los asombrados galanes.
- Buenas noches, pastores... Mi hermana Assumpta y yo somos dos cómicas que a causa de un accidente nos hemos perdido por estos ignotos parajes... Ibamos a actuar a la plaza de Llers, pero nuestro carromato volcó por la ladera de un camino montañoso, y como no encontramos a nadie que nos auxiliara hemos decidido recorrer la sierra campo a través en busca de alguna masía donde alguien tuviera a bien echarnos una mano...
Los pastores quedaron enmudecidos por la belleza de aquellas dos mujeres... Sus paladares estaban tan acostumbrados a las rústicas campesinas que jamás imaginaron poderse relacionar con dos damiselas tan refinadas...
Pep, más lanzado, se apresuró a entablar conversación...
- Desde luego habéis encontrado a las personas adecuadas para que os auxilien en vuestras necesidades, señoras... No nos podríamos negar a prestar nuestra ayuda a dos damas de tan alta alcurnia y de tan refinada belleza como la vuestra... Permitidnos que nos dejéis ayudaros en solucionar vuestro problema, pero antes desearíamos compartir nuestra humilde cena con tan distinguidas personalidades... Por la larga caminata que habéis tenido imagino que estáis fatigadas y necesitáis reposar antes de emprender de nuevo la marcha hacia el lugar dónde se volcó el carromato y veremos que podríamos hacer para volverlo a colocar en el camino hacia Llers...
Las dos damas sonrieron. Marieta hablaba con voz dulce y melodiosa:
- Desde luego, gentiles mozos, será para nosotras un gran honor poder compartir vuestra cena, la caminata desde luego ha sido muy larga y nuestros pies están verdaderamente fatigados...
Pep estaba entusiasmado:
- Pues venid a sentaros a la vera de las llamas, bellas damas, ya que aquí estaréis muy seguras y al resguardo de las fieras que, según dicen, habitan por estos parajes... - A vuestro lado no tendremos miedo de estas fieras, buen mozo, mi hermana y yo confiamos que en caso de peligro vuestro compañero y vos sabréis defendernos y darnos la protección que necesitamos...
Las damas no tardaron en confraternizar con los pastores, quienes ávidos de aventura y amoríos no repararon que aquellas bellas mujeres que les estaban seduciendo no reflejaban sombra alguna sobre el suelo serrano.... No tardaron en descubrir su error...
A la mañana siguiente un comerciante judío descubrió los cadáveres de los desafortunados pastores quienes aparecieron completamente desangrados... Una vez denunciado el macabro hallazgo a las autoridades del castillo, Doña Núria inició presto las oportunas investigaciones...
El abad de Figueras escuchaba con todo interés el informe de la señora condesa respecto a la misteriosa muerte de los desafortunados pastores....
- ¿Desangrados? -preguntó extrañado el docto anciano. - Efectivamente, buen abad. La pregunta que yo me hago es ¿cómo es posible que se desangren dos cuerpos y que no haya rastros de sangre a su alrededor? ¿Se la habrán bebido tal vez las brujas de Llers?... - Las brujas de Llers... ¡Qué fantástica historia!... Toda Cataluña está hablando de vuestras brujas, señora condesa... Por lo que respecta a vuestra pregunta, sí, creo que es posible que las brujas se la hayan bebido la sangre de los pastores.... Yo también estoy de acuerdo con vuestra hipótesis... - Alrededor de los cadáveres habían huellas de calzado femenino... al parecer de dos mujeres, lo cual coincide con los testimonios de la payesía que dice haber visto deambular por los bosques a dos damas muy altas, distinguidas y posiblemente extranjeras... - ¿Extranjeras? Quizá habrán venido del Este de Europa, desde allí siempre me han llegado leyendas de brujería y magia negra... Tal vez sean las dos mujeres que desaparecieron hace algunos días, la quesera y su hija... No coinciden en las descripciones, pero según mis datos sobre las ciencias ocultas posiblemente habrán tenido una mutación tras un pacto con Lucifer quién les habrá transformado su apariencia... Debéis saber, señora condesa, que si una bruja tiene tratos carnales con el Maligno, éste les otorgará todos los favores que ellas les pidan, incluso la belleza que nunca habían tenido antes... Tampoco es descabellado que estas brujas para satisfacer a su Señor se hayan bebido la sangre de los pastores... Las leyendas de más allá del Danubio así lo confirman y en cuanto al lobo gigantesco del que me habéis hablado en anteriores visitas no será otra cosa que una criatura del Averno, presumiblemente un servidor del Maligno... -Y de ser una criatura del Maligno como me decís imagino que habrá también un medio extraordinario para terminar con esta amenaza.... - La plata consagrada es un buen metal para terminar con los seres de las tinieblas, señora condesa... En cuanto a las brujas de Llers, si es verdad que son brujas, la mejor manera de eliminarlas es el fuego. El fuego purifica las almas corrompidas y las libera del yugo de Satanás. - Sólo queda un misterio por resolver, buen abad... Aquel caballero que vi en la sierra ¿tenéis alguna noticia que darme? - Recibí un informe del arzobispo de Tarragona quién cree que podría ser un pariente vuestro de Inglaterra.. Vuestro abuelo Don Ferran Estruch fue embajador del Conde de Barcelona en tiempos de Ramón Berenguer IV y, según las malas lenguas, demasiado aficionado a las faldas... Tuvo amoríos con Lady Elizabeth de Carfax, viuda joven y atractiva de un general inglés, quién quedó encinta y dio a luz a un tío vuestro, Lord Henry de Carfax, padre a su vez de Sir Richard de Carfax quién no sería de extrañar estuviera actualmente por vuestras tierras. Cómo sabéis, señora condesa, el rey inglés Enrique II de Plantagenet, tutor de nuestro joven monarca, tiene pleitos con el rey Luis VII de Francia y el conde Ramón V de Tolosa con quienes hemos estado en guerra durante mucho tiempo y hace precisamente un año se firmó la tregua mediante la cual éste se ha convertido en vasallo del soberano de Inglaterra... - ¿Me decís que es posible que Sir Richard de Carfax sea el caballero que vi aquella noche?... - No lo aseguraría, pero es la hipótesis más creíble, señora condesa... Según mis referencias este caballero inglés tiene las facciones propias de los Estruch, ya que es primo carnal vuestro... Ello justifica vuestro parecido físico con él.... - Si esto que me contáis es verdad, ¿por qué no ha venido a mi castillo para conocerme en persona? - Sir Richard no conocerá vuestra existencia de la misma manera que vos no conocíais la suya, señora condesa... Don Ferran siempre fue un hombre discreto y jamás mencionó sus amoríos al Conde de Barcelona quién le casó con vuestra abuela Doña Asunción de Castilla, en premio de sus servicios a la Patria... Precisamente Don Ferran es el primer Estruch que recibió el título de Conde que actualmente vos habéis heredado de vuestro padre... Un escándalo habría comprometido su carrera política por lo cual decidió silenciar sus amoríos con Lady Elizabeth... - Eso si que es una sorpresa, tener parientes ingleses sin enterarme.... La vida siempre da muchas vueltas, buen abad. - Y las que dará, señora condesa...
- Hazme la punta de las flechas con este metal, herrero -ordenó Doña Núria.
El herrero de Llers se quedó perplejo al ver que la condesa Estruch le entregaba cálices de plata para fundir...
- Pero señora, eso es sacrilegio... - No os preocupéis, buen hombre... Es para un buen fin...
El herrero no se atrevió a preguntar más. Echó sobre la fragua los cálices para derretirlos y con su metal forjó puntas para las flechas de la señora condesa.
El capitán Benach no entendía nada. Por lo cual aprovechó la ocasión para intrigar con sus soldados:
- La señora condesa ha hecho fundir los cálices de plata para hacer puntas de sus flechas.. Eso es sacrilegio, no le gustará nada al Obispo de Barcelona...
Los soldados estaban desconcertados con aquella orden que no comprendían.
- Mi cargo me autoriza para que tome esta decisión, soldados... Puede parecer sacrilegio, pero no lo es... Nos encontramos con criaturas diabólicas... Brujas... Licántropos... Los seres de las tinieblas temen a la plata porque es símbolo de pureza, sobretodo la que está bendecida por la Santa Iglesia... Esta noche saldremos de cacería, soldados... Las brujas de Llers deben ser detenidas y encadenadas a la plaza del pueblo... Allí las juzgaremos mañana mismo delante de toda la payesía. para que respondan de sus horrendos crímenes...
La condesa Estruch siempre mantenía su firmeza en sus órdenes... Pero el traidor Benach continuaba su eterna conspiración...
- ¿Quién es ella para jugar con lo Eterno y lo Sagrado? ¿Dios? Dios sólo hay uno y está en los Cielos..... -repetía una y otra vez, intentando predisponer a los soldados en contra de su señora.
Ahora con el paso de los años la faz de aquel cobarde se ha desvanecido en mi memoria, pero no he olvidado jamás su maldad. ¿Por qué el hombre es tan ruin? ¿Por qué ese afán en destruir todo lo bello y hermoso de este mundo? ¿Ambición? ¿ignorancia? Si el destino del Hombre es encontrar el Bien ¿por qué practicar el Mal? Mi humilde inteligencia no es capaz de encontrar respuesta a esta eterna pregunta.
Capítulo 9
- Pensar que a estas horas estaría en la cama con mi Montse... -se lamentaba el soldado Llorens, agobiado por el calor nocturno de la Sierra Mas Carreras.
Enric, su compañero de patrulla, tampoco era muy feliz.
- Con un buen vinito estaría yo feliz, las mujeres son un ejercicio demasiado agotador para mis costillas -vaticinaba. - Enric, tu no eres más que un pichafloja... -comentaba Llorens con cierta sorna. - ¿Pichafloja yo?... Sería capaz de tirarme entero un convento de monjas y dejarlas extenuadas... - ¿Un convento de monjas? ¡Esto es sacrilegio, Enric!... Las monjas son las esposas del Señor y al Señor no le vas a poner cuernos... Sería muy poco cristiano. - Bueno, era un decir...
Los dos soldados discutían de asuntos banales mientras hacían su ronda por la Sierra de Mas Carreras. Era de noche y la luna llena iluminaba con su pálida luz las agrestes montañas. Una potente voz les interrumpe su cháchara:
- No es de cristianos hablar así.
Los dos soldados se quedan sorprendidos. Un caballero alto, bien parecido es quién les ha interrumpido en su conversación.
- ¿Quién sois vos, señor? - Soy Sir Richard de Carfax, caballero inglés que ha estado luchando contra el rey Luis VII de Francia al lado de vuestro monarca Alfonso II de Aragón. Caballero cristiano, temeroso de Dios y fiel servidor de su Corona. Por eso no me gusta que se blasfeme como vosotros habéis hecho... - Perdón señor, no lo hacíamos a propósito -se disculpa Enric atemorizado por haber sido descubierto en falta- pero es que estamos muy asustados. La condesa Estruch nos ha ordenado que patrullemos en la Sierra... Sólo pretendíamos evadirnos de nuestros temores... - Estáis disculpados, soldados... pero no volváis a blasfemar... Un soldado jamás debe perder la compostura ni siquiera en los momentos de más peligro... Pensad que os podían emboscar, matar a traición y vuestra alma se perdería irremisiblemente en las llamas del Infierno... ¿Nunca habéis pensado en ello? -¡Caramba, ya que lo decís no lo habíamos pensado nunca!... Tenéis razón, Sir Richard... -Enric al observar con más detenimiento al caballero inglés se queda perplejo. Sir Richard nota el estupor de los soldados. - ¿Qué os pasa? Me estáis mirando con una expresión extraña... - Perdonad, señor.. Pero es que vos os parecéis extraordinariamente a nuestra señora, Doña Núria... la condesa Estruch... Parecéis su hermano gemelo... - ¿Qué me parezco a vuestra señora?... ¿La condesa Estruch?... No tengo el placer de conocer a esta dama.... - Es la mejor señora que yo he conocido, caballero... Es muy hermosa, gentil, noble y piadosa... Si vinieseis al castillo la podríais conocer, seguro que os encantará... Es muy hospitalaria y os podría alojar el tiempo que necesitéis... Los viajeros siempre han tenido un techo donde cobijarse cuando han pasado por el castillo del río Muga.
El caballero se queda pensativo...
- Si es tan hermosa como decís, soldados, debería conocerla... Os acompañaré si no es mucha molestia. - Claro que no es molestia, Sir Richard...
Enric y Llorens se alegran al oír que les acompañará el caballero ya que piensan que en caso de ser atacados tendrían más protección. El viaje al castillo fue corto y agradable, pero al llegar la condesa Estruch estaba ausente. Había salido para cazar al lobo que aterrorizaba la comarca
- ¡Tened valor!... -gritaba la condesa cuando el gigantesco lobo apareció en el claro de un bosque. Sus soldados quedaron impresionados por la fortaleza de tan monstruoso animal. Disparando al unísono sus flechas, los arqueros acertaron en el mismo corazón de la bestia furiosa pero las heridas no consiguieron disminuir sus fuerzas. - ¡Las flechas no le hacen nada! -el pánico se apoderaba de la soldadesca. El capitán Benach arengaba a sus hombres: - ¡No os rindáis! ¡Es sólo un lobo!
Pero aún así no había forma de herirle. El monstruo del Averno se abalanza sobre el capitán quién impotente no puede parar su ímpetu. Parecía que la fiera iba a desgarrar su cuello cuando la flecha de la condesa Estruch, cuya punta estaba hecha de plata consagrada, surcó los aires clavándose en el corazón del gigantesco animal quién inmediatamente comenzó a sangrar a borbotones.
- ¡La flecha de la condesa le ha herido!... - ¡Las criaturas de las tinieblas temen la plata! -gritaba la condesa arengando a sus hombres- No lo olvidéis soldados... El Bien es siempre más fuerte que el Mal y si tenéis fe no debéis temerle ni al mismísimo Satanás...
El lobo comenzó a aullar lastimosamente ya que iba perdiendo sus fuerzas por la pérdida del rojo líquido. El capitán Benach estaba asustado:
- ¡Brujería! -exclamó.
La fiera cayó muerta sobre el claro del bosque... Los haces de luz lunares iluminaban tenuemente su cadáver tendido ya sin señal de vida... Prodigiosamente, el cuerpo del horrible animal comenzó a desintegrarse hasta desaparecer en la nada. Todos se quedaron maravillados. Benach no daba crédito a lo que veían sus ojos...
- ¡Esto es obra del mismísimo Lucifer! - ¡Naturalmente, capitán!... -gritaba la condesa- pero aunque sea el mismísimo Lucifer no dejaremos que aterrorice a nuestras gentes... ¡Soldados! Esta noche hemos librado descomunal batalla con uno de nuestros peores enemigos, pero aún no ha terminado nuestra tarea... Si tenemos fe en el Redentor saldremos siempre victoriosos, no os desaniméis... ¡Luchad y venceremos!
- ¡Ahí está! -gritó alborozado Tomaset, el arquero, al descubrir una cueva en la Sierra Mas Carrera. - ¡Por fin, el refugio de las brujas! -exclama el capitán Benach al encontrarse con el escondrijo de las dos mujeres que tienen en jaque a toda la guardia del castillo.
Efectivamente, Assumpta y Marieta se resguardaban de los rayos del sol en una escondida cueva situada en un lugar recóndito de la Sierra cuyo acceso era extremadamente dificil.
- Cuando era niño iba con mis hermanos a jugar en ella... Por eso me he acordado de su existencia -exclamaba muy ufano el arquero fatigado por haber escalado la montaña en busca de la entrada de la cueva. El lugar era siniestro y ruin, extrañas pinturas con imágenes del Maligno adornaban las paredes de aquel santuario del Mal. - Aquí se reunían los discípulos de Lucifer para sus misas negras... Se decía que bebían sangre de niños y profanaban hostias que robaban en la iglesia del pueblo... Hace más de cien años, el conde Molins les descubrió y les dio muerte en este mismo lugar y, según las leyendas, sus malditos espíritus vagan por las noches en busca de seres inocentes a quienes convertir al culto de Satanás. - ¡Eso son tonterías! -grita ofuscado Benach, pero su arquero le llevaba la contraria ante su desesperación. - ¡No son tonterías, capitán...! Los viejos del pueblo aseguran que se aparecieron el mismísimo Belcebú y Satanasia, la pérfida diablesa de los Avernos que incitaba a los hombres a copular con ella... Dicen que todos sus amantes adquirían gran virilidad y potencia sexual, convirtiéndose en sementales muy solicitados por las mujeres del condado... Por eso todos los mozos y payeses más entrados en años deseaban obtener sus favores para poder conquistar a todas las hembras de Empúries... - ¡Estás borracho, Tomaset...! -vociferaba Benach- Copular con la diablesa Satanasia... ¡Qué disparate!... Aquí viven dos putones asesinos que se dedican a profanar la fe en Cristo, seducir a los payeses para llevarles por el camino del Mal y que además han cometido asesinatos innombrables... Hemos de capturarlas para darles muerte y librar a la payesía de su nefasta presencia.... Esa es nuestra misión, Tomaset.
Tomaset y Benach lanzaron unas cuerdas para facilitar la entrada a la cueva de las tropas de la condesa Estruch. Doña Núria fue la primera en entrar para dirigir la captura de las misteriosas mujeres.
- Debemos purificar este ambiente, capitán... -ordenó no más llegar. Fray Jordi, un joven cisterciense venido desde Figueras, comenzó su labor purificadora. - Señor Nuestro Jesucristo, libradnos del Mal y de la influencia del Maligno Lucifer -rezaba mientras echaba agua bendita sobre las paredes de la endemoniada cueva. Las pinturas parecían disolverse cuando el líquido caía sobre ellas. Seguidamente colocó varias hostias consagradas en las tumbas que las enigmáticas mujeres utilizaban para dormir de día... - Ahora las brujas temerán este lugar y no tendrán dónde resguardarse de los rayos del sol... - Faltan pocas horas para el amanecer, Fray Jordi... Las brujas no tardarán en llegar -la condesa estaba preparada para iniciar la batalla contra los dos seres de las tinieblas, mientras los soldados iban penetrando por el orificio de la cueva. Efectivamente Assumpta y Marieta, sin sospechar nada, llegaron al cabo de poco tiempo a su diabólica morada encontrándose con una misteriosa fuerza que las repelía...
Los soldados salieron de sus escondrijos para prender a las maléficas mujeres, pero éstas tenían una fuerza descomunal tal que de un solo manotazo eran capaces de tirar al suelo a tres soldados. Los mesnaderos parecían que no iban a poder con ellas... Pero Doña Núria les enseñó un crucifijo que las atemorizó y las redujo sólo en un instante:
- No olvidéis que los seres de las tinieblas temen la ira del Señor...
Fray Jordi echó agua bendita sobre los cuerpos de las endemoniadas quienes se quemaban con el contacto del líquido purificador. Benach se quedó helado por el terror:
- ¡El agua bendita las quema! ¡Desde luego son verdaderas brujas... - Debemos reducirlas y llevarlas a la plaza de Llers, capitán... Allí las ataremos a un poste y mañana las juzgaremos ante todo el pueblo que decidirá cual ha de ser su suerte... -sentencia fríamente la condesa. - Su suerte, mi señora, ha de ser la muerte... - Lo será, capitán, si el pueblo así lo decide...
- ¡Malditos! ¡malditos seáis todos!
Las diabólicas mujeres escupían todo su veneno mientras los mesnaderos las llevaban a Llers para encadenarlas en la plaza pública. - ¡Callad, brujas! ¡No os quedarán ganas de insultar cuando las llamas devoren vuestros hermosos cuerpos!
Assumpta estalla en sonoras carcajadas:
- ¡Por Lucifer! ¿Queréis quemarnos? ¡Hacedlo, pero no os servirá de nada porque no podréis destruirnos con el fuego! - ¡Ya lo veremos, brujas! Arderéis como la leña y con vuestras brasas asaremos butifarras con mongetas. - ¿Brujas? ¡Sois unos ignorantes! No somos brujas, somos las novias del Señor de las Tinieblas, él os destruirá a todos. - ¡Silencio, brujas! Arderéis en la plaza y después en el Infierno por vuestros pecados... Imagino que de tanto arder en la cama ya estaréis acostumbradas a las llamas que os convertirán en cenizas... - Polvo somos y en polvo nos convertiremos -vaticinaba otro mesnadero burlándose de las diabólicas cautivas que prorrumpieron en sonoras carcajadas. Los soldados se quedaron sorprendidos cuando vieron cómo aquellas condenadas a muerte aún se atrevían a reírse de su propio destino.
Atadas espalda contra espalda fueron llevadas montadas en un caballo a la plaza de Llers. Allí fueron encadenadas a un poste en espera de la llegada de los rayos de sol y de la hora en que se debía celebrar el juicio por sus crímenes... Pero las condenadas lejos de llorar y suplicar clemencia no paraban de reír y de insultar a todos los payeses y payesas que asombrados acudían para verlas encadenadas en la picota.
Aquella fue una de las noches más largas de toda mi vida, aunque en aquellos momentos no supe darme cuenta de la trascendencia de los acontecimientos que estábamos viviendo. Doña Núria no quiso que me arriesgara en la cacería de las brujas o de las mujeres a quienes creímos brujas en aquellos aciagos días. Por eso pasé toda la noche durmiendo en el castillo esperando el regreso de mi señora y protectora.
El caballero estaba esperando en la gran sala del castillo cuando llegó la condesa Estruch que se quedó sorprendida al encontrarle cara a cara.
- ¡Vos! -exclamó al verle. - Me habían dicho que vos erais mi vivo retrato, condesa... Pero no puedo osar compararme con vuestra hermosura -gentilmente el caballero se arrodilló ante Doña Núria que se quedó inmediatamente turbada de su presencia. - ¿Sois Sir Richard de Carfax? -susurró tímidamente. - Soy vuestro esclavo, mi señora... - Levantaos, Sir Richard... Es para mí un inmenso placer conoceros... Hasta hace pocos días yo no sabía de la existencia de un familiar que llevara mi sangre... Por eso, al veros cabalgar por la sierra me he dado cuenta de que no estaba sola en este mundo y que mi estirpe no iba a extinguirse.... - ¿Extinguirse nuestra estirpe, mi señora? -el caballero se alza para mirar de frente a la condesa Estruch que queda subyugada por su presencia. - Sir Richard, os parecéis a mi padre... - No paráis de halagarme, qué más quisiera yo poderme comparar al legendario conde Estruch, defensor de la cristiandad, que para mí es un ejemplo de caballerosidad y valentía. Estoy orgulloso de que vos llevéis mi misma sangre...
La mirada del caballero se clava en los ojos de Doña Núria quién se da cuenta de que no lleva ropas de mujer. Para dar caza a las supuestas brujas de Llers, montar a caballo y empuñar la espada se había vestido con ropas varoniles que le daban mayor comodidad en sus movimientos pero que, paradójicamente, aún realzaban más sus formas femeninas.
- Sir Richard, disculpadme, pero me he dado cuenta de que aún llevo las ropas varoniles... He tenido que salir a detener a unas brujas que han estado aterrorizando estas comarcas y...
No tiene tiempo de continuar. El caballero la besa en los labios y la abraza fuertemente... Doña Núria no tuvo tiempo de reaccionar, aquella presencia le fascinaba y no tenía defensa ante el atractivo masculino del hombre que tenía entre sus brazos...
- Por favor no os cambieis, señora... Vos me gustáis así. Ninguna mujer me ha obsesionado tanto en toda mi vida, quisiera ser vuestro y también que seáis mía. Desearía fundirme con vos en una sola persona para que no pudiéramos separarnos nunca más... Señora condesa, os he amado desde la primera vez que os vi. He vivido desde entonces sólo para el momento de nuestro encuentro... - Yo siento lo mismo, Sir Richard... Nunca he sentido pasión por ningún hombre y jamás creí que llegara el día en que yo pudiera sentir el dulce sabor del amor. - La noche aún no ha terminado, Doña Núria. - Quedan pocas horas, Sir Richard.
El misterioso caballero coge en brazos a doña Núria y la llevó a una habitación que los soldados le habían habilitado para que pasara en ella la noche... Yo dormía profundamente y no me daba cuenta de lo que estaba ocurriendo en el castillo en aquellos momentos... Mi señora se había enamorado.
La plaza de Llers empezaba a estar concurrida. Los payeses y payesas madrugadores se agolpaban alrededor de la plataforma en cuyo centro habían clavado un poste, en el cual encadenaron a las dos mujeres. Las condenadas no paraban de burlarse de las gentes del pueblo y al reírse enseñaban unos largos y afilados caninos que provocaban el temor de todos.
- Mirad esos payeses, os creéis importantes y puros pero no sois más que tristes mortales... Lucifer os destruirá a todos, pero si nos devolvéis la libertad os recompensará por servirle con la más abundante de las cosechas...
Pero los lugareños no paraban de insultarlas...
- ¡Brujas!... ¡Asesinas!... ¡Arderéis las dos en la hoguera! - ¿Arder en la hoguera? ¡Pobres ilusos! ¡No podemos arder en la hoguera! Si nos quemáis nuestros espíritus se apoderarán de otros cuerpos y continuaremos atormentando al condado de Empúries...
Todo parecía que iba a continuar así cuando aconteció un hecho inesperado. Era ya el amanecer y los indicios del nuevo día pronto se iban a manifestar como preludio de los primeros rayos de sol. Uno de ellos fue el canto de un gallo que hizo palidecer inmediatamente los rostros blanquecinos de las dos endemoniadas... Parecía que por fin el miedo había entrado en aquellos refinados cuerpos de mujer... Las gentes no paraban de insultarlas una y otra vez...
- ¡Brujas!... ¡Adoradoras del Maligno!... ¡Putas de Satanás!... - ¡El sol! -exclama Assumpta tras escuchar el canto del gallo- Hija, debemos huir de aquí... La luz del día puede destruirnos... Recuerda lo que nos dijo el caballero, nuestro señor. - ¡Madre! ¡Mira en el horizonte!...
La Sierra de Mas Carreras se divisaba a lo lejos enrojecida por los primeros haces de luz matutinos... Las mujeres comenzaron a retorcerse, intentando romper inútilmente sus cadenas...
- ¡Maldito pueblo de Llers! ¡Algún día seréis destruidos por pájaros de acero que escupirán fuego de sus entrañas!... - ¡Brujas!...
El pueblo se quedó aterrorizado cuando los primeros haces de luz se proyectaron sobre las dos mujeres encadenadas en la picota... Sus gritos parecían inhumanos, como si vinieran de otro mundo...
Lentamente sus cuerpos comenzaron a deshacerse, convirtiéndose en cenizas, ante el terror de todos los payeses quienes vieron la mano del Maligno en aquel macabro prodigio.
Retorciéndose de dolor, aquellas condenadas mujeres fueron desapareciendo en la nada hasta que una ráfaga de viento fue dispersando sus cenizas por la plaza del pueblo.
- ¡Eso es obra del Diablo! -gritaban los payeses mientras huían despavoridos.
Assumpta y Marieta desaparecieron definitivamente de la faz de la tierra. Nadie supo dar explicación alguna a este macabro prodigio que no fue sino el principio de una etapa de horror y de muerte.
La condesa despertó sobresaltada por el griterío en el castillo. No más abrir los ojos buscó al hombre con el que había compartido sus últimas horas. No estaba, había desaparecido...
Se puso rápidamente sus ropas varoniles y fue en busca de la guardia.
- ¿Habéis visto al caballero inglés? -preguntó angustiada. - ¿El caballero inglés? Entró en la habitación con vos, mi señora... Pero no le hemos visto salir... - ¿Qué dices? - Hemos estado haciendo guardia las tres últimas horas y por esos pasillos no le hemos visto desde que entró con vos a la habitación. Si ha salido no sabemos cómo, mi señora...
Doña Núria estaba sorprendida. Confiaba en sus hombres y sabía que no mentían. Sin más tardar bajó las escaleras hacia el patio del castillo para averiguar la procedencia de tanto griterío. Uno de los mesnaderos estaba contando lo que había visto a toda la soldadesca que escuchaba aterrorizada aquel relato de horror y de muerte.
- En el pueblo ha pasado algo terrible... Cuando los primeros rayos de sol han aparecido en el horizonte las brujas se han convertido en polvo... Ha sido terrible, señora condesa.
La condesa Estruch no daba crédito a que estaba oyendo. No podía siquiera imaginar lo que estaba pasando...
- Los seres de las tinieblas son mas poderosos de lo que nos pensábamos, soldados... Debemos estar vigilantes por lo que pueda pasar a partir de estos instantes... Ahora debéis ensillarme un caballo... Llamad a Isabel para que me acompañe... Tengo que averiguar lo que está pasando...
Pero Doña Núria no pudo continuar hablando. Todo le daba vueltas alrededor y cayó al suelo desmayada por causa desconocida. Los mesnaderos se asustaron mucho y me la trajeron al lecho para que yo cuidara de ella. Me sorprendió que al desnudarla y meterla en la cama tuviera la piel más pálida que de costumbre, el color de sus mejillas había desaparecido y me llamó la atención sobretodo dos pequeños orificios en su cuello... El físico del castillo la examinó atentamente:
- Es extraño, parece que ha perdido sangre...
La súbita enfermedad de Doña Núria comenzó a preocupar a toda la payesía de Llers y el mismo Señor de Figueras vino a visitarla... Nadie comprendía lo que había ocurrido.


Esa enfermedad en cierto modo hizo olvidar el trágico destino de Marieta y de su madre convertidas en unos demoníacos seres que se habían desvanecido en la nada. Aquel misterio comenzaba a obsesionarme y decidí averiguar cual era su procedencia. Así que me pasaba las horas muertas en la biblioteca del castillo leyendo los papiros sobre la magia negra y el mundo de las tinieblas que nos legaron los antepasados.
De esta forma descubrí la verdad.
Marieta y Assumpta habían sido atacadas por un vampiro. Un demoníaco ser que vive entre dos mundos, el de la vida y el de la muerte. No pueden recibir los rayos del sol porque les destruiría irremisiblemente tal como ocurriera con aquellas desafortunadas que todos creyeron brujas. No, no eran brujas sino vampiras ya que al ser mordidas por uno de esos seres fueron contagiadas por su mismo mal transformándose asimismo en unos nosferatus.
Eso sí que encajaba: su extraordinaria transformación física que de mujeres campesinas las convirtiera en damas refinadas, su descomunal fuerza, sus caninos afilados para morder en el cuello y succionar las venas de sus víctimas... Los vampiros viven de chupar la sangre de los humanos, causándoles la muerte y transformándoles asimismo en vampiros...
Todo eso lo descubrí en un viejo pergamino que encontré escondido en un rincón de la biblioteca... Sí, todo encajaba perfectamente... Eso quería decir que había un vampiro en el castillo y que ese vampiro había atacado a Doña Núria... Por eso decidí actuar rápido para descubrir al no muerto, al nosferatu, e impedir que terminara con la vida de mi protectora y amiga.
Capítulo 10
El físico no encontraba respuesta a la súbita enfermedad de Doña Núria.
- Parece cosa del Diablo -se decía mientras el pérfido Benach fruncía el ceño. - ¿Se recuperará? -preguntaba con su falsa lealtad. - No lo sé, no conozco esa extraña enfermedad. Ese cuello tiene dos perforaciones y parece que alguien le ha ido succionando la sangre... Puede que sea cosas de las brujas de Llers... - Las brujas de Llers hace una semana que ya están muertas... Se convirtieron en cenizas cuando apareció la luz del sol... Los seres de las tinieblas aman la noche... - ¿Y quién dice que las brujas están muertas? ¿Dónde están sus cadáveres? Estamos luchando contra el Maligno, sus poderes rebasan las leyes de la naturaleza... Sólo queda rezar... -el físico sacó su crucifijo para colocarlo sobre la frente de la enferma que al sentir el contacto comenzó a gritar desesperadamente.
Aquel griterío heló la sangre de las personas presentes en el lecho de la desafortunada condesa. Benach se quedó completamente horrorizado, no comprendía lo que ocurría. El físico sacó rápidamente el crucifijo de la frente de Doña Núria, apareciendo en ella una quemadura en forma de cruz...
- ¿Veis? -gritaba el físico- ¡Eso es cosa del Diablo!...
Yo buscaba el medio para explicarle al galeno que en el castillo había llegado un vampiro, un nosferatu, que había causado el Mal a la señora condesa... Pero cada vez que me acercaba nadie entendía nada... Procuraba enseñarles aquel libro donde se explicaba el misterio del vampirismo, pero nadie quiso leerlo...
Benach, sintiéndose molesto, ordenó furioso a la guardia:
- Llevaos a la sordomuda, está completamente loca y no hace más que importunar... Encerradla en un calabozo hasta que se calme y la señora condesa se recupere.
Así dos mesnaderos me llevaron a empujones a la torre del castillo, encerrándome en una de sus celdas y no pude salir de allí hasta que la tragedia que se avecinaba se había consumado.
Sí, era muy grande la tragedia que se estaba planeando entre las paredes del castillo del río Muga. El vampiro, el nosferatu, no era otro que el conde Guifred Estruch quién se había presentado bajo la personalidad de un caballero inglés, Sir Richard de Carfax, quién jamás pisó tierra catalana.
La maldición del Gran Maestro se había cumplido:
- ¡Os maldigo a todos! ¡El gran Shub-Niggurath El Negro nos vengará y os enviará al conde Estruch para que os castigue! -gritaba mientras su cuerpo iba siendo devorado por las llamas.
Ahora Don Guifred, convertido en un joven y apuesto vampiro reposaba entre las paredes del castillo. Su nuevo estado le había rejuvenecido y por eso Doña Núria se encontró con un hermoso caballero que tenía su mismo rostro, el del conde Estruch, su padre.
Para conseguir su confianza se había presentado como Sir Richard de Carfax aprovechando que ella había manifestado el deseo de conocer a ese caballero inglés y, lo que es peor, amparado en su nueva apariencia el en otros tiempos aguerrido defensor de la fe estaba seduciendo a su propia hija para convertirla asimismo en vampira.
Todo ésto lo fui deduciendo mientras meditaba entre las cuatro paredes de mi celda. Lloraba y me sentía impotente porque no podía hacer nada para intervenir en el desarrollo de los acontecimientos.
Aquella noche, el capitán Benach había ordenado poner mayor vigilancia en el castillo ya que algunos lugareños habían visto deambular una misteriosa sombra por sus alrededores y por ello estaba completamente preocupado.
La enfermedad de la condesa y la posibilidad de que fuera causada por la brujería había conmocionado a todo el condado. Nadie conocía la naturaleza de aquel mal. Nadie, excepto yo. Las amenazas del Gran Maestro habían sido olvidadas y la payesía aún creía que los espectros de Assumpta y Marieta trataban de vengarse de nuestra señora y protectora.
Los vampiros jamás habían atacado en nuestras tierras catalanas hasta entonces. Todos desconocían su enorme poder de seducción y sus grandes deseos de sembrar el Mal por la faz de la tierra. Precisamente había sido uno de nuestros más nobles caballeros quién se había reencarnado en un terrible nosferatu, un no muerto que cada noche se levantaba de su tumba para beber la sangre de sus víctimas. Marieta y Assumpta habían sido sus primeras víctimas, pero ahora le tocaba el turno a su propia hija.
Doña Núria había caído ya en el poder de su padre, el conde Estruch. Cada noche esperaba con impaciencia y ansiedad la llegada de su rejuvenecido progenitor y actual seductor. Don Guifred acudía al lecho de su hija moribunda que recobraba sus fuerzas cuando el apuesto galán nocturno aparecía por su ventana. La condesa abría los brazos presa del deseo para recibir a su demoníaco amante:
- Querido padre, tú me distes la vida y por ello seré tuya durante toda la Eternidad. Toma mi alma como has tomado mi cuerpo. Tuyo es por derecho ya que es fruto de tu semilla.
El vampiro, tras despojarse de toda su ropa, desnudaba después a su hija para unir su cuerpo con el suyo. Piel contra piel, labios contra labios, lengua contra lengua. Los incestuosos amantes hacían apasionadamente el amor y tras el infernal éxtasis Don Guifred clavaba sus afilados colmillos en el cuello de Doña Núria absorviéndole su sangre y su esencia:
- Querida Núria, eres mi hija y también mi esposa. Contigo voy a compartir la Eternidad en el frío lecho de nuestra tumba. Juntos cabalgaremos por las montañas durante la noche y beberemos la sangre de nuestros vasallos... Ellos saciarán nuestra sed y alimentarán nuestros cuerpos hasta el fin de los tiempos. - ¿Cuándo será éso, padre? Estoy deseando que llegue este momento, porque ya te dije en tu anterior existencia que sólo amaría a un hombre que fuera tan noble, tan grande como tú. - Muy pronto nos perteneceremos el uno al otro, mi pequeña. Cuándo hayamos realizado el acto que sublime nuestro amor nuestras almas se hermanarán para siempre jamás. Porque esta noche, querida hija, no sólo voy yo a beber de tu cuerpo, sino que también beberás tú del mío... Sólo así conseguirás convertirte en una vampira y compartir conmigo la vida eterna en nuestra sepultura...
No más decir ésto, el conde Estruch se hirió en uno de sus costados y agarrando con sus manos la cabeza de la condesa empujó suavemente su boca para hacerle beber la sangre que manaba de su herida. Doña Núria se abrazó fuertemente al cuerpo desnudo de su padre para paladear el rojo manantial que fluía de sus venas...
Mientras su hija le iba absorbiendo su esencia, el vampiro gemía de placer.
- A partir de ahora, mi pequeña Núria, serás mía para siempre...
Benach pasaba aquella noche en vela ya que no podía dormir por las cábalas que se hacía en lo más oculto de su atormentada mente. Recapacitaba continuamente sobre la nueva situación creada por la enfermedad de Doña Núria. Si la condesa se muriera por lo que él creía una enfermedad, el castillo podría pasar a sus manos y entonces tendría la libertad de imponer su ley a su antojo. Refocilándose en sus mezquinos pensamientos no paraba de pasearse por los intrincados pasadizos en busca del misterioso intruso que, según los lugareños, rondaba en sus entrañas.
Doña Núria despertó súbitamente en su lecho. Habían pasado ya algunas horas y su demoníaco galán ya la había abandonado, reptando por las paredes del castillo hasta alejarse de su aposento. Se sentía sola, pero también distinta. Levantándose de un salto, con inusitada agilidad, corrió hacia el espejo y, al tratar de mirarse, se dio cuenta de que su imagen no se reflejaba en él. Se había convertido en una vampira.
Vistiéndose con gran rapidez salió velozmente de su habitación ante la sorpresa de sus centinelas, quienes creyéndola moribunda, se asombraron al verla con tanta vitalidad.
- ¡Pero, señora!... En vuestro estado no podéis salir de vuestros aposentos, el físico así lo ha ordenado -replicaron al verla, pero la condesa se mostraba arrogante y violenta, sorprendiendo a sus mesnaderos que nunca la habían visto con aquel extraño comportamiento. - ¡Este es mi castillo y yo soy vuestra condesa! - Pero señora, no os puedo dejar marchar... -insistían- Vuestra salud no está bien... Podéis empeorar y morir... - ¿Cómo que no está bien? -agarrando a uno de los centinelas le levantó por los aires con una fuerza descomunal lanzándolo a gran distancia. Sus compañeros se quedaron sorprendidos ante aquella inhumana demostración, impropia de una mujer y comenzaron a gritar desgarradamente: - ¡La condesa se ha vuelto loca!... ¡Eso es cosa del Maligno!... - ¡Largaros de aquí pobres infelices si no queréis que os mate a todos!
Parecía que Doña Núria se había convertido en otra persona y se enfrentó violentamente a sus hombres quienes huyeron despavoridos ante la ignota potencia de sus brazos.
La condesa Estruch se caminaba arrogante por todo el castillo ante el temor de todos sus habitantes. El más sorprendido fue el propio capitán Benach:
- ¿Qué hacéis, señor condesa? El físico ha prohibido que os mováis de vuestro lecho ya que estáis débil y no podéis moveros. - Infeliz capitán... Ya habéis visto que sí puedo moverme y que mi fuerza supera a la de todos vuestros hombres... Siempre habéis deseado poseerme y compartir mi lecho pero nunca lo conseguiréis, porque vuestra insignificancia sólo me produce lástima y tristeza... -decía la condesa con un tono propio de la peor cortesana barcelonesa. - Pero señora condesa ¡teneos! -replicó el capitán irritado. Pero ella le contestó con sorna: - ¡Teneos! ¡Qué ridículo sois, capitán Benach!. Vos no sois hombre para mí ni para ninguna otra mujer... Puede que ni siquiera seáis un hombre.
El capitán se siente ofendido e indignado por la arrogancia de Doña Núria que le mostraba una mirada completamente diabólica. Por éso, los soldados no paraban de gritarle atemorizados:
- ¡No os acerquéis a la señora condesa, capitán! ¿No veis que tiene la mirada de Satanás?
Benach clavó sus ojos en las pupilas de aquella atractiva mujer que tenía delante suyo y se dio cuenta de que su mirada era distinta.
- ¿La mirada de Satanás? ¡Por los clavos de Cristo!
Doña Núria se sobresaltó al oír mencionar al Redentor....
- ¡No quiero oír ese nombre nunca más! ¿Me habéis oído, capitán? - ¡Habéis blasfemado! ¡Habéis renegado de Dios! - ¡Yo no conozco a otro Dios que a Lucifer y todos sus diablos! ¡A ellos adoraremos de ahora en adelante!... - ¡Santo cielo! ¡La condesa está embrujada!... -el capitán sintió como un sudor frío recorría todo su rostro- No podemos hacer ésto, sería renegar de nuestra fe... - ¡Nuestra fe es adorar a Satanás! ¿Lo habéis entendido, capitán?. Os ordeno que vayáis a la capilla y que tiréis las imágenes de la Moreneta y del crucificado al estercolero. Mañana celebraremos nuevas misas para adorar al verdadero dios que vive en los Infiernos...
Todos se quedaron sorprendidos por aquellas blasfemias. Pero al capitán Benach la situación le favorecía porque así podía justificar su venganza contra Doña Núria, a la que tanto odiaba por haberle humillado y rechazado.
- ¡Vosotros sois testigos de que la condesa Estruch ha blasfemado! ¡La blasfemia se condena con la muerte en nuestras tierras! ¡Prenderla! - ¡Desgraciados! -gritaba Doña Núria- ¡Será vuestra rebelión la que os condenará a muerte! ¡Servidme y todo el mundo será vuestro! Pero si me atacais moriréis como perros...
Los mesnaderos trataron de prender a la enérgica condesa, pero la potencia de sus brazos era superior a la de toda la soldadesca.
Finalmente, el capitán Benach, recordando lo ocurrido en la cueva dónde vivían las mujeres que él tomó por brujas, sacó un crucifijo para mostrárselo a Doña Núria quién retrocedió horrorizada lanzando un grito inhumano.
- ¿Veis? ¡Retrocede ante el crucifijo! ¡Está poseída por el Maligno!
Infeliz Benach ¡qué desdichada fue su ambición y codicia! Aquel pérfido capitán no quiso escucharme y pagó con su vida toda su ignorancia.
- ¡Las brujas deben de ser quemadas en la hoguera! ¡Llevadla al patio donde las llamas devorarán su cuerpo y convertirán en cenizas su maldad! - ¡Imbéciles! ¿Acaso creéis que podéis destruirme con fuego? -gritaba Doña Núria mientras era sometida y maniatada por sus propios soldados.
En media hora la guardia del castillo levantó una pira para quemar en ella a la condesa Estruch que no paraba de reírse por su suerte.
- ¡No os reiréis cuando vuestro hermoso cuerpo arda en el Averno, señora condesa!...
La tragedia estaba a punto de consumarse. Doña Núria fue atada por sus propios soldados a la pira, se retorcía y trataba de librarse de sus ligaduras. El mismo capitán Benach, ciego de odio y de ira, enarbolaba una antorcha con la cual prendió la leña arrojada a los pies de la condenada.
- ¡Iros al Infierno, condesa Estruch! Habéis de saber que nadie se burla del capitán Benach y que vuestra arrogancia sólo os ha llevado a la muerte...
Pero el infeliz soldado no se daba cuenta de la realidad. Doña Núria no se había convertido en una bruja sino en una vampira y cuando ardieron las ligaduras, éstas se soltaron y la condesa Estruch quedó libre ante el terror de todos los mesnaderos.
- ¡Inútiles! ¡Ignorantes! ¡El fuego no puede destruir a los vampiros! -tras decir ésto, la condesa dio un gran salto sobre el aterrorizado capitán, cayendo sobre él y le desgarró el cuello con sus propias manos. Sus afiladas uñas eran más fuertes que las garras de un león y el aguerrido soldado se había convertido en un triste pelele que dominaba a su placer. - ¡Nooooo! ¡Piedad! ¡Tened compasión de mí! -gritaba el desafortunado Benach mientras la vampira le destrozaba ante la mirada asustado de los mesnaderos.
Los soldados no sabían qué hacer en aquellos trágicos momentos, se sentían impotentes ante la suerte de su capitán y sin sus órdenes no sabían cómo atacar a la sanguinaria condesa. Una figura alta e imponente apareció repentinamente en lo alto de la torre, era el conde Estruch quién con su voz grave increpó a los desorientados soldados:
- ¡Oídme bien, desdichados, escoria humana! ¡Habéis osado rebelaros contra mi hija, la condesa Estruch, que tanto ha hecho por vuestra miserable existencia! ¡Vosotros habéis intentado asesinarla después de que ha sido generosa y misericordiosa con todos vosotros! ¡Yo os maldigo a todos, ratas despreciables! -gritaba con una potente voz que resonaba entre las cuatro paredes del aquel patio de armas.
Todos los soldados y demás habitantes del castillo estaban completamente helados por el terror que sintieron ante aquella espeluznante presencia, mientras la vampira descuartizaba con sus propias manos el cuerpo del desafortunado capitán.
- Es... ¡el conde Estruch! ¡Don Guifred se ha levantado de la tumba! -gemían temerosos de compartir la suerte de su capitán. - ¡Sí! ¡He vuelto del Averno para castigaros por vuestra insolencia! ¡Pagareis muy cara vuestra deslealtad! - ¡Señor, misericordia! -gritaban llorando los soldados, pero el poderoso conde Estruch estiró la cuerda del campanario e hizo tañer la campana de la torre. Su estruendoso sonido se volvió enloquecedor y todos los soldados comenzaron a gritar desesperadamente de dolor, parecía como si su cabeza fuera a estallar y echando sangre por los oídos fueron cayendo muertos al suelo.
Todo aquel ser vivo que pudo oír aquel tañer de la campana del castillo murió en el acto. Se había consumado la maldición de Estruch. Sólo yo sobreviví a la cruel matanza porque la Madre Naturaleza, que es muy sabia, me había hecho sordomuda y mis oídos no pudieron escuchar tan mortal sonido.
Aquellos desafortunados mesnaderos pagaron con la vida su ignorancia. Todos los payeses y sus animales que vivían alrededor del castillo, aquellos desgraciados que por proximidad pudieron sentir también aquel fatídico tañer fallecieron igualmente presos de un horroroso frenesí que les arrebató el alma.
Aquel lugar quedó completamente desierto.
Don Guifred de un salto bajó al patio de armas para reunirse definitivamente con Doña Núria. Padre e hija se fundieron en un abrazo y unieron sus labios en un prolongado beso de amor. El conde le susurró después dulces palabras al oído:
- A partir de ahora, querida hija, compartiremos todas las noches hasta el fin de los tiempos. Tú serás mi esposa y mi compañera, unidos para siempre jamás durante la Eternidad. Juntos sembraremos el terror, el odio y la muerte en esta tierra que ha pagado con el desprecio nuestro amor y dedicación. Venguémonos de su mezquindad y deslealtad haciéndoles sentir el horror por su pequeñez, ignorancia e insignificancia. Beberemos del dulce néctar de sus cuellos y les absorberemos hasta la última gota de su sangre. Ellos nos alimentarán en la muerte como antes nos mantuvieron en vida. Ahora pronto aparecerán los primeros rayos de sol, querida hija, debemos resguardarnos de ellos porque nos destruirían y nos convertirían en cenizas. Vayamos a descansar en nuestra sepultura en espera de la próxima noche, cuando por fin volvamos a ser libres y conquistar de nuevo la faz de esta tierra ingrata a la que dimos tanto amor y nos devolvió tanto odio.
El conde cogió a sus hija en brazos y se fue con ella a descansar en su sepultura. Los primeros rayos del lúgubre día acaban de aparecer por el horizonte y la desolación y la muerte imperaba alrededor del castillo del río Muga.
Yo estuve encerrada en aquella lúgubre mazmorra hasta bien entrado el día. La payesía, alertada por aquel horror, había acudido al Señor de Figueras para denunciar los terribles acontecimientos de la noche anterior. Sus soldados no tardaron en llegar al castillo y se quedaron completamente horrorizados al encontrarlo repleto de cadáveres con el rostro desencajado por el pánico.
Nadie sabía explicar qué había detrás de todo aquel misterio.
- Eso es cosa de Lucifer. Este lugar debe de estar poseído por el Maligno.
Los soldados no tardaron en encontrarme tras registrar palmo a palmo cada rincón de los pasadizos de aquel lúgubre panteón. Al encontrarme se sorprendieron mucho, me liberaron y me llevaron rápidamente al castillo de Sant Ferran en Figueras donde pasé la primera noche posterior a la espeluznante tragedia bajo la protección de su Señor, temeroso de Dios y fiel servidor de Su Majestad el rey.
- ¡Pobre criatura! ¡Cuánto habrá sufrido! -me dijo aquel buen hombre que ignoraba todo lo que había pasado la noche anterior. Yo le quería explicar todo lo que había ocurrido, pero nadie me hizo caso. - La pobre está enferma, tiene fiebre, delira, está completamente trastornada...
Allí estuve varios días hasta que el Señor de Figueras recibió instrucciones de Su Majestad el rey Alfonso II “el Casto” Su esposa Doña Sancha me reclamaba en la Corte de Barcelona y allí me llevaron una semana después de la tragedia que viví. Yo me sentía triste y desesperada por la muerte de mi buena amiga y protectora Doña Núria, condesa de Estruch, cuyo cadáver fue encontrado en la tumba de su padre, el legendario noble Don Guifred. El Señor de Figueras ordenó que la dejaran reposar allí ya que era sabido la gran estimación que sentía hacia su progenitor.
- Descansarán juntos durante toda la Eternidad -comentó tras dar la orden y la ofreció diversas misas en la capilla de Sant Ferran en su memoria.
Hace ya treinta y dos años que viví aquellos trágicos acontecimientos y ahora, antes de que mi cada vez más frágil memoria, borre todos mis recuerdos de mi mente he decidido escribir esta extraña historia para legarla a las generaciones venideras. Mi vida actual, en el convento de las monjas abadesas de Reus, es plácida y tranquila. No puedo quejarme y puede que por fin haya encontrado la felicidad que tanto ansiaba entre sus muros de paz y de amor.
Por orden del rey, el castillo del río Muga quedó clausurado para siempre. Aquel lugar había quedado maldito y los payeses de los alrededores siempre evitaban pasar cerca de él. Comenzaron a circular noticias acerca de unas extrañas apariciones y de una demoníaca pareja que rondaba por la Sierra de Mas Carreras. El terror se había extendido rápidamente sobre el condado de Empúries. Había nacido la Leyenda de Estruch. Desearía contar ahora todo lo que sucedió después de mi partida a Barcelona y mi posterior reencuentro con mi viejo amigo Monseñor Bernat de Berga, pero éso es ya otra historia.


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vampiroa reales

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Amantes de la oscuridad y merodeadores nocturnos. Los vampiros reales son hombres y mujeres que desarrollaron un especial gusto por la sangre. Humanos que tienen la utopía de convertirse en esos seres magníficos que gozan de vida eterna, esos seres de perpetua belleza y absoluto poder: Los vampiros Existen en la actualidad practicas sexuales relacionadas al vampirismo llamadas blood fetish. Uno de los integrantes de la pareja toma el control de la situación. Obtiene placer al atar a su pareja y realizar pequeños cortes sobre su piel para luego beber su sangre. Esta practica exige una ambientación especifica: un ambiente oscuro tenuemente iluminado por velas y música de carácter lúgubre, que remonta a épocas pasadas, mas relacionadas con el mundo vampírico.

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